Para ella, tan amada

Seguro que te acuerdas de los dedos entrelazados tardes enteras. Que tú nunca usaste reloj por si alguien te pedía la hora. Y es que la hora era tuya, según rezaba un contrato de arrendamiento que firmaste con el Tiempo.

Mirábamos la alcayata de la pared y nos reíamos de los segundos.

Tú vestías la rebequita de Joan Fontaine y las alpargatas de los veranos, siempre azules.

La alcayata eran las dos manecillas de unas horas muy remotas.

Sólo abríamos el portal al punto de garbanzo y al de cruz.

Mientras, ponía mis piernas sobre el mármol, postura de medianoche, doce en punto en anatomía adolescente.

Si no recuerdo mal, tus ojos eran castaños y verdes.

Mi color no era tu color y, aún así, nuestros iris se llevaban amando la noche entera, el pergamino frente a la tersura.

Las campanas –que siempre nos rodeaban en las Ciudades Eternas- eran la nota imprudente, el marcador de libros que recordaba las urgencias de los cuerpos.

Por nosotros, mano a mano, no existiría el aceite mañanero, la sal o el salario.

La nómina del mes la acordaban las pestañas. La lista de la compra siempre era de diez cosas, tan gorditas…tus diez dedos.

“In illo tempore…”, empezabas, y yo te acababa el cuento.

Por eso, un televisor, un día, amaneció muerto.

Desterraste del reino el sonido del tic-tac, le diste libertad al cuco y pusiste contra la pared a los números del cuatro al infinito.

Para nuestras miradas sólo se contaba hasta tres, y ya era mucho.

Espacio protegido, reserva natural la de los diez centímetros que separaban tu nariz grande de la mía (siempre tan chica…).

Cuando llegó el final del arrendamiento, el Tiempo no te perdonó. Es curioso el perverso.

No le gusta los que aman, en futuro perfecto de presente simple. Te puso hora final; me dejó sola, mirando a los marrones del mundo por si lograba volver a encontrar el tuyo.

Claro, que el Tiempo no sabía de ti. Ni de tus burlas.

Y tu cuerpo pequeñito partió metido en el reloj de pie del salón.
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