Leo el periódico al compás del autobús. Kerbala, desde los miles de kilómetros de distancia, se torna danzarina a las ocho de la mañana y los obuses erectos parecen bulbos de jacintos.

Caen los primeros rayos de sol sobre mi cabeza y es el único certificado que recibo de que estoy viva. Puedo sentir. Seguramente el corazón sigue su discurso bombeante y el cerebro sigue lanzando pensamientos dadaístas. Algo debe funcionar cuando se me repite constantemente el “You can leave your hat on” de Joe Cocker, en un ritmo lento y asonante.

El horóscopo ni siquiera me contempla. Habla de los nacidos “a partir del 2 de febrero”. Otra prueba de mi no existencia. Esta vez es más grave porque lo ratifica un medio de comunicación. Me muerdo los labios (cuando pienso siempre me los muerdo) hasta casi acabar con el carmín. Siento el dolor. Y también el frío, que se mete, inclemente, por todos los huecos de mi abrigo. Se me ha olvidado la bufanda blanca, la grande. Siempre llevo bufanda hasta casi entrada la primavera. A falta de mano que me sostenga la cabeza, la lana me ayuda a olvidar el fantasma de sus cinco dedos.

Me siento levitar por encima del suelo. Yo por un lado, mi ropa por el otro. Mi alma se ha escapado hacia la sierra en la penúltima parada, quizá para librarse de mí. Así que llego a clase sin alma, despojada de cualquier atisbo de espiritualidad. La verdad es que mi misticismo es directamente proporcional a mi buena fortuna. Apelo a lo sagrado cuando me hundo (como ahora), pero si dudo de mi propia existencia, ¿cómo pensar en lo infinito y omnisciente? También creo que me he vuelto agnóstica. Por lo menos soy algo.

Con los días me he convertido en una gran actriz de teatro. Todo es puro teatro. Sonrío a los amigos, sonrío a los compañeros, sonrío a la camarera del gesto adusto, sonrío a los espejos. Pero, como mi alma se fue, yo sigo levitando melancólica. Alguna vez él me dijo que tenía una bonita sonrisa. Practico la sonrisa de Mona Lisa: queda y triste. No sé cómo me sostengo en la banca. Hablan y hablan los catedráticos, los homo sapiens. No les escucho. Si al menos nombraran a Marcela Serrano, a Magritte, a Vargas Llosa (siempre a vueltas con él), a Marilyn, a Hemingway, a la catedral de Notre-Dame…Me agarro a ella y mi mente vuela a París. Allí andará él, en algún despacho, mirando a la Islê de St Louis, con sus tiendecitas, con aquellos restaurantes laberínticos donde yo esperaba cogerle la mano algún día…

Buceo en mi correo y reenvío lo que no me importa. Recibo frases bonitas de poetas conocidos, doctrinas para vivir y e-mails de ese alguien, remotamente parecido al hombre de mi vida, y que se niega a serlo. Lo desearía como coprotagonista de esta película, aunque yo sea la peor réplica de Virginia Woolf.

Desde que lo conocí, aprendí a escribir cartas desgranando mi vida… Comencé a crear cuentos a partir de un guijarro del suelo. Ahora sólo me viene su nombre en inglés -pebbles- y creo que ni con eso podría hacer un poema. Cuando me enamoro siempre escribo poemas en inglés con frases bastante macabras. El inglés es el idioma de la muerte y del desengaño. Esta vez he escrito unos cuantos…I would like to feel your breath nearly of my knuckles, graspped –like Im now- to the fences of the cemetery…

Sé que los macarrones no me van a salir como los de la tapa de la caja. Mis macarrones son tristes. Tal vez, hasta ellos, han aprehendido mi pena y me introducen más en el estómago, por si quedaba algún lugar sin jirones de melancolía.

Sólo busco la cama. Detesto el frío. Detesto el calor. En ocasiones, te detesto también. Qué gélido eres. Qué práctico. Qué pragmático. Mi torbellino –dices- te supera.

Me molestan las sábanas sobre el cuerpo. Me molesta el pijama sobre la piel. Me molesta mi propia piel. Últimamente, me duermo en posición fetal. Lo que mαs anhelo del mundo en estos momentos es una mano sobre mi cabeza. Tu mano. Fuerzo a la mente para que quede en blanco. Pero no tengo autoridad sobre mí misma. Afuera, vuela mi alma. Creo que ha golpeado en los cristales. No desearía que se metiera en ningún otro cuerpo. Pobrecillo el que la recibiera. De alguna manera, también le he tomado cariño a mi alma volátil. Vuelve a encerrarse en mi pecho. Trae aire fresco. Es lo único nuevo que he sentido. Pienso en el olor de los bebés. Y pienso en lo que he hecho contigo, en lo que no he hecho, en lo que no puedo hacer. ¿En lo que nunca haré?…La pena y yo nos dormimos. Ella siempre lo hace antes que yo. Al menos me deja esos minutos para darme cuenta de que sí, de que existo…de que me dejas existir, my parisian pebble.

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