Elisa, rubia, sé que te pintas con rímel negro los extremos de las pestañas para semejarte a una viuda siciliana. No sé por qué lo haces.
Te observo mientras te pones el sujetador negro, las medias gruesas negras, la blusa con jaretas negras y la falda negra de tubo. Y, así disfrazada, te lanzas a la vida y correteas las calles de esa ciudad pequeña donde todos aprueban que vayas vestida de grajo y te muevas como los torpes de los gorriones, a saltitos.
Se te van los pies con el hilo musical de la tienda. Pero atiendes a los clientes con ese punto de desmayo que es el bono extra de los funerales. Se te muere el marido y te tienden un cheque: “Abónese a la portadora un gesto de mareo, de desazón profunda y presión arterial baja (fruto del disgusto)”. Parece que tú, Elisa, has sido rápida en cobrarlo.

No te esfuerces en fingir esos temblores de pandereta en las manos. Tampoco bosteces para que las lágrimas acudan a tus ojos. Y, por favor, deja de ponerte las tallas L del uniforme de trabajo para parecer más delgada. Hierve dos bolsitas de té a eso de las doce y bébelo inmediatamente. Así tendrás nervios garantizados toda la tarde.
Píntate, con lápiz de ojos blanco, un punto en medio del párpado inferior. Parecerá que lloras desconsolada por las esquinas días enteros. Y deja de comer arroz al curry por las noches. Por la mañana amanecerás con el vientre plano, tan apto para los 64 centímetros de tu cintura.
Ya que te da por pasearte con cara y soniquetes de Yerma, que sea de modo natural, no tan forzado, rubia.

“Me siento el cuerpo largo como un ciempiés” -me dijiste. “Sólo me entero de lo que ocurre en la parte delantera. Voy a pagarle a un corresponsal para que me traiga noticias de las patitas 97 y 98”. Tenías los ojos azules más negros de lo normal y las pestañas rubias alicaídas. Parecías un tipo de Magritte: sin cara y con el estúpido sombrerito de esposa doliente. También aquel día te pusiste las gafas de avispa negras. Como si la hermosura ofendiera a las plañideras.
Por eso, ten cuidado con lo que te envío. Es de uso exclusivo para mujeres fuertes. Creerás que es excesivo. Pero es que tú eres excesiva. Hasta que te metiste en ese Strómboli y te dio por hilar en ruecas.

Ponte primero el cuerpo de seda rojo sobre el cuerpo desnudo. Los otros colores que quería venderme Agarthi eran más apagados. El color se es o no se es, rubia. Estira suavemente el sari y separa despacio las mangas dulces de los lazos, los brocados y los bajos plisados. Póntelo y anuda el fajín naranja.
Te he buscado unos pendientes de campanillas. Para que hablen por ti. Grandes, argentinos, de ésos que te rozan el cuello en cada movimiento. Creo que las sandalias son de tu número. Eso es lo de menos. Antes de calzártelas, te pintarás las uñas de grosella. Y no te olvides de los labios. El carmín parece cereza.
Llevas el sari que te corresponde. Paséalo. Tú no eres negra, rubia, eres anaranjada y no te sientan bien ni los paños antiguos ni las miradas ajenas y dolientes. Dale olor a las ropas que te regalo. Pero tu olor, no el de los arcones de madera, las polillas, los encajes amarillentos y los orines de viejo.

También te envío un altavoz. Para cuando llegue ese día en que dejarás de estar perpleja y querrás gritar tus dolores. Que tengan eco, que retumben, que hasta lo sepan las células de otros. Yo te quiero oír desde mi ventana. Tú no te contengas, mésate los cabellos, llénate de cenizas como Esther. Que yo te escucharé desde mi ciudad con mar. Pero usa el altavoz con tu sari rojo.
Mientras tanto, vuelve a fumar y a exhibir tus piernas delgadas. Acompaña con las caderas al hilo musical de la tienda. Y, por favor, no te pintes las pestañas de negro. No te olvides, nunca, del poder de las viudas.

Foto: Medusa. Copyright: Daniela Rossel.

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