A mi abuelo Alfonso. In memoriam
Cada uno de ellos se miraba la mano derecha y la mortificaban a preguntas. Los zurdos, los menos, escrutaban las líneas de la vida a solas en el dormitorio para que nadie supiera que aquella noche de agosto anduvieron empuñando armas con su siniestra. Ningún hombre del pueblo habló jamás de la escuela, aunque en el campo se miraran la desnudez de los hombros. En medio de la espesura del vello moreno, algunos, los señalados, guardaban una pequeña cicatriz delatora por tan blanca, casi obscena. Aquellos torsos jóvenes de la guerra sabían demasiado de las llagas del hambre, poco de las quemaduras perennes de la trasera de un fusil. Así, la piel revelaba lo ocurrido en la noche amarga y los culpables eran señalados en las reuniones familiares, alrededor del café de cebada.

Los padres improvisaron una nueva vida y resolvieron dejar los recuerdos para las horas nocturnas. La culpa se volvía insoportable a eso de las tres de la mañana y los quinqués iluminaban las ventanas. Decenas de lucecitas moteaban la hora del descanso, cuando los niños y las mujeres pertenecían a otra casta. Todos se concitaban en torno a la luz: los culpables paseando como perros rabiosos; los que perdieron a un hijo sentados sin saber llorar, mirando la llama viva. Las palabras no pertenecían al mundo de estos hombres, que resolvían sus diferencias con las miradas y se explicaban a través de las arrugas de las sienes. A unos, el cuerpo se les volvía agua y parecía que el cuello se les tensaba, como si volviesen a vestir el uniforme del ejército. A los otros, se les reblandecía el alma y cerraban los brazos, acunando el aire, besando la cabeza rizada del viento. A la amanecida, recogían los restos del alma y se embozaban tras la franela de la sábana, medio borrachos, medio muertos.

Cuando hubo que dejar la tierra porque la espalda ya no aguantaba pesos y los cuerpos habían perdido las formas, toda aquella generación de hombres partidos volvió definitivamente al hogar. La labranza de las fincas quedaba ya lejos. Entonces, sentados en los sillones de los patriarcas, recordaron lo que nunca pudieron olvidar. Al lado, las mujeres renegridas con sus pómulos exasperantes, gritaban en sus silencios, mientras los pies volaban entonando su canto de difuntos sobre la Singer. Había otros hijos, pero sus rostros parecían recortados por la niñez en comparación con la grandeza de los hermanos muertos.

Los hombres inauguraban las mañanas caminando a paso lento hacia la calle principal, llamada de La Feria porque allí se celebraba la festividad de la Virgen de Agosto. Eran sus zapatos lo primero que oíamos al despertar. Sonido de suela comprada en la capital, planta de callos doloridos, pierna herrada. El pantalón gris, de perfecta raya en medio; la camisa de manga corta con chalequillo de cuello v en invierno. Los cuerpos, redondos, achacosos, avinagrados, subían hasta el comienzo de la calle y se apostaban bajo un triunfo erigido en honor de la patrona. En círculos, los amigos hablaban del tiempo, de la siembra y la cosecha, de los entierros y las bodas. Enumeraban los apodos de los que pasaban; imaginaban lascivias en las piernas al aire de las mujeres jóvenes; fumaban diez negros; se quejaban de los pocos forasteros que habían llegado al pueblo y lanzaban discursos furibundos contra el gobierno del país. Los hombres caracoleaban unos alrededor de otros. Pero todos se olfateaban. El aire formaba murallas entre los corrillos y el roce provocaba toses incómodas. No en vano, sabían y callaban por qué guardaban las dos paredes de aquella esquina. Enfrente, los muertos los miraban desde el solar de la escuela.

Cuando caía la tarde, tras la siesta, todos volvían a la misma calle, donde se alzaban dos casinos de labradores. Las derechas y las izquierdas seguían dividiendo las casas a comienzos de un nuevo siglo que era desdeñado como funesto síntoma de olvido. Los que habían ganado la guerra se sentaban en la puerta del casino más antiguo. Tras un trozo de empedrado que correspondía a la pensión del pueblo, comenzaba el territorio de los que la habían perdido. En ambos lugares, se bebía el vino de siempre, se leían los periódicos, se consultaba el Zaragozano, se contaban las novedades de los hijos, se criticaba al médico del ambulatorio y se intercambiaban síntomas de enfermedades. A eso de las nueve, las conversaciones iban decayendo y el silencio corría libre entre las sillas y las copas vacías. Los hombres levantaban la cabeza para sentir el viento que venía del norte y que soplaba fuerte sobre las calvas y los pensamientos. Ese viento era el culpable de que las sillas en los dos casinos estuvieran siempre dispuestas en la misma dirección y los huérfanos de hijos tuvieran que estar siempre mirando las nucas de los asesinos. El resto de las gentes del pueblo llamaba a estos hombres “los girasoles” porque siempre pasaban las noches mirando hacia el mismo sitio. Unos y otros, los malos, los menos malos, rumiaban pensamientos, recorriéndose las manos, sufriendo el azote de un viento, para ellos, liberador. Los antiguos soldados, como sentados en un tren hacia ninguna parte, respiraban sus rencores, sus venganzas, sus remordimientos, sus locuras y sus hieles y el pecho se les hinchaba de dolor, de rabia y de vergüenza. Los sin hijos bebían los humores y las bilis de los otros y así esperaban la llegada de la medianoche, centinelas de las vidas ajenas.

Cuando el estruendo de las campanas de la parroquia daba las doce, poco a poco, comenzaba el desfile de cuerpos, que desaparecían por las callejas. Con miedo, volvíamos a oír desde las camas el soniquete de los padres penitentes que se anunciaban con la carraca de las toses y los ayes. Hacía tiempo que los faroles se habían apagado y las sombras hacían su penitencia en medio del limbo de la soledad, abandonados por los durmientes. Los hombres arrastraban los pensamientos que cabeceaban sobre sus arrugadas espaldas y buscaban las luces de los zaguanes. A esa hora, el pueblo era ya un compás de puertas atrancadas y almas doloridas. Entonces, comenzaba la larga noche de los quinqués.

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