En la acera de la derecha

Las viejas hienas andaban recreándose en la cafeína. Tostada arriba, tostada abajo, untaban la mantequilla en las hogazas blandas de sus cabezas.

Otras, más abajo, se desayunaban treguas terroristas; goles cachazudos; barriles Brent o zodíacos sin fortuna.
Pensamientos cortos para un día largo, con promesas de nublados para el resto de la estación, calcetines de lana para los pies callosos y deformes. De las ancianas comisuras de algunas hienas colgaban los cigarrillos, los chistes verdes, los olores a dentífricos baratos, las muecas del hastío. Las hembras se mordían el carmín y se quitaban los maquillajes de tanto tener la mano en la mejilla. Ellas, con las piernas protegidas por bolsas del gran almacén, descruzadas. Hace tiempo que olvidaron la seducción de los tacones rozándose. Ellos, con las barrigas caídas y estriadas, miraban de reojo los culos respingones de algunas minifaldas y se frotaban las papadas, derecha e izquierda. Derecha e izquierda.

Otras hienas guardaban los portales de sus cavernas; limpiaban cristales; repartían cartas; vendían collares o flores o incluso libros. Muy pocos paseaban. Sólo dos o tres jugaba con los nietos sentados en los bancos. Infancias que pasan mientras rugen los coches por la gran avenida. Infancias con nicotina, negruras de humo, colágenos, plásticos inflamables y cartones para reciclar.

En la acera de la izquierda

Pieles que huelen a lavanda y a coloretes rosas. Cabellos de fijador con rizos sobre la nuca. Carpetas sin Luther King, Ché Guevara, Malcom X, Einstein, Kurt Cobain, Deep Purple, Blondie, Guns ´n ´Roses, Iggy Pop. Son las jóvenes hienas de Franz Ferdinand o Coldplay, ni una nota más alta para los tiernos oídos de los borreguitos.

Visten como se les supone, agitan las melenas al viento como ya hicieron sus madres, hablan con el acento heredado de los padres, aunque ellos son más rebeldes y lo pimentean con un “Joder” o una “Puta” que no suenan a insulto, sino a sexo seguro en Nissan Micro.

Pasean calle arriba, calle abajo sin mezclarse con las hienas viejas. Segregación por pieles. Las exfoliadas y acneicas miran de reojo a las verrugosas y colgantes. Pequeños triunfos de pequeños tiranos. La vieja noria que rueda y rueda.

En medio de la avenida

Policías, sirenas, ambulancias, algunos gritos. Tráfico cortado, lluvia que chispea. Histerismos de las que tienen la regla. Histerismos de las menopaúsicas. Ojos agrandados debajo de los flequillos despuntados. Ojos agrandados debajo de las canas.

Manuel S.G. ha sido cogido a tiempo. Manuel lleva un jersey rojo y unos vaqueros. No cogió la gabardina para protegerse de la lluvia. Tampoco el paraguas. Las luces de los coches que salen del túnel saludan al que quería morir.

Las hienas –viejas y nuevas- se reúnen en manada y se sientan en sus plateas. Parece teatro moderno. La vida real ha saltado del periódico y se ha mezclado con los churros de unos y los apuntes de los otros. Cuchichean entre sí; hablan de “locura”; escrutan a Manuel; se aprietan los maletines contra los muslos; los bolsos contra los costados. Se arrebujan en su propia mierda, llaman a los rezagados para que no se pierdan el momento del clímax.
En el centro del paso de cebra se mezclan unos con otros e hilan sus versiones. Protestan porque la policía les aparta, “así no se puede ver”. Las hienas viejas narran historias a las jóvenes y éstas asienten porque habla “la voz de la experiencia”. Todos se quejan de sus vidas, de las putadas de sus destinos, de las sombras –varias- de su existencia. Alzan los estudiantes y los jubilados las testas, muestran su superioridad frente al desgraciado loco, se dan palmaditas a sí mismos y se masturban sus mentes equilibradas.
Las hienas se apretujan, luchan por el mejor sitio, se rozan con esa familiaridad que da el pertenecer a la misma casta: la de los justos.

Manuel está sentado y tiene las piernas estiradas. Está atado con una cadena a la barandilla del puente y mira de hito en hito al suelo. Tan cerca de la libertad y ahora tan lejos.Triste marioneta que se disputan los cientos de ojos de los carroñeros. Manuel es grande, gordo. Pero parece muy pequeño. Muy pequeño.

Las hienas del Orfidal, mientras, le sacan la piel a tiras y queman su vida – imaginada- en el corrillo de los sabios. Analizan sus gestos en silencio, en duelo, dispuestos sus cuerpos para ser estatuas hasta que acabe el espectáculo.

Todos los colmillos salen a la luz. Los cariados de los jóvenes, los amarillentos de los viejos. Y todos, sin dudarlo, muestran una estúpida sonrisa en sus bocas. Cómo no. Son hienas.

Manuel desaparece en el amarillo de la ambulancia, calle abajo.

Entonces, dócilmente, los rebaños vuelven a sus aceras.

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