Si yo pudiera desguazarte, como la basura en los barrios bajos, tendríamos como espectadores – tan sólo- a cuatro gatos mal avenidos con los cojines.
Miradas en verde y lenguas relamiéndose al ver el jugoso banquete que me preparo sobre tu carne herida, casi muerta.

Lo que más recuerdo es tu sonrisa de boca mal dibujada. Labios carnosos para morder el aire de la primavera. Y mira que este verso es patético, manido, viejo pero lo expreso en viento y en entrada de calores, abril recién comenzaba cuando pegaste tu primera dentellada.

El trauma de haber perdido la infancia en el patio del limonero te hizo arrancar los dientecitos de leche de todas nosotras y, de pronto, te viste engrandecido con un collar de marfiles. Mirabas debajo de las faldas de cuadros escoceses desde distancias de veinte metros, no hacía falta más, sólo levantar un dedo y las brisas, caprichosas, dejaban las braguitas al sol, para que las contemplaras a placer.

Desde entonces, sin dientes y sin bragas, me siento un poco menos yo, soltando migajas de tarta aburrida y algo anciana. Se me fueron los piñonates, los merengues de la cima y las guindas saltaron una tras otra, rodando pesadamente, celulíticas. Soy un bizcocho, porque sigo dulce, agujereada y somnolienta.

Levanto la nariz y me desesperan los ciruelos del Japón. Aún más que el viento del Sur traiga olor a azahares, esos mensajeros tuyos que violan por la nariz. Hay petunias rojas, rojísimas, colgadas de un balcón. Sólo entonces me alegro y sé que ha llegado mayo y que la primavera temprana se fue detrás de tus pasos, siameses díscolos que me enfurecen tras cada febrero.

Yo me hice adulta metida dentro de un jersey amerindio, terriblemente feo. Terriblemente delgada estaba yo y el cinturón me bailaba destellando, de color azul. Los vaqueros seguían el paso de las botas de tacón altísimo. Los cafés se llenaban de vagos y estudiantes y yo pensaba en ti como en la reencarnación de Salomé, sirviendo cabezas –la mía- aquí y allá, tapa de aceitunas cortesía de la casa.

Por eso, cuando el calendario marca el veintiuno del tercer mes, yo limpio mis armas con aceite de limón para clavarte –ácidamente- palabras y bofetadas, escupiendo con elegancia. Sin embargo, nunca me permito llegar al súmmum de esta lotería y me animo a convertirte en basura, dejando tu corazón sin alma al abrigo de las miradas felinas. Así, mediocre y sumiso, sigues viviendo en mis recuerdos para insultarte la siguiente primavera y, poco a poco, odiar un poquito más a aquél de la sonrisa pasmada que me hizo amar el invierno.

Foto: La esposa del viento. Óscar Kokoschka. Kunstmuseum (Basilea)

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