La libertad vive en el espíritu.
Todo aquél que lo inquiete, merece el desprecio de los justos
(Pericles)

Entraba muy despacito por la puerta, como suele acudir La Parca a las reuniones de los lunes: cansada de tanto oficio.
Sus ojos no se acostumbraban al íntimo círculo de luz en el que el flexo se miraba y, por ello, encendía de un golpe las trescienta cuarenta y nueve bombillas de la lámpara de araña. Entonces, el Capitán Garfio y Tom Sawyer saltaban del libro y se descolgaban por la sábana hasta esconderse en una esquina de la cama, declarando firmemente que “no volverían a pasear por aquellos lares”. Así que el miedo los hizo desaparecer, por más que la nena les pusiera queso para que retornaran. Como si los héroes fueran ratones.

Despejado el camino, las zapatillas apenas calzadas bailaban su aquelarre alrededor de la cama para examinar la situación. El veredicto era siempre el mismo: “Se declara a la niña de seis años y ocho meses holgazana mayor de este reino, indolente vaga, tremenda perezosa y se la conmina a las galeras de la soledad hasta el ocaso del día”. Si ella hubiera conocido el significado de “indolente” se hubiera reído en su propia cara y le habría sacado la lengua como hacía con Malena, la chivata. Pero el Pequeño Larousse estaba demasiado lejos y papá -suponía- andaría absorto por el naranjal.

La señora exquisita, entonces, tiraba las sábanas -aún dormidas- a un lado de la cama y miraba a la niña de arriba a abajo, como queriendo adivinarle el futuro. Nunca se creyó -pues era lista- la docilidad de los ojitos bajados, la tranquilidad del camisón arrugado, la serenidad de las piernas infantiles que corrían hacia el cuarto de baño. Un rápido movimiento de pestañas, apenas visible para otros, la ponían en guardia sobre lo que aquella criatura engendraría dentro de unos años. Y se agarraba a la pulsera de pedida para conjurar los fantasmas de la desdicha y atraer a los hados de las mosquiteras que preservarían la tranquilidad de su espíritu. Las sonrisas de las gatitas de Hello Kitty, algo tontas, parecían avisarle de males mayores para cuando llegara la adolescencia: tal vez, la dulce niña se convirtiera en un demonio del rock´n´roll y los paraísos negros de las motos. Tal vez, bebiera del ateísmo y se colgara rosarios tibetanos en las muñecas. Tal vez, se cortara el pelo y se lo tintara, agujereando su cuerpo mientras un sucio cabrón le agujereaba el agujero mayor. Tal vez, fuera una madre quinceañera, qué vergüenza con las vecinas. Tal vez, le encontrara gusto a aquello de pintar obscenidades en las paredes de los centros cívicos. Tal vez, llevara tangas de un hilo y camisetas con rajones y caras de rojos. Tal vez, le diera por viajar con un petate al hombro en plena Navidad, violando el sacro deber de estar con la familia en tan señaladas fechas. Tal vez, adoptara a un negro, muy negro, muy sombrío, le pondría por nombre Johnny y agarrara un fusil para hacer la guerra en donde los moros. Tal vez, conduciría camiones y se tatuara a placer blasfemias en la rabadilla.

Entonces, la niña de seis años y ocho meses entraba con la boca limpia y la camiseta roja del número cuatro. La dama impecable miraba aquellas braguitas de encaje rosa y se sobresaltaba, haciendo música de Réquiem con los cascabelitos de los brazaletes de oro amarillo. Inmediatamente, la con una falda blanca y unos calcetines a juego. Para acabar, tres lazadas en los zapatos. Siempre tres, nunca menos ni más.

La mirada de la señora complaciente se había teñido de oscuro y revoloteaba entre los pensamientos del mal, las braguitas de encaje, la parsimonia de la niña y las pestañas de éstas, demasiado largas. Síntoma de mal agüero. Y una fuerza mística la poseía de pronto y agarraba la cabeza infantil. Con cepillo de blancas cerdas la peinaba cien veces, ciento, cien mil, mil veces, mil, un millón. Le estiraba tanto el pelo sobre la coronilla que los ojos de la pequeña se abrían aún más y destilaban miedo, miedecito del malo, como cuándo creía que la muñeca del cuarto se movía por la noche.
Entonces, la esposa respetada miraba a la chiquilla de arriba a abajo y le acariciaba el brazo, como dejando la firma en aquella obra maestra. Y la nena, toda limpia y hermosa, observaba fijamente los labios de la madre, que nunca sabría por qué su hija siempre regresaba de la escuela con la falda manchada de rojo. En los bolsillos traseros, la niña de seis años y ocho meses guardaba veinte chupa chups de a duro. Y poco antes de que acabase el día, a eso de las ocho, los sacaba de su escondite y se los comía con ansia, a chupón por minuto. Cuando el reloj daba las y veinte, la estilizada cuidadora le llevaba la sopa para cenar. Y ya, a esa hora, no podía soportar que las pestañas estuviesen más brillantes que nunca.

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