La eterna cantinela con el cigarro, orillando las encías del seductor. La cuchara se clava en la nata pastosa y vierte canela, afrodisíaco por tres. “Tenga el señor” y el cambio es siempre de 20 céntimos. Aúlla la úlcera y se da los tres golpecitos en la cartera. Ahí está, compañera fiel.
Contempla la ciudad por las cristaleras y le parece la misma. Diógenes el ciego vende sus cupones y su artesanía; tres curas pasan bendiciendo los adoquines; las mulatas se bajan el escote de las camisas y se secan el sudor con las faldas largas; los niños bien saltan sobre el sombrero en los escalones de santa Eugenia; las nurses tapan los enormes coches y las amas de cría sacan sus grandes pechos a pasear mientras la soldadesca se para a mirar, con el hilillo de baba cayéndoles por la comisura…deslumbrados ante la blancura de la teta y la avidez de los críos.
Ríe y pide el vaso de agua mientras disuelve la nata en el café. Allí está ella. Guajira hermosa de pechos prietos. El pelo a lo garÇon, rojas las uñas, zapatos de tacón, lunares en el vestido, uno desviado a la mejilla. Desafiante, cruza la calle con el contoneo tan sabido y que sabe todo hombre en esta ciudad. Él se limpia el sudor. Siempre lleva traje, por si lo ve. Las enaguas de la bella le marean e imagina sus dedos desprendiendo ese broche. Qué grandes los ojos color tizón, qué grande la boca, mil veces carmesí. Ella sonríe al paso de un chiquillo y él se muere por ser los céntimos que da a una mulatita que algo le pide. Qué tiranía ejerce sobre el seductor una mujer que no conoce y que se espantaría al saber que pinta su rostro en las paredes de la pensión de tanto como la ama.
Viene la brisa juguetona del mar, mientras él bebe a sorbitos el café. Amargo y dulce, como esa guajira. Como todas las guajiras que pasaron y que ya nunca estarán, después de la primera vez que la vio, café y vaso de agua por delante.
Aparta los tirabuzones de su rostro y deja ver la pequeña cicatriz de la ceja, que el besa tantas noches, abrazado a la almohada. Ríe la diva perfecta, habla con una mujer de edad y parece una Virgen blanca…Duda él si la tocaron ya algunas malditas manos. Pero la quiere tan libre, tan libre como le cuentan, tan libre en su carcajada que resuena como plata, como aire de calleja…
Pasa el dedo sobre la taza, una y otra vez, como ha visto hacer en las películas americanas. Se toca la cara, luce barba de tres días y moreno de mil lunas. Qué gozo de perfume, de pronto. Debe ser ella, que no sé qué almizcle usa…que debe andar ya cerca del Casino y todavía deja huella por aquí…Qué mareo tan dulce que provoca esa mujer…
Los tizones le miran desde la otra mesa. Cruce blanco de piernas, cruje la seda. Los lunares se han hecho dueños de la estancia…La nariz fina le huele a él. Y por primera vez oye su timbre cuando dice:
-Café vienés. Y un vaso de agua, por favor.

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