Todo hombre se avergüenza de su rostro contaminado de sueño
Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano)

Penumbras nocturnas, ojos cerrados. Es la hora del sueño, pero los dardos alancean la calma. Sólo hay que silenciar la carne una noche, desnudos ante la soledad, para saber que es cierto. Huyendo de nosotros mismos, la araña teje su red y quedamos atrapados en los pensamientos que nos van matando, poquito a poco, a bocajarro.
Desde que nacemos, morimos y desde que lo sabemos procuramos nuestro particular suicidio diario dejando la mente libre, a su antojo. Ella, entonces, suelta su veneno de frases, ideas, amenazas y recuerdos. Su cianuro nos encandila y se queda en la mesita de noche aguardando a su víctima con la paciencia de Job. La historia clínica de nuestras enfermedades es la historia viva de las punzadas nocturnas de la mente. Algunos las llaman alma; otros, voz de la conciencia.
Sin embargo, todo lo que nos alimenta, nos mata y la rueda de la vida va dejando sus cicatrices. Éstas son olvidadas en la piel, gozan de alquileres por un año en el espíritu y rentan la mente para los restos. Aprovechando la mediocridad de un cuerpo laxo y sin más interés que el de sentirse emborrachado, las cicatrices se abren en la madrugada y sueltan la purulencia de sus heridas. Desarmados, nos ensartamos en su rueda y les dejamos hacer, hasta que nos vencen. No dormimos por cansancio, nos apagamos, hartos de tanto ovillo, tanta huella que seguir en cuestión de minutos. A ninguna hora más que a ésta del sueño somos tan nosotros mismos. Y a ninguna hora queremos más dejar de serlo. Los hombres nos encontramos con los revoltijos interiores y, sin posibilidad de huida, nos dejamos asesinar con dulzura. Y, a pesar de las heridas y los remordimientos, todos tememos el silencio nocturno. Mejor muerte por estar vivo que lo absurdo y trágico de la callada por respuesta, signo propio de los que no son capaces de vivir. También puede que el silencio llegue porque ya todo está escrito. Entonces, el viejo hombre se libera de sus propias cadenas y, apaciblemente, muere dormido y en paz consigo mismo. Mientras tanto, los demás sabemos que nos mienten cada vez que nos dicen un buenas noches.

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