A mi abuela Ana. In memoriam.
Después de las cabañuelas y las luces de agosto, las madres compraron pañuelos blancos y se los anudaron al rostro. Imaginaban las caras desencajadas de los hijos, con los ojos anegados de tierra y larvas y las bocas con una mueca de sorpresa eterna. Sin almohadas, un muerto está más muerto, sin nadie que les cierre los ojos, ni les ponga las manos sobre el pecho crucificado, ni les vista con traje de paño para presentarse decentes a la Gloria.
Los demás pensaban en las ausencias. Ellas, en su derecho de velar al difunto, de tener sus dos días de luto, recibir el pésame de las vecinas y oír de otros labios alabar las bondades del muchacho. El negro se hubiera hecho así más gris, toda madre sabía del sufrimiento de las otras. Los hijos yacían enterrados en un lugar de nadie y la sepultura del panteón se fue llenando de cadáveres de viejos, bendecidos por su cura, olorosos con sus flores, benditos con las plegarias. Ellas encaminaban los pasos hasta el arroyo Abentogil, el límite del pueblo, y contemplaban los campos buscando señales de otro mundo.

Durante muchos años después, las madres sentían ardores en las entrañas y la carne sajada y purulenta. Sus úteros revivían por las noches y sus vaginas se abrían para dar abortos de aire. Los médicos decían que aquello era hidropesía, mala alimentación del estraperlo. Ellas, sin embargo, sentían que los hijos volvían a las casas en las madrugadas, entrando por las puertas de sus vísceras, sintiéndose arrullados por el latido del corazón grande. Pobres hijos que sólo supieron de la vida a través de las faldas de aquellas mujeres, demasiado jóvenes para contar historias propias. Los padres temían que los difuntos se aparecieran en las noches de noviembre y se tapaban los pies con dos mantas, temerosos de los reproches de los primogénitos. Las mujeres, en cambio, seguían, noche tras noche, acunando aquellas almas fetales que cerraban los puños alrededor de sus hígados y aullaban perdidas.

Con el tiempo, las madres de luto crearon su gran teatro y se prometieron cumplir con los hijos la condena de las almas en pena.

Por las mañanas, los tacones recios, seguidos de los saltarines carritos de la compra, levantaban de sus camas a los niños. Caminos adoquinados, con olores a pescado de un mar que las mujeres nunca quisieron ver. Calles de pueblo alegre, tomillo para tisanas; perejiles para la sopa de picadillo; laureles para el cocido; romero para la buena suerte, cerquita de san Pancracio. Los carros volvían rebosantes de vida y las mujeres la repartían a gusto en la mesa: más vida para el padre, el muslo para la hija, codillos para el pequeño. Para los muertos, la pechuguita tierna del pollo, la mejor parte. Ellas masticaban lentamente las patatas dulces y las judías cocidas, mientras los pensamientos se perdían en el crochet del tapete de la radio. Se decían que tenían el estómago cerrado y hace tiempo que habían perdido el sabor de las gachas de invierno, las orejitas de haba, los pestiños o la sidra de las doblaítas. La dulzura era un rictus que no podían permitirse.

Durante el día, las madres llenaban los cubos de agua para limpiar las casas; cubos y cubos que anegaban los patios, los corrales, los cuartos, los desvanes, las camarillas. El ruido del agua silenciaba sus llantos, las lágrimas que les corrían pechos abajo. Nunca salían de adentro de la garganta, sino que dibujaban meandros por todo el cuerpo mientras ellas frotaban las galerías, rodilla en tierra. A veces, mientras lavaban las ropa blanca en la pila, el jabón Lagarto traía los olores de los hijos y entonces los grifos se abrían de par en par, mientras ellas gritaban sus nombres y se arañaban las piernas, golpeándose el sexo que los fecundó. Los brazos se elevaban al viento como queriendo espantarlos, las uñas de los pies se clavaban en las zapatillas y se punzaban las sienes con las horquillas del moño, para no sentir más dolor ni más traspasos. Cuando volvían en sí y los pulsos se templaban, los ojos enloquecidos miraban en derredor por si los hijos, temerosos de su furia, se habían marchado. Pero el olor a limpio, a brillantina, a semen, a almidón las volvía a abrazar y ellas sabían que los muertos retornaban a sus brazos, sin los que eran sólo polvo.

Por las tardes, las madres acudían a la iglesia y se refugiaban en sus capillas. Unas eran del Niño de la Espina; otras de san Antonio; san José; el Cristo del Perdón o el Nazareno. A real la vela, y el olor a cera mareando los rezos. Más vida tenían aquellos santos que los hijos, más compaña: con sus oros, sus coronas, sus túnicas y grabados. Vírgenes con brocados, vestidos de hebrea, algunos rubíes y exvotos en las paredes. Y en los reclinatorios, las mujeres y sus lutos rezando, rezando. El murmullo se elevaba con la Salve…ad te clamamos exsules filii Evae, ad te suspiramus… hasta que la iglesia entera se convertía en un mar de velos que guardaban las voces roncas, los alaridos de las más jóvenes, los golpes de pecho a cambio de un sitio en el paraíso.
Luego, se confesaban de los odios a las otras, a las que parieron los monstruos que mataron en la escuela a los hijos. Mea culpa también por no ser buena esposa, padre, hasta que la muerte nos separe, dicen, pero es que la muerte ya nos separó. Mi hombre vaga por la casa y en las noches me toma con furia. Y a mí eso me asquea, padre, que sólo el ayuntamiento debe ser por amor y el amor quedó en el hijo. Soy sarmiento, padre, no conozco a los demás hijos, que me siguen pidiendo leche de mis pechos y no quiero dársela, no quiero que vivan más que lo que el mayor vivió. Y temo la justicia de Dios por estos pensamientos, temo el infierno y temo el cielo y ni siquiera ando en este mundo. Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris… Y luego, a la luz del Sagrario, la penitencia. No hay clemencia divina ni para los úteros cerrados y los regazos llagados de tanto desear ni para las mujeres mutiladas sin nadie a quien abrazar.

En las noches de verano, las madres se sentaban a las puertas de las casas con la espalda doblada de sostener a los muertos y las agujas en alto para bordar ajuares venideros a punto de garbanzo. Desde lejos se escuchaba la música de la feria, que se celebraba en el llano, y el aire traía olor a cuerpos muy juntos y a besos por las esquinas. Los jóvenes, año tras año, paseaban su felicidad delante de las mujeres y a ellas se les emponzoñaban las manos y rastros de sangre quedaban sobre las colchas. Los pecados ajenos formaban un mercadillo, expuestos a los pies de las mecedoras, mientras las hembras se cebaban con los instintos de las otras hembras, las que eran libres y se vestían de colores, abandonando el alivio de luto. La envidia rezumaba de sus bocas al ver pasar aquellas pantorrillas lustrosas de Nivea metidas en medias con costura atrás. Los colmillos se les hinchaban al ver las cinturas jóvenes riendo en los cinturones anchos, mientras los vestidos cubrían los torsos rectos, que no arrastraban dolores. Las bocas callaban y las manos se aplicaban a la costura, el hilo violando la tela con rabia una y otra vez. El silencio se acababa al apagarse el último farol. Entonces, cada madre volvía a su cama y esperaba.

Solas, con el camisón largo y las piernas desnudas, recorrían el frescor de las sábanas y se recreaban en los dolores de las carnes, cada vez más numerosos, más ajenos. El viento de la campiña se colaba por las grietas de las cómodas y removía la ropa interior que, a la mañana siguiente, olía a espliego. Las mujeres suspiraban y por su garganta corrían nanas y risas y balbuceos. Los muertos llegaban pronto y anidaban dentro de ellas, curioseando sus cuerpos, siempre carentes de cualquier memoria. Se arrobaban ellas y se enternecían y la mano descansaba sobre el vientre, abultado y tirante. Alguna risa incoherente les nacía de las profundidades y ellas acariciaban a los hijos enredados en no sé sabe qué umbilicales cordones. Mientras los padres llegaban, ellas se ponían el rosario al cuello y rezaban la letanía de las vírgenes. Arrullados por las frases conocidas, los asesinados dormían felices, en su placenta, mientras el murmullo de las madres recorría la calle de lado a lado: Ora pro nobis, Sancta Dei Genitrix…

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