He contemplado tantos ojos y, sin embargo, los tuyos…

A finales de enero, me encogí en la hornacina de algún cajero automático, Niño Jesús que expide billetes para las clases medias deterioradas, haberlas hailas.

Venía el frío del Guadarrama, nada poético ni digno de mención. Ni siquiera (pensé) podría comenzar un relato diciendo: “Hoy ha sido el día ,ás frío del invierno”. mentiría. Me gusta mentir. Pero aquella tarde preferiría rseñar una hazaña digna de cuento. La metereología obviaba mis intenciones y los transeúntes eran todos peoncitos de ajedrez, ninguna reina en el horizonte. Nada rescatable.

Luego, a la luz de las velas, no tendría nada que escribir. Las epifanías escasean en las tardes de laxitud y café en los sillones del Starbucks.

Le arranqué a la máquina el último billete y me giré.

Sin pretenderlo, ella estaba allí, traspasándome, sutil, delicada, tremenda. Como si la esquina afilada se hubiera redondeado gracias a las curvas de sus caderas. La rodeaban muchas cosas, danzaban en sus manos como velos, giraban mil bolsas con mil anagramas en torno a sus piernas. Algún angelito de la pasada navidad; logotipos de Zara; un carrito Prenatal; embalajes de tomatitos cherry; tres ABC y dos suplementos del motor de El País; Natusán para la heridas del pañal; una botella de Gressy desprecintada; tres bolsitas de fresones de gominopla; deuvedés piratas de Candilejas y unas zapatillas Converse rojas formaban los bajos de su traje de gitana. Todo un espectáculo de variedades y, sin embargo, yo sólo podía mirarla a los ojos. Ojos verde limón subrayados de khöl verde, que en ella era verde lima, casi amarillo. Dos trazos que subrayaban la mayor de las curiosidades, dos tizones ardientes que me escrutaban, atrayéndome.

Irremediablemente, mis pasos caminaron hacia aquellos ojos. De una forma torpe, como solemos hacerlo las de ojos de almendra, me incliné hacia su rostro, resbalando en aquel difícil equilibrio, tratabillando la intención.

Entonces, verdeó como ella sola sabe hacerlo. “No quiero hacerte daño”, anunció. Y sus caracolas; los guantes de seda rotos; las bailarinas de porcelana y los quinqués vírgenes desaparecieron. En un instante. Yo me sentí la mujer más torpe. Desde entonces, sé que los iris color chocolate hablan con palabras, tan humanos ellos, y los ojos verdes narran en el silencio de su luz.

Esta mañana crucé el mismo paso de cebra de cada día. Miré hacia arriba y me los encontré. Una mirada hermosísima, derretida de pura miel, azul casi, un puntito descreída. El fondo de la piel, negro. La vieja mujer caribeña susurró algo a mi paso y luego continuó su camino. Una mensajera, tal vez, una sibila que me anunciaba que no perdiera la esperanza de volver a encontrar aquellos ojos míos…
Fotografía: Chica con gato (Lucien Freud)
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