¿Qué voy a decir de esas nubes, de ese cielo? Mirar, mirar, mirarlas, mirarle, y nada más.
F.G.L.

Los rascacielos de Madrid invitan a fumar rubio. Nicotina que babea sobre un cielo sin sobresaltos, tan acostumbrado como estará a que brinden por él los borrachos de los after de Malasaña. Ser cielo en la capital del reino de las Autonomías es como ser luz en París: un trabajo costoso, ingrato y cafeínico. Veinticuatro horas al servicio de los pintores, los poetas, los ejecutivos de la última planta y la funcionaria romántica. Y todo porque a Velázquez se le ocurrió aquello de pintar las bóvedas de los cuadros de un azul imposible. Que es la Naturaleza la que trata de imitar al Arte y no al revés. Por mucho que digan en San Fernando.
Las nubes que se pasean por las alturas de Madrid son los techos de los patios de las castizas corralas, que la Modernidad ha rebautizado como patios de luz. Las vergüenzas de las familias se destripan en las partes traseras de las casas, donde se cuelgan los calzoncillos sin blanquear, los sujetadores de copas, los calcetines de rayas y la camiseta del Atleti. El blanco de la lencería española no reluce sin el verde de la matita de hierbabuena o romero o el amarillo de un canario, esa especie de pajarito amanerado amenazado por la pandemia que ahora sufren los cisnes. Los ojos de las nubes suben las audiencias de los magazines de las mañanas y desdeñan la maldita gracia que tiene la Campos en Antena Tres. Cuando abre la Bolsa, el cielo se despereza y se pinta color mantequilla en una ciudad donde el pan con aceite es un desayuno marginal y de pobres. A esas horas, el mundo se cita alrededor de una boca de Metro, de un café aguado y un titular que anuncia la enésima catástrofe de la fórmula del alante y la sonrisa maquiavélica del clown. Imposible hacer versos sobre la atmósfera con los radiopredicadores anulando cualquier atisbo de rima consonante.
Madrid es un cocido a eso de las tres, aunque los modernitas prefieran juntarse en los espacios zen de los Giangrossi o tomar el té en las Teterías de la Abuela, robándole a la siesta el pijama, el orinal y el padrenuestro. El sol de esta ciudad, a mediodía, es patrimonio de las minorías sufrientes y dora con mimo las arrugas de los viejos, las pieles de los bebés, las manchas de los perros, las sudaderas Nike de los inmigrantes y las no-piernas de los minusválidos. El sol no pone vallas y todos los que caminan despacio se regodean en él, Recoletos abajo.
Más tarde, cuando los transportes vomitan gente y devuelven burgueses a Las Rozas y La Moraleja, padres a sus deberes, periodistas a las redacciones, seguratas a las discotecas y amantes a los hoteles, el cielo se vuelve maldito y azul indefinible. Las cúpulas de Madrid se tiñen de añil y los últimos labios se resignan a ser besados en alguna escalinata. Los atardeceres bajan por la Gran Vía de neón, por las farolas de Bailén, por las minifaldas de las niñas pijas de Argüelles, por las taquillas de los Verdi y el arco de Cuchilleros. Entonces, salen los insomnes a maldecir la Metrópoli, a destilar los humores rancios y a beber para olvidarse o a drogarse para recordarse, que nunca se sabe con esto de las memorias. A la hora bruja, las gentes se visten de negro, rasguean guitarras en Clamores, rallan discos en los garitos del Pez y sirven cenas para dos las meseras de allende los mares. Incluso, dicen, se oye desde San Cristóbal el jazz de Paquito D´Rivera y los niños malos se vuelven buenos y los buenos, pecadores de tanto mareo de cumbia y reggaeton. Hay estrellas que cantan La Violetera a esas horas en que la ciudad entera hace el amor y se arrebuja dentro de la cama buscando la pierna ajena. A las seis, empieza a clarear por el Campo del Moro y los flexos de los del verso se apagan, hartos de contemplar tanto negro sobre blanco. Las mujeres se remiendan las medias de rejilla, los fluidos corren por las duchas y los infieles inventan sus excusas. Hay campanas que anuncian el alba, desde la Puerta de Toledo (madre, qué celos) a las Descalzas. Felipe IV regresa, embozado, de desvirgar doncellas y se toma un chocolate, vestido de repartidor, en San Ginés.
Las pestañas se cierran al primer sol y los tonos azules renacen al sonido del despertador. Y el cielo se engalana, cansino, para dar techo al enjambre. Al fin y al cabo, tiene siete vidas. Porque es gato, como los que cantan los cuplés delante de San Isidro.

Aquel primer octubre de aquel 2005.

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