El dolor reclama soledad
(André Chenier)
No hay dolor que el sueño no pueda vencer
(Honoré de Balzac)

El cuerpo se agita y se enfebrece de un modo lento, casi imperceptible.
Alguien malvado lo retuerce desde fuera y le vierte arenisca sobre los pliegues.
Ella abre los grandes ojos, mira al techo y busca una señal en el clarooscuro del cuarto. Sin duda, presiente que las sábanas se arrugarán muy pronto, cuando el frío le recorra la columna vertebral y las pesadillas sean la carta ganadora en el juego de las damas. Sus dedos recorrerán los bordados que otras, felices en su ignorancia, cosieron durante horas. Bordados para el placer de una noche de bodas, para el escalofrío de la virgen amada.

Y…sin embargo, las ondas de sus piernas dobladas como un recién nacido hollan ese camino que se presumía de tules y azahares de novia. La carne es la misma, pero el tiempo la ha llagado, la ha quebrado y la piel se va tensando a medida que los minutos descienden por el reloj.

Las simas por donde anda están cuajadas de piedras de canto, nada de lapislázuli de la infancia o de los rubíes de sus zarcillos largos. Es cuando transita por aquellos caminos, cuando busca desesperada el viento, el agua, el frescor de la almohada vuelta. Pasan rosarios de nardos blancos por su cabeza, aquéllos que limpiaban las sienes y asentaban los pensamientos de los antiguos. Dagas y espadas le asaetean el hígado y se retuerce sobre sí misma, pensando que su sangre es lo único que vive en el cuerpo malherido.

El sudor se hace cómplice del pelo y la mata de cabellos se extiende como un alarido. Ella desearía gritar pero el estómago es un adversario temible que la ahoga. De poder hacerlo, se vestiría de negro, con un manto que rodease el cuerpo para que se atisbe apenas la cara de cera en medio del luto de la piel. Si el alma padece, qué sentido tiene el naranja o el limón sobre sus piernas. No hay purificación en el dolor. No hay éxtasis. Es el predio de la soledad más absoluta, más íntima, más desconocida. Ella, que se ha bebido tantos días en los sofás del mundo, dejándose querer por los poetas, con la compañía de la música para ballets. Ella, que recorre su epidermis con el gusto de haberse conocido, de las viejas amigas. Ella, que durmió bajo el ojo avizor de los manes. Ahora, mira de frente a la punzada que le sobreviene y se imagina hada Morgana para seducirla y abreviarla.

En la lejanía, llegan dedos. Dedos suaves, fríos, amorosos. Nada pueden contra el dolor. El desierto se transita bajo el inmenso calor del Sahel, a solas. Apenas abre los ojos, teme los espejismos de la belleza, del alivio pasajero, de los “te quiero” que escucha. Las figuras pierden sus contornos, las preguntas aparecen sin significado y ella esperaba la súbita oleada que le hará moderse los labios. No existen palabras en su cabeza para explicar lo que siente. Cualquier frase parece hecha, apenas los sonidos pueden surgir de su garganta. Y quisiera gritar: ¡¡Oídme, dadme a los infiernos!!, pero apenas puede fruncir el ceño de rabia.
Cuando todas las terminaciones nerviosas claman piedad, entonces la habitación comienza a girar sobre el vértice de sus pies y ella comienza a caer por no se sabe qué desfiladeros azules. Miles de voces desconocidas y algunos pasajes de su vida se entremezclan con sus delirios y le parece vivir en una época muy lejana, amarillenta, anegada.

Tras el clímax, su cuerpo se relaja al compás del latido de sus sienes. El sudor se le escapa a borbotones y los labios están secos y deshidratados. La oscuridad es el único bien que soporta; una caricia en los brazos, la máxima aspiración al placer. Entonces, más que nunca, sabe que no pertenece a este mundo y se queda vagando por algún lugar, desprovista de asideros y de alas para escaparse. La voluntad es frágil y ella se acurruca en las voces bajas que repiten su nombre. Cuando presiente el sueño, esboza una sonrisa de agradecimiento. No puede mover las piernas por la debilidad, pero sus dedos ya juguetean solos. Y es que, a pesar de todo, la esclavitud del dolor no le quita la dulzura y la capacidad de sentir ternura por el dedo pequeño del pie.

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