Mediodía. Garabatos

El sudor cancerígeno de mayo se extiende por la espalda y la humedad es más que palpable en la entrepierna del pantalón. Un pantalón que ella denomina como “sexy” y que yo sólo veo como la impostura que, en realidad, es. Tarde o temprano mi verdadero ser va a prescindir de la camisa de rayas y se mostrará ante el mundo. Éste quedará boquiabierto ante la realidad de un hombre enérgico y único, de un héroe. Mientras tanto, la flama y el viejo oficinista que lee en la mesa de al lado el 20 minutos son mi única realidad.

A las seis comienzan a dolerme los muslos, los brazos y la cartera de piel. La evidencia es, cuanto menos, alarmante. A los 40 quedan menos posibilidades de ser un gran hombre. Y el cerco de sudor de las axilas me acerca a la mayor posibilidad: la de ser un hombre común. Respiro y vivo. Algunos días ya es mucho. Mónica me sigue asfixiando cuando duerme sobre mi espalda en aquellas noches en las que el insomnio se cuartea a eso de las tres, hora de mi parto. No es que no sea placentero sentirla. Es que sus ojos –que nunca me escrutaron- son la realidad más palpable de que nunca llegaré a ser algo más que un gran tipo en su concha.

A veces, mis bolsillos se llenan de notas, post-it tímidos de un amarillo nápoles indefenso. Como si estos poemas de mediodía nacieran ya sin energía alguna, tan débiles que, a veces, se caen solos. Al mes suelen aparecer tiñendo alguna braga de Mónica en la colada. Quizá sean sus suavidades y flujos los mejores lectores de mis versos surrealistas. Siempre mejor su vagina que su cabeza, el único lugar por donde ella exuda.

Media tarde. Cualquier cosa

Miro las vueltas de las esquinas de mayo, que siempre se prestan más a la sorpresa. El corazón me palpita cuando subo desde el trabajo a Recoletos. Y allí, en las terrazas de las sombrillas Heineken, espero algún estímulo. En medio de tanta tonalidad de neblina, algún destello. Y, entonces, la esperanza. Alguna nuca con moño alto desvencijada, derrotada por el libro que tiene entre las manos. Algún labio que se asesine lentamente a base de Marlboros. Alguna mirada que sonría cómplice desde la chaqueta de cuadros; ésa que lleva el pin de “Yo también soy El hombrecito vestido de gris”. Una clavícula de mujer impúdica que se afloje el tirante del sujetador con esa destreza con que lo hacen las bellas. Una camiseta raída sobre unos vaqueros llenos de arena de otros mundos con whisky de Duty Free en el bolsillo trasero. Algo diferente, por favor, un guiño a mi existencia. Y, sin embargo, nada. Pajares inmensos donde seguir buscando alfileres de novia.

Los mismos de siempre. De Sol a Estrecho.

A las ocho, entro en las arterias de cemento. Una gran tenia que araña las entrañas de la ciudad y yo su larva, siempre dormitando en las vísceras de la M-30, intramuros. Los de mi casta se desplazan casi en parihuelas por las avenidas del Metro. Hace dos meses que dejé de buscar en las médulas de este laberinto al descubrir que, entre Sol y Plaza de Castilla, a estas horas, todos somos ciudadanos de segunda.

Susana debe de ser colombiana y haber nacido cerca del mar. De otro modo no se explican sus tirantes en pleno invierno; el llavero hecho de conchas marinas de extrañas formas; los suspiros de calor en cada curva; el hatillo siempre al hombro, equipaje de mujer en transición. Sus ojos, que son pequeños y listos, miran hacia el techo del vagón y luego hacia la puerta. Sus pies quieren agotar las horas dando golpecitos rítmicos contra el suelo.
Mario –unos veiticinco- se cambia de peinado cada dos por tres y se pasa el tiempo mirándose en el espejo. Se enfurruña cuando no hay asiento libre con ventanilla y su mal genio lo pagan las rastas y las bolitas rojas de un rosario tibetano muy poco rezado. Las pestañas grandes de Mario leen libros de Historia, de revoluciones y de cómics eróticos. Es un gran dibujante de pechos. Cada pecho esbozado da salida a una angustia. El pequeño, a un examen suspenso. El grande, a una pelea con su padre. El de pezones hacia arriba siempre promete una noche de JB y discusiones sobre el destino de las manos del Ché.
Cerca de la puerta se sienta Marta, la primera que abandona el barco. Un maquillaje antiguo le tatúa la piel, pero es que a Marta le gusta disfrazarse. Siempre a cuestas con la gabardina, las bolsas del Champions y la novela de trescientas páginas. Está casada y su dedo índice hace tiempo que se tiñó de amarillo-nicotina. Marta huele a Nenuco y a uno le dan ganas de tumbarse sobre su hombro, encima de la rebequita decente de color caqui. Ella se zambulle en los peligros de ser Philippos Glüksmann, espía para el Foreign Office británico. Y hasta Ríos Rosas, la lectora aplica su ceño a los interrogatorios del malvado Stobern al que ,secretamente, admira.
A mi lado, Fernando cabecea. Entre sus manos, la entrada para el Calderón del domingo. La pensión de jubilado no le permite abonarse. Siempre lleva alguna bolsa de plástico. Pequeñas chucherías para los nietos; alguna Bonoloto; tres o cuatro soldaditos de ésos que tanto le gusta pintar; el ABC abierto por las esquelas; tabaco de liar. Cada mañana, curiosea las mismas páginas del periódico. Se viste, se perfuma con la antigua Brummel y recorre las iglesias de Madrid, de entierro en entierro, de funeral en funeral. Generales, capitanes, tenientes, oficiales de su división en la guerra. Fernando se agarra a la medalla de la Virgen de Loreto y reza despacio. Los días en que va a los Jerónimos, el viejo es serenamente feliz.

Isla con itsmo

Y en medio de mis iguales, yo. Cruzando miradas de nerviosismo, de miedo con el igual. Procuro sentarme junto a Marta y sentir la suavidad de sus hombros, que se contraen si a Glüksman algo malo le ocurre. Su cuello me promete que existe la ternura. Sus manos con heridas de Mistol acarician las páginas del libro. Yo me imagino esas manos en mi cara y, por un instante, soy más suave.
Contemplo en Mario la posibilidad de ese futuro pluscuamperfecto en el que nunca he estado. Lo prohibido, lo indecente viene de él y saca ese lado oscuro en que viven tres o cuatro maggioratas de carnes calientes y colmillos retorcidos. Deben ser las de Mario noches fumadas, ésas en las que el mundo se convierte en el reino de la dulce maría, Blue Train de Coltrane al fondo.
Algunas veces, pongo sábanas nuevas para Susana. Color naranja, como a ella le deben gustar. Y en esas madrugadas el sexo sin ataduras y sin complejos y sin mazmorras fluye. Carne morena para besar despacio, para acariciar deprisa, para ensayar posturas del Caribe a sones de bachata. Practicar todas las subversiones, atar y ser atado, morder y ser mordido. Y, entre batalla y batalla, su boca. Narraciones de familia feliz y extensa, de adolescencias precoces, de guerrillas y de aviones. Los dos, desamparados. Como protección, una sábana de color chillón.
Cuando el tren se para y anuncia la voz en off “Estación en curva”, Fernando se despierta, asustado, y parece no saber dónde está. Entonces, mira para el frente y me contempla agarrado al barrote de la salida. Me sonríe bajando la cabeza y yo murmuro “Hasta mañana”. “Así sea”, dice el viejo soldado y, con esa seguridad, me bajo en Estrecho.

Tres de la madrugada. Hora de partos y versos

Ella duerme con la boca abierta y parece una actriz de cine mudo, algo empolvada, algo triste. La tele me mira y veo el reflejo de la camiseta de Héroes en su cristal. Otros tiempos.
Bajo el flexo, escribo rápido. La música es mía, la letra siempre de otros. Abro la ventana y la ciudad ruge para darse entidad. Buceo en mi mar grisáceo y me da miedo el tránsito de mañana por el mismo camino de hoy. Pero mientras dibujo arqueros con flechas descoloridas pienso en el sueño de Susana, en las caderas de Marta, en las lecturas de Mario, en la almohada de Fernando. La niebla también anda por ellos y, sin embargo, este pensamiento me consuela. Escribo sus diálogos, sentados en la mesa camilla del salón. Diálogos febriles, urgencias por saberse. Cada noche, un trozo de sus vidas. Un carajillo, y me animo a contarles de la mía. Y, entonces, los ojos se alzan y me escuchan. Alguno sonríe complacido, otros asienten. Y el gris, de tres a cuatro, se difumina.

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