Baja agosto madrileño por veredas desconocidas, impostoras, que roban la luz de esta canícula, índice de protección solar factor 10; primer verano sin pecas en el escote. Corre fresco de octubre por las calles afrancesadas y la música del acordeón toca un vals triste como una doncella entrada en años. Por los empedrados de las plazas las gentes caminan sin rumbo fijo dejándose llevar por el vaivén de lo establecido. Los besos siguen siendo besos y los gatos, gatos pero ni unos ni otros se prodigan en las madrugadas.

A eso de las once, viene el viento de la sierra y se presenta con tarjeta de visita –como si necesitara hacerlo- y con lacayos, que roban las hojas a los árboles. Entonces, las luces de las lámparas se apagan y de las ventanas sale el fuego azulado del color televisión. Los cristales abiertos expulsan las voces que llegan de los adentros de las alcobas: algunos gemidos, susurros en voz baja, ayes aclarados con bicarbonato. Los livianos relatos del invierno se han convertido en novelas de reyes y dragones, ficciones imposibles para olvidar a los príncipes azules de pantalones blancos de Zara y chanclas negras de a cinco euros. Alguna hermosa se vuelve madrastra o femme fatale de tanto esperar al amante -en vano- con los platos de Ikea preparados y la receta estúpida de la nouvelle cuisine. Desconocen los impuntuales que las sirenas enloquecen (Odiseo dixit) y ya dejaron las escamas para vestir manolos españoles y vintages ingleses; esgrimir insultos franceses y clavar en las entrepiernas stilettos italianos. Ahora, las pequeñas mujeres sin extremidades se comen a los tiburones revueltos con sangría de frutas. Sin mala conciencia.

No hay relojes de pared que anuncien las doce campanadas, que son los buenos días de los hombres que aman hombres y las mujeres que desean vulvas. Y a la hora bruja salen ellos y ellas por sus dominios, aireando el aceite de sus cuerpos y el burbujeo de sus deseos por la ciudad sin límites. Con el Absolut Citrus anegando gargantas, convierten el contoneo en arte y la Gran Vía en límite de los batracios que nunca entenderán que Madonna es la emperatriz de estos dominios y Lady Di su más admirada valida. Sólo algunas veces, las damiselas de voz ronca y los caballeros de pechos impostados recuerdan quiénes son porque algún chulapo de poca monta visita Chueca como si fuera el zoológico. Entonces, afilan los colmillos y sacan a Ángela Channing de partenaire, clavando las uñas afiladas en los belfos del estúpido incauto.

El frío de las tres de la mañana hace tiritar a los camellos ciegos, las verbenas de Lavapiés y las pieles de colores de los vecinos. Los trópicos sólo viven en las corralas, en las bachatas de las radios y en las camisetas revolucionarias de los tendederos. Las especias se adormecen a las puertas de los bazares donde los exportables mecheros con la dulce carita de Beckham se encienden para dar caló a la importable Virgen de Fátima que gira sobre una peana. Camareros vestidos de viudas recogen sus últimos recuerdos de esclavos ilegales y dejan a las parejas recién formadas amodorrarse en los recodos de las barras.

Anuncian que el 13 caerán las lágrimas de San Lorenzo, como escarcha en el Sáhara. Los deseos caerán en las cervezas y morirán entre espuma Heineken que es donde deben morir –blandamente- todas las intenciones no cumplidas. Para entonces, podrían ondear al viento algunas bufandas, las melenas a mechas de las minifalderas, las promesas de los amores de postal y la capa de Supermán (que abriga mucho el alma de ese muchacho engominado y volador). Para entonces, podría granizar y bailaríamos felices como si el hombre del tiempo fuera un buen tipo que siempre anuncia nubes parisinas y tardes lluviosas de compras en los Campos Elíseos. Para entonces, teniendo en cuenta la irrealidad de este agosto, incluso, podría nevar sobre nuestras cabezas. Y no nos sorprendería.

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