MATERNIDAD

Ellas viven debajo de sus caparazones. Feminidad asustada.

A los nueve meses, gritan sus angustias, queman sus velas y convierten a semen en palabra non grata, siendo antes tan cara, tan ciudadana de los pliegues vaginales.

Al decimotercer quejido, expulsan sus rencores, los atisbos de muerte y las leyendas urbanas que oyeron en el Café Comercial sobre los dolores del parto.
Dentro de ellas, el hijo se vuelve Caín y horada las entrañas con la paciencia del que sabe que en sus manos anda el Tiempo. Aullido final y la metamorfosis los convierte en Moisés, abriendo pelvis en dos, rasgando senos, entresijos privados antes trasegados, tan sólo, por el algodón de las braguitas. Como José, venden sus primogenituras al primero que se tercia, alguien en blanco translúcido que pega bofetadas al traidor bienvenido, el Judas que vende a su madre y la despieza en dos con tal de ver la vida.

El primer alarido.
Y aúlla de miedo la bebé rica. Le espera toda una vida para demostrar que puede llegar a Harvard como papá, usar bótox como mamá y perlitas Majórica como la abuela Lisette (la que proporciona el apellido extranjero que da empaque a la recién nacida)

Al otro lado, aúlla de miedo la bebé pobre. Por el calor, porque le asustan las moscas y los orines, el olor a naranja sanguina y los pechos derrumbados de la madre. Otra niña para el limbo (en realidad, un espacio muy dulce, decorado por Mother Care, donde los argumentos y las conversaciones tienen olor a Nenuco. Segunda acepción: lugar idílico donde no existen las papillas sino los potitos Nestlé sin grumos, las cunas adosadas, con colchitas de perlé y las nannies inglesas con caras de Judi Dench). (Cualquier lugar, mejor que la Tierra palúdica e incierta).

La madre, antes sólo mujer, repasa su venganza y extrae con la lengua bífida los poderes entregados al recién nacido: la telera, la hogaza o el brioche (eufemismos de seguridad infantil). Los panes axilares son robados al cainita con cuidado extremo.
Mientras las médulas siguen sangrando y expulsando el hábitat del hijo, los pechos manan leche y ellas revuelven el maná recién robado y el requesón recién hecho. Todo en uno. Maná del rorro, maná de la fontanela por la que sólo circulan las músicas del BabyMozart y el Mambrú se fue a la guerra.

Niño en el cuco, niño en el nido, rosa débil para el sexo fuerte; azul mar para el sexo atávico. Ellas presienten que también parirán y adquieren la postura fetal que luego repetirán en los días grises premenstruales. Ellos se desperezan, exponen el cuerpo, como años después en alguna cama de sus amantes: tú arriba, yo debajo.

Las estúpidas visitas traen rosas y bombones, dimes y diretes, tridentes para desguazar la cara del neófito. Mientras, la madre desea rellenarse el vientre con flores y agua de jarrón, un poquito de abono para que no se seque.

A alguien se le olvidó bendecir los pechos de mujer recién parida, los más hermosos, los más fértiles, los más crueles. De ellos nace la Vía Láctea, sin el glamour trasnochado de Alcmena ni los doce trabajos del pluriempleado Hércules. La madre es más hembra cuando toca esos senos y se complace en su abundancia, egoísta, represora. Los jugos para ella, para su piel, para templar el hueco que dejó el hijo, para inundar de tibieza el útero quejoso y roto. Miel y cuajada sobre los labios heridos, la cuenca vacía del perineo gritando ayes, recosida. Dedos largos, limpios, para complacer a esas carnes maltrechas, hilo para lavarlas, algodón en rama, hojas de malvavisco sobre el vello cansado, esparcido como gavillas en era. Gotitas de yogurt materno sobre los muslos abiertos, dispónganse con dulzura, pavimento tibio sobre la epidermis seca. Alivio para la alma mater.

Y, sin embargo, blanco y rosado, llega el peligro. Encuentro de madre, encuentro de hijo, ambos buscan carreteras. La madre, para huir por el camino, de piedras aunque sea, y desear ser la Yerma y travestirse de hombre y acariciar sólo pechos. El hijo, perdido, quiere volver al hogar donde flotaba, senderito adentro, mamá templada. Son opuestos los deseos y el padre, infecto, los repara.
El niño viola los senos redundantes, turgentes, tan apetitosos por ser apetecibles y encuentra su sitio, por fin, en la vida. La leche mana hacia su boca y él, complacido, urge, socava, extrae.
Mientras, la madre contempla. Hace horas que voló el pan debajo del brazo y ahora el maná es sólo una grosería en la boca de las vecinas curiosas.

Mientras tanto, sigue fluyendo la sangre (que no olvida). Siguen partiendo las fibras los dolores mercenarios. La cabecita eclipsó la luna de los pechos mientras ella llora, llora y llora perdiendo a cada paso su identidad.

(Y, sin embargo…lo quiere)

Fotografía: Allongée 2 (Egon Schiele)

Anuncios