Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
(Antonio Machado. Cantares)

Yo quisiera hablar contigo de lo viejo.
Tête a tête, sotto voce.
Acurrucarme en tus sentidos y desligarme de las mortajas,
sembrar la cabeza huera de tus lances y mis sagas, las luchas y las exequias por lo antiguo y lo vivido.

Yo quisiera hablar contigo de lo viejo.
Despojarme de los hábitos verdes, las gabardinas de tantos inviernos, los somníferos para soñar a otros, las viejas cuentas con los enemigos.
Algunos están serrando un olmo centenario para las chimeneas de su vida futura.
Otros compran campanitas funerarias y queman incienso con olor a rastrojo. Así rompen su alma y sus trabajos. Renacen por el perfume nuevo, reviven porque vaciaron los cántaros en sus fuentes.
Yo busco la solución en las paredes de un cuarto pequeño,
donde habitan 108 tentaciones y treinta recuerdos, uno por año.
Hay estanterías tan altas que, al mirarlas, aprehendes de ellas todo su saber.
Hay sábanas bordadas por unas manos tan distintas de las mías que nadie diría que son sangre de mi carne.
Hay cruces robadas de un cementerio, alguna margarita despechada y muchas cartas de amor a desconocidos.
En fin, todo este vacío rodea mi cabeza y la Olivetti, espíritu y cuerpo sembrado de letras.
Mi preferida, ya sabes, es la O, la omertá donde se esconde mi voz, que no alcanza a terminar las eses de las palabras.

Yo quisiera hablar contigo de lo viejo.
De aquellas horas en la cama blanda mientras yo te prometía. Tardes de sombras chinescas doradas de sol y pelo tirante sobre las orejas pequeñas, bien lobuladas.
Las noches con redecillas sobre los bucles y el futuro tan imperfecto doblado sobre tu regazo en la mecedora.
Aquellos silencios.
Tus palabras en sueños, que sabían a arropía y a cenobio, cipreses y celdas, tocas y pozuelos.
Yo las apresaba y me fundía con tus risas de durmiente feliz, de cuerpo bendecido por la fortuna durante las ocho horas de paz.
Aquel era tu reino y rezábamos por conservarlo, por los helechos que lo adornaban, por las cuentas de los rosarios que lo cercaban, por el ruido triste del agua de tu aljibe.

Yo quiera hablar contigo de lo viejo.
Acercarme a ti y maullar, rozagante, mimosa, feliz.
Te obligo a que me acaricies la cabeza y me estires los párpados para hacer los ojos grandes y así verte y gustarme.
Me enredas con el cachemir de tu vocabulario denso, apetecible, tan dulce. Y yo me dejo arrastar, aunque con la argolla me siga atando a la quimera de la realidad.

Hablemos.

Fotografía: White Flower, por Georgia O´Keeffe. 1929
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