A Don Cecilio González Laguna, mi maestro

Octubre era abril allí. Un abril silencioso con alevosía, el azul de los jacarandá esperando estallar, adormecido por los vientos de la ciudad de los aires buenos. La primera vez que oí el nombre mágico de esos árboles, yo tenía cinco años, leía los Cuentos de Celia e imaginaba sus ramas enormes, viejas como el mundo. Soñé las flores de aquellos árboles de un color rosa, rosa claro, como las buganvillas del Palacio de Viana o las petunias de San Basilio, mayo por delante. Se había retrasado este año el nacimiento de la primavera porteña y sólo la presencia de las lloviznas vespertinas daba razón a los refranes.

Los zorzales lloraban en La Recoleta durante toda la madrugada, acaso queriendo enredarse en los trigales de otros campos, acaso queriendo olvidar los grises de un cementerio laberíntico, osado en su aristocracia frente a los espléndidos desayunos de La Biela. Nunca fueron los zorzales pájaros de mal agüero, sí los sisones o los alcaravanes de mi campiña. Sus gritos me rondaban la cabeza avisándome, hechizando el marasmo de la urbe, que se mostraba como la mala suerte del espejo roto. Sobre el borsalino de la cabeza, sentía las cúpulas desperezarse, empequeñecerme en la inmensa 9 de Julio, el río más enorme, el Obelisco más toreado. Las atardecidas vomitaban mercadillos y mates; panfletos electorales y milanesitas; alfonsines; sanmartines; empanaditas de carne; blondas meretrices; bifes y restos de Plazas de Mayo, ya no somos lo que fuimos. En medio del caos no avizoré la posibilidad del gran silencio.
En las sienes, desde que aterricé en la placidez de San Telmo a comienzos de aquel mes, un tango en lunfardo me perseguía entre los espejos de las tiendas de antigüedades. El pasado dormía en los vidrios, las lamparitas art-decó cabeceaban apagadas, el espectro de las manos de Guevara se postulaba por seis tristes pesos, diez si adquiría algún cabello teñido de Eva. Pasé varios días en una librería de viejo llamada El Rufián Melancólico, con un subtítulo amenazante “Libros, Revistas Fantasmas”. De fondo, Morente cantaba “Quiero al Sur, su buena gente, su dignidad, siento el Sur, como tu cuerpo en la intimidad”. Una voz que era un presagio que tampoco supe leer.
Mis pies, mi libertad me habían arrastrado al fin del mundo, a la dulzura de unas tierras hermosas, eternas, amadas antes que conocidas. No había entendido el llamado, la urgencia de otros lugares, de otros sures que, en aquel octubre, eran nortes. El grito agónico del romero y la acequia; de las cigüeñas y las zalonas; las berlingas de Santa Marina y el aroma a niñez de la juncia, verde orujo, verde muerte, no fueron comprendidos a tiempo.

Me dijeron –era tarde dulce en La Boca- que andaba tu cuerpo coronado de arcos de herradura, lanzas al aire, dolorido, las Parcas en jaque sobre tu capitel de avispero. Contaron que pintabas las sábanas con números primos y dibujabas castillos inmensos de logaritmos, crucigramas sobre Pitágoras, eurekas e infinitos agujeros negros. Sólo los que te conocíamos nos avezábamos en tu escritura, jeroglífica, dulcemente tierna, incomprensible como tu alma de Gran Capitán. En vez de las bandejas de plástico con la naranja seca (esos bodegones atroces de los hospitales), yo te hubiera puesto para jugar con tu ábaco la mesa lacada, aquella tan blanca que yo pinté con mi nombre, un nombre de adolescente pequeña y asustada.
Sobre la camilla, me figuro, andarían las noticias de los diarios, los sonajeros de los nietos y el ring de los políticos a los que siempre quemaste la cabecita con las cenizas de la pipa. Tú, que usabas los Bics que yo luego mordía, rellenarías todos los crucigramas y el del Times se te presentaría a media noche, te arrancaría el camisón estúpido del sanatorio y te desafiaría a ganarle con un solo tiro, en un duelo de lo único que tú has sido, un caballero.
Yo me volvería niña de quince años para soñar con destinos y camas revueltas, mientras me explicabas a Hipócrates y los teoremas de la vida que no son sino la dignidad de las espaldas curvadas, el sabor de la tinta sobre los papeles reciclados y los sábados de dominó. Y el gusto amargo de un Montecristo, claro.

Hace años tú me levantaste las alas que me transportaron en octubre hasta aquel lugar de vientos antárticos y Casas Rosadas. Entonces, a los dieciocho, me conminaste a montar en la efigie del caballo para saltar por el tablero del mundo. Y yo sentí que todo era posible, que los pasaportes nunca se acababan pero que retornaban siempre a la sabiduría del casino del pueblo, desde donde ya andas eternizando las horas, volviendo blancas todas las casillas disputadas.
En aquella librería de un barrio austral –tan lejos, tan cerca- te despediste de mí a la misma hora en que dábamos clase, año tras año, creciendo en centímetros mientras tú fuiste mi maestro de vida. A mí se me paró el reloj, los zorzales enmudecieron y los jacarandá explosionaron para rendirte homenaje. Yo te querría al lado de una chimenea barroca, repujado el sillón, repujado tú tras un whisky de malta, de muchos años, como tus sabidurías y tus caminos.
Aquella noche de octubre, me deslicé como un fantasma por las calles de Buenos Aires mientras el alma volaba rápido sobre los mares, caminito de la campiña, sorteando espíritus, que también los espectros tienen derecho al vuelo. Al llegar, te llené un cuaderno de matrices enormes, de tinta china, color cardenillo, tejido con hebras de mate y restos de un tango muy hermoso que adivinaba el parpadeo de las luces que, a lo lejos, iban marcando mi retorno.

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