Sus ojos verdes se clavan en mi cuerpo.
Y yo aspiro el olor de la noche, para evitarlos.

La epidermis de la madrugada tiene restos de strass de relojes baratos que dan la hora de los monstruos.
Relojes que no avanzan, las horas con el maquillaje destruido, los ojos vueltos, pura epilepsia de calendario.
Hoy ya no es hoy. Siempre es ayer.

Su cola de terciopelo ronronea sobre los geranios, que se quejan, amargos, de ese abrazo con esposas. Ellos, que subastan el oxígeno y juegan al ajedrez con el envés de las hojas. Por sus ojos verdes, henchidos de rabia, las flores se agostan y se vuelven artificiales, pura pose de polen viejo.

Los miro por el rabillo del perfil y me pongo el camisón de los pantalones pirata. Tengo que elegir entre cubrirme los pies o enseñar el vientre tatuado con sus arañazos. Las heridas han cicatrizado, pero hay alguna hendidura caprichosa que muestra, laxa, los momentos cumbres de la pelea.
Así que tapo los tobillos, me posiciono fetal y le quito la cáscara al esmalte de la manicure.

Los ojos verdes miran con lascivia, tienen puros por pestañas y su humo me asfixia la nuca, que se aja de forma lenta y grisácea.
Las miradas se cuelgan de mi espina dorsal, reconvertida en barra de autobús. Viajan. Me corretean. Me violan, satisfechas. El traqueteo de la cerviz las extasía y llegan a la última parada conocida: el ombligo, ahora recalificado y enajenado, subastado al iris, prostituido a las córneas.

Tengo un ojo verde por piercing. Cada vez que lo toco, se unta Rímmel Double Volume Up de Lancôme y me hace cosquillas con la punta de las pestañas, que casi alcanzan los pechos.

Son las cinco. Con rigurosa exactitud hago un inventario de mis posesiones: la leche desnatada de los cafés, un par de lápices Faber-Castell, la barra de labios Rouge Fou, la chaqueta discreta de mujer entera. Igual queda algún sombrero del invierno, un toque extravagante. El resto son chanclas. Una daga toledana duerme, untada de fondue de queso, láctea toda ella. El pañuelo heredado de la abuela, la miniatura del Sedán. Alguna braga con olor a semen de posguerra, fértil y hambriento. Esto soy yo.

Miro a los ojos verdes y ellos sonríen.
En la cama, sueño que alguien me tapa y me cubre con la arena del reloj del Tiempo,
un becario que me masajea los dolores y venda mi cabeza, aturullada y perdida.
Susurran: “Descansa de ti misma” y yo sonrío, como cuando de pequeña aceptaba caramelos de desconocidos.
Me entrego a voluntad y los muslos sudan pensamientos, noches de baile, algunos besos de amantes que se prodigaron en ellos.
Alguien pone el aire acondicionado y los ojos verdes comienzan a abanicarse. Mi calor les excita, ahora que hay dos manos que me dan palmaditas en la espalda. Yo extiendo mi angustia y grito metástasis de insultos, pullazos al aire tórrido, desiertos enteros de fluidos condenados a la cadena perpetua de la agonizante.
El becario me regala desodorante Nieva en spray por todo el cuerpo y yo, por primera vez, retozo.

Los verdes ojos gruñen, ronronean al gato que llevan dentro.
Suspiro aliviada y me agarro a las falanges solícitas del desconocido.

Al alba, me despierto.
Hace tanto frío en la habitación que, por primera vez, mi cuerpo se queja de un dolor físico, olvidándose del alma.
Chupo los restos de fondue de la daga toledana, Acerías Hermanos Alba.
Me dirijo hacia la ventana con delectación y un despistado hilillo de saliva. No hay prisa.

Los globos oculares verdean de pánico. Me miran.

(La noche siguiente.
Qué hermosos pendientes luces! exclama el pretendiente, solícito. ¿Son nuevos? No, pero todavía maúllan con excelencia).
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