El zumo de naranja me ha mirado de una forma inusual a como acostumbra. Los rizos han caído sobre su espejo y él no ha protestado. Así que las costumbres deben haber cambiado desde la última vez que nos vimos.”Alguien ha estado navegando”, me susurran las ondas hechas de pulpa. Y me extraña el modo tan certero con que me conocen. Afirmo con la cabeza y contemplo el nido sin cigüeñas de San Basilio. Los pies no me llegan al suelo y, de pronto, me siento pequeña sin pájaros a los que criticar.”Ya estarán en África”. Y los imagino circundando baobabs, los padres de los cayucos. Mujeres vestidas de bubus azules dejarán mensajes en sus alas que yo responderé en primavera, cuando ya no tenga zumos de naranja que beber sino polen de azahar.”¿Sabes dónde estás?, me pregunta el cristal del azucarero. Y pienso en el calor, en la calma quieta de esta mañana. “Ando a trompicones entre los trenes y las nubes. Quisiera mudarme a Babia, pero me lo impide el rojo de mi cuenta corriente. Allí armaría una casita forrada con miles de libros, una pequeña fuente y dos o tres lápices bien afilados. Y sembraría un naranjo, claro, en el centro de un patio con columnas y aljibes. Al fondo, un olivo azul de Guzmendo y un retrato grande de la abuela, rodeado de un jazmín.” El té es rojo y muerde mi lengua con su calor. Es agradable el beso.Cruzo las piernas a lo indio y me hago dos coletas. La mantequilla se funde y gotitas de sudor caen desde los libros de Camus, mi amor del último verano. El pan suena a Los Piconeros y alguien se afana en especiar el pescado fresco color blanco mercurio, salao y con arte. Añoro cuatro calles del mundo y me aplico a descubrirlas mientras las tostadas se visten de Bernardas Albas en el infernillo. Paseo por Corrientes, Vía del Corso, St. Germain des-Près, Glorieta de Bilbao. Pequeños lugares para andurrear con zapatos de tacón rojo, tal vez de terciopelo. Viviría en sus cafés, tanto deseo por escribir versos en las servilletas.Remuevo el último terrón de azúcar impregnado de naranjal. “Un día descubrirás que existen las hadas madrinas. No me reproches luego que no te lo avisé”, me dice mi zumo sabihondo. Sonrío y dejo que fluya por la garganta. Abro el periódico y Raymond Carver me saluda desde un poema: Pasearé por la playa sólo si me apetece. Y me apetece, a solas y pensando en mis años jóvenes. En las personas que me amaron más allá de la razón. Y en cómo yo las amé a ellas sobre todas las demás. “Preciso titular para las otoñidades. Puede que sea una incrédula, pero mi única certeza es que te gusta volar a horas tempranas”. Desde el rincón, mi hada madriña me guiña un ojo y se ríe a carcajadas.

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