A Cecilio, el maestro

Nunca más volveré a leer a Martin Amis.

Contemplo las calles de noviembre, un mes de teatro de muertos. Solitaria, con tu efigie de rey de ajedrez al fondo.
Algo de tormenta pasa, mis olas frescas chocando contra tu mar de agujas.
Y, sin embargo, qué falla.

El mayor de los altares sería hoy, para ti, la matemática del conjunto vacío, transfundido como estás de laberintos, miasmas y esos líquidos (humillantes) que nunca pertenecieron a tu cuerpo. Que siempre estuviste más cerca de Bogart que de esos tipos que no aprecian la nicotina homicida, que de algo hay que morir.

Yo te querría al lado de una chimenea barroca, repujado el sillón, repujado tú tras un whisky de malta, de muchos años, como tus sabidurías y tus caminos.
El sillón vuelto de espaldas al espectador y tú escondido como Clark Gable en aquel viento ido contemplando a una O´Hara, llamada Escarlata, nunca Melita.
Ahora, podrías ser un lord de club inglés muy privado, muy de ajedrecistas misóginos, ésos que sólo adoran a la reina del tablero y discuten sobre la angustia, la misma que tú sentías porque fumabas aspirando o la otra que aspirabas porque fumabas deprisa la vida. Pero en lo exclusivo tú te perderías porque nunca aceptarían el cerezo del traje de chaqueta, la risa fácil, las manchas de tus manos y la corbata negra en días de fiesta.
Pero es que tú no eres de ésos, engominados, padres de la patria.
Tú eres del amontillado y luego la partida tras el café, Kasparov de un pueblo muy pequeño, los piononos como hito de su historia, los azulejos con epigrafías y un paseo con viejos milenarios tostándose al sol.

En vez de las bandejas de plástico con la naranja seca (esos bodegones atroces de los hospitales), hoy te pondría para jugar con tu ábaco la mesa lacada, aquella tan blanca que yo pinté con mi nombre, un nombre de adolescente, princesa de tus castillos logarítmicos.
Sobre la camilla, andarían las noticias de los diarios, el ring de los políticos a los que siempre quemaste la cabecita con las cenizas de la pipa.
Tú, que usabas los Bics que yo luego mordía, rellenarías todos los crucigramas y el del Times se te presentaría a media noche, te arrancaría el camisón estúpido del sanatorio y te desafiaría a ganarle con un solo tiro, en un duelo de lo único que tú eres, un caballero.

Yo me volvería niña de quince años para soñar con amores y camas revueltas, mientras me explicas a Hipócrates y los teoremas de la vida que no son sino la dignidad de las espaldas curvadas, el sabor de la tinta sobre los papeles reciclados y los sábados de dominó. Y el gusto amargo de un Montecristo, claro.

Ahora, cuando los relojes andan enloquecidos, me dicen que tú te fuiste, que ya no estás, que yaces, que sufriste. Claro que ellos no conocen la posibilidad de que la materia siempre se transforma y tú andarás en Cuba liando habanos, o en el Café Gijón, leyendo a Cela, o en el Oackland, un bar de allende Nueva York, muy español, muy de la Piquer. O te tenderás este invierno en el triclinio de sabiduría del casino del pueblo y allí eternizarás las horas volviendo blancos los agujeros negros. En cualquier parte estás, menos entre los cabellos de la Medusa de un hospital de provincias.

Yo, mientras, contemplo las calles de noviembre, un mes de otros muertos, tú no. Parezco solitaria, con una efigie de rey de ajedrez al fondo.
Algo de tormenta pasa, mis olas frescas han ganado a tu mar de agujas.
Por eso, no falla nada.
Porque el humo sale de tu cigarro, cerca de la chimenea. Como siempre.

Fotografía: Óscar Kokoschka. Dreaming

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