He subido todas las prendas de invierno al desván, menos el gabán verde de cuero.
Lo colgué en el armario. Pero no me gustó el sitio. Y ya es verano. Un verano como debe serlo: tradicional y presuntuoso. No me digas que el verano no lo es…Se presenta arrollador, con su bochorno, su siesta.

Es mi gabán observador de nimios detalles. Me gusta porque me dijiste que parecía Mata-Hari con él y porque tuviste la osadía de subirme sus solapas el primer día que te vi.
El día en que te plantaste la sonrisa de los hoyuelos.
El día en que decidí disfrutarla porque sabía que nunca la iba a besar.
Tú, tan tuyo. Yo, tan mía.

Debajo ese cuero he tiritado cuando me contabas un cuento en la escalera vacía del “alma mater”, que es tu mater y mi madrasta. A piola, te saltas las clases por media tostada y café solo. Tan solo estaba el café, por propia definición, que siempre lo he abandonado en la esquina, junto al valor de la soledad: un euro. Así que yo debo ser rica.

Encima del abrigo verde me enseñaste tantos ritos.
Posición india para escuchar al sabio, que hilaba historias sin final bonito.
No fuera a ilusionarme. No fueras a ilusionarte con la palabra “posibilidad”.
Eres Aracne, flaco. “Escríbeme”, me decías. Y la pregunta ya iba a mi boca: “¿Sobre tu espalda?”.

Dentro de los bolsillos he dejado la entrada de “Million Dolar”, la servilleta del Cairel, la barra de labios roja (la de la suerte), una estampita del convento perdido, el foulard de marzo y los mecheros de Camel que me regalabas.
Y las gafas de sol que tanto te miraban para ahora recordarte.

He abrochado los botones, he anudado el cinturón.
Limpié los bajos del barro, quité el polvo del cuello.
Lo limpié y lo pasé por el romero que crece bajo mi casa.
Lleva dentro el cuentecito de abril.
Ahora ya sabes, flaco, porqué te lo mando por correo urgente.

PD.- Cuídalo. Y en septiembre lo requiero, que ya%2

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