Ficha
Título original: Copying Beethoven
Directora: Agnieszka Holland
Guión: Stephen J. Rivele/Christopher Wilkinson
Fotografía: Ashley Rowe
País: Estados Unidos
Año: 2006
Género: Drama
Ficha Artística
Ed Harris (Ludwig van Beethoven)
Diane Kruger (Ann Holtz)
Mathew Goode (Rudy)
Joe Anderson (Karl van Beethoven)
Ralph Riach (Archiduque)

Una cara prematuramente ajada, miles de arrugas surcando la tensión del rostro, los ojos ciegos por el esfuerzo de hablar con la Divinidad. La boca rezuma blasfemias y oraciones, la maraña de la Medusa cae gris y deforme sobre los hombros, el genio eufórico rasga la yugular. El cuello sobrepasa los límites de una corbata de gala y el torso se aprieta al compás del movimiento. Las manos rasgan el aire, manos de carnicero para destripar las entrañas de Dios. Y elevando sus oraciones, persiguiendo lo Sagrado, el Monstruo. Beethoven (Ed Harris) dirigiendo la Novena Sinfonía (la primera con tenor y coro de la Historia), declamando el Himno de la Alegría, trascendiendo el imperial teatro para elevarse sobre los espíritus. En el suelo, una mujer de aspecto romántico y delicado, Anna Holtz (Diane Kruger), su copista, su confesora, la sustituta de sus oídos. Las miradas se cruzan y la música estalla en el cerebro de los que oyen a Dios y le huelen de cerca. Dos almas y un único lenguaje, dos seres despojados de humanidad para unirse, cuando las voces se elevan sobre las cabezas, en un solo ser.
Quince minutos de Sturm und Drag, de violencia, de fuerza desgarradora. La bestia del hombre se redime gracias a la música y Ludwig van Beethoven se inclina ante el Creador. Y los espectadores ante él, ante la Novena. Es el músico alemán, es su luz y no Ed Harris, el que logra que una sala vibre en torno a un himno y a unas palabras que animan a la esperanza, a ascender a las estrellas. El misterio, la magia es fruto de una composición que vuelve fuerte y apasionado a quien la oiga. Es el coro de ángeles el que logra que Copying Beethoven deje ese imborrable poso de suavidad y complacencia a la salida de la película.

Harris pone rostro a un Beethoven en la etapa final de su vida: achacoso, cariacontecido, gruñón, violento, megalómano. Músico ante todo, pero menos fiero de lo que se espera. El de Nueva Jersey logra una aproximación a la idea global que se tiene del artista, pero lo desprestigia al minimizar su carácter, al templarlo, al volverlo tierno y sensible. Beethoven vivía para crear, para enaltecer los espíritus y cada noche imprecaba al Dios que le había dejado sordo. Una Aracne impaciente, dolosa, terrible, que no dudaba en elegir la soledad frente a la pompa, los cortejos, la quincalla de la ciudad vienesa. Hombre de instintos, fiel a su época, al espíritu de “la tormenta y el ímpetu” de la Alemania de Goethe, de Schiller, de Hördenlin, de los nacionalismos germánicos y de la ruptura con la Ilustración a favor de los impulsos.
Tal vez el problema resida en que es difícil olvidar aquella mimetización de Ed Harris como Jason Pollock en su primera película como director; su papel en Elegidos para la gloriao la caracterización como un escritor enamorado y enfermo de sida en Las Horas. Ponerse en la piel de un genio supone aceptar los defectos del mismo, desdoblarse en él, mostrar al público los infiernos de su personalidad. Harris se queda corto frente al ímpetu beethoveniano.

Un Beethoven que desafía la técnica de su tiempo y las prebendas de los mecenas se nos muestra atiplado y convencional, subyugado por los encantos de una jovencita que le ayuda como copista. Si algo rescata el papel de Diane Kruger (vista en La Búsqueda y Troya) es su belleza: nórdica, plateada, gentil. La cámara la acaricia pero el personaje no se impone. La terquedad y la fuerza que nos atrapa en alguna ocasión es sustituida, la mayor parte de las veces, por la pusilanimidad, el llanto fácil y el corsé del miriñaque.
Dejando aparte la veracidad histórica, la realizadora polaca Agnieszka Holland (representante de la Nueva Ola de su país y nominada al Oscar porEuropa, Europa y Angry harvest) fabrica una historia de amor platónico y admiración en la que Anna Holtz vuelve a desempeñar un papel manido: el de la mujer que salva al hombre de sus propios infiernos. Si Holland ha tratado de dar un toque feminista a su película, introduciendo a una mujer como compositora a inicios del XIX, ha logrado el efecto contrario: persistir en el argumento de que la única virtud de la copista vienesa era la de saber comprender al héroe, no la de poseer un talento musical que nunca se demuestra.

Si, además de Krueger, los secundarios tienen papeles irrelevantes, el espectador no tiene más remedio que centrarse en lo único que será siempre rescatable: la banda sonora. No debe ser fácil interpretar a un genio. Pero para calibrar la fuerza descomunal de aquel hombre, Harris, tal vez, sólo tuviera que escuchar detenidamente el Himno de la Alegría dirigido por el maestro Karajan.

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