El insomnio es una mezcla de la cafeína, la teína y mis neuronas.
Veo (y oigo) la serie de las 2. El grillo de las 3. El avión de las 4. El tacón de las 5. La radio de las 6. Irremisiblemente, la noche llega a ordenarse a sí misma mediante parámetros propios.

El territorio de los bohemios, los amantes, los zánganos, los borrachos, los insomnes y los preocupados no es tan vasto ni tan oscuro como parece. La noche no debería tener reglas, pero los humanos que la habitamos le imponemos marchas: primera, cuarta, quinta. No debería tener paredes, pero las delinea el lucero del alba y el canto del grillo (o del Loco en los after hours). No debería empezar, pero la marca el Telediario, Prats, Valentín o Milá. Es cosa de hombres, esto del parloteo al atardecer.

Hay una especie de comunión entre todas las noches. El silencio arriba, abajo los laberintos y las marañas. La noche tiene el cielo de las grandes luces y la tierra de color farola. Entre medio queda el país de los “quemaos”, los que voltean las horas, los biorritmos y los poemas. Los que persiguen musas y musos, botellas de Ballantine΄s, edredón ajeno, amantes en cibercafés o rayas de materia blanca. Mientras se canta Desenchantè en el garito, los negros del desierto suben vallas (o se quedan en ellas), niños de la ESO mandan en las calles, los de Prosegur cabecean, los artistas fracasados tocan el piano al último cliente y las putas hacen el búlgaro a algún rumano de nacionalidad criminal.

Tendida, me preocupa la noche de los cementerios: el Hades sobre el silencio eterno, pese a lo que dijera la canción de Mecano y el Hijo de la Luna. Se enmarañan en la imaginación del Valium el semen de los colchones; los mensajes que nunca llegarαn a la mañana siguiente; los lenguados delirantes en los pesqueros; las salidas a la nevera de la adolescente; los poemas exculpatorios; los pecados de la alevosía; el wonderbra de la Teletienda.

Los reyes del mundo, los laboratorios farmaceuticos, hicieron un gran mal a la notte. Las fábricas de Pompadour (poleo-menta, melissa, azahar), también. Y las tiendas Beds. Anulan el poder del insomnio y de la duda, de la mortificación y de la angustia. Un par de ojos sin tila ven mucho más que dos. Sirven para cruzar la noche minuto a minuto, para escribir artículos y husmear en los rincones de la Red. Incluso salvan al último Tranchete de la inanición.

Si hay noches con estrellas fugaces y noches del mal vajío, la de un día con eclipse debe ser como meterse de cuerpo entero en un detergente con suavizante de olor químico: absolutamente burbujeante. Por eso escribo en jueves. Para salir el lunes por el territorio de los gatos.

Ilustración: Lecho du songe (David Graux)

Algo me dice que el grillo sonará a las 12 y por fin se apareará. Tal vez el avión rasgue verjas; los del CSI encuentren la paz mundial y la nena de las 5 no taconee porque, por fin, se quedó a dormir con “él”.

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