A partir de -64º C, uno oye cómo se hiela el aliento, siente cada hueso congelado

Los pasajeros llevan botas de piel de reno. La azafata reparte periódicos. Y en ellos se lee que, en algún lugar de las montañas, un criador de renos resultó gravemente herido al caer del caballo y tuvo que esperar semanas a que acudieran en su ayuda, así que en el ínterin se amputó él mismo los dedos de los pies helados con un cuchillo de monte

De El lugar más frío de la Tierra. EPS. Andreas Albes

Arcos de medio punto sobre carne blanca, cátedra para profanos de lo que puede ser la Belleza.
Cabellos de Medusa desparramados sobre el almohadón de un hospital cualquiera, de ésos que salvan vidas a las tres de la mañana.

Hora de guardia para las Furias.

Éstas vengan mis agravios, algunos perjurios, la venta de treinta monedas, relaciones de cama en ventorrillos de neón, aquellas cruces negras de mis fosas comunes, los alaridos a destiempo.
Se tornan dramáticas, descuidadas y torpes y desean mi sangre dulce, el hierro de mi fémur, la juventud de mi rostro.
Salen de sus Avernos, se precipitan al mío, un día cualquiera, martes y trece. Escogen la hora bruja para sus nanas y me invitan a un pulque amargo, que corre por mis venas y me deja borracha, sed de mal.
Penetran con agujas de hielo mis humedades y las profanan, dejando desmemoriado, atónito el lugar donde un día crecerán mis hijos. El frío es grande y en mi cabeza alguien baila una taranta al ritmo de otro corazón. Una novia vieja y gitana agoniza a mi lado mientras el calendario se bebe la sangre que sale de una aorta cercenada. Que muere en plena noche de bodas, de extásis y lujuria.
La escarcha está invadiendo mis brazos, ocupando su plaza, ovillándose en las axilas, mientras un armiño se ríe de mis intentos por entrar en un calor que no existe.

En pleno sur nieva en diciembre y la cabeza busca los brazos de mi pijama, que quedaron desmayados después de la reyerta. Brazos que me llaman, mis manos enloquecidas pregonando sus colores, “yo vivo en un camisón color desierto, líbrenme de los glaciares”.

Me doy cuenta de que a nadie le di un testamento o una última voluntad: yacer en tierra de viñedos, de olivos, con el trigo entre los dedos y los tordos volando bajo.

A la hora tercia, un alud viola mi garganta y la risa de Alecto se convierte en un ceño fruncido, unas ojeras con gigantes y cabezudos, un recuerdo lejano de batallas ganadas después de muerta.
Cierra cortinas y me deja la espalda nevada, la voz llagada, la rótula partida y un tatuaje en el costado: Alea jacta est.
La novia gitana entona una soleá, “también se muere cantando”, dice.
Yo busco el termómetro, que marca los treinta grados de mis años, bajo cero, y logro cierto calor tapando el esternón con parches de esparadrapo.
Cierro los ojos y sacudo el cuerpo, lo caliento a espasmos.
Alecto me tapa con un cobertor de granizo y la tierra arada se contrae de horror, tan lejos el fuego de mis ojos. El barbecho grita mi nombre de niña y yo no puedo sonreír.

Estoy nevando.

Fotografía: Iceberg. Lynn Davis.
Anuncios