Te sentabas en aquella sillas de enea y refunfuñando curvabas el cuerpo. Entonces, sacabas algún puro antiguo y lo fumabas con la parsimonia de quien sólo tiene relojes de pared por amigos.
Mientras bebías el whisky añejo solías contarte las pecas de la mano derecha. Manchas solícitas, de ésas que no le abandonan a uno y que forman racimos con alguna historia. Manchas exhibicionistas que te tapabas con la manga de las chaquetas de lino, quizá por coquetería, quizá porque alguna de ellas desvelaba no sé qué errores de la otra vida. Ésa que habías vivido antes de hospedarte tras la cristalera de mi bar.

Recuerdo que, antes de servirte la bebida, me desrizaba la trenza y me quitaba las medias. Eran meses de calimas y nubes de tormenta.A mí sólo me importaba que tú notases mis caderas en contacto con la combinación de raso. Mi cuerpo era una duda, los pechos –pequeños- contaban mi edad y, sin embargo, cuántas ganas de calzar tacones.

La música de aquellas tardes la creaban los hielos, ésos que removías de cuando en cuando como si su existencia dependiera de ti. Abrías los periódicos extranjeros y desdeñabas las grandes frases con los ojos, poniéndolos en blanco. A cada página eras más viejo y, al llegar al final mirabas con pasmo los jeroglíficos y tu cansancio se escondía en las casillas negras contemplando como los demás transitábamos por las blancas.

Yo te miraba despacio desde mi país de licores, mentas, limonadas, azúcares y aguas de canela. Con una mano en la barbilla y otra sobre el mostrador mis ojos iban desde el ventilador a tu cuerpo. El uno tan resuelto, girando sin porqués. El otro –mi amor- recorriendo con el inquieto pie las filigranas del hierro blanco de la mesa.

Cuando anochecía, te volvías pajizo y sacabas de los bolsillos pequeños caprichos: el libro de tapas duras, tres o cuatro poemas escritos en hojas sueltas, el folleto de la obra de teatro, un cuchillito para dibujar la madera, alguna pulsera con mil colgantes. Empezabas a leer, corregías rimas, te decidías por Las Criadas, tallabas cabezas de indios, comprobabas al trasluz la calidad del oro. Pero no te decidías por nada, desmayado por un cansancio infinito. Y entonces, te volvías hacia la cristalera y contemplabas el mundo de las farolas de gas. Así, hasta las doce.

-Señor, vamos a cerrar.
Sonreías y me rozabas la mano al darme el dinero, siempre exacto. Durante tres segundos yo te hablaba con los ojos. Entonces, me parecía ver en tu cara cierta timidez en las cejas enarcadas. Salías al exterior y jugabas con los nudillos sobre la cristalera. Y tu sombra, como asustada, se metía en la noche.

En tu mesa, habías dejado la pulsera, como siempre. Como cada noche, yo ponía mis labios en el cerco de los tuyos y terminaba el whisky. Al llegar al dormitorio colgaba la joyita junto a las otras, todas ordenadas por colores.

Y así, un aderezo tras otro, un año tras el siguiente.

Ilustración: Susana y los viejos (Rubens. Museo del Prado. Madrid)

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