Llegó a mis manos a través de una crítica literaria, supongo que buena.

Hay algo que me atrae poderosamente en una novela policíaca: que la protagonice una mujer. Excepto algunas concesiones al detestable Poirot, al misógino Holmes (mucho más excitante Moriarty), han sido mujeres como la forense Kay Scarpetta o Miss Marple y su cursilería inglesa las que han hecho mella en mí a la hora de elegir una novela. Creo que comencé a leer a Elizabeth George no por su extraordinaria descripción de la vida inglesa, de los entresijos de Scotland Yard o la redondez de sus personajes, sino por la presencia en sus obras de tres mujeres tremendas, inclasificables y sumamente atractivas: Lady Helen Clyde, la sargento Bárbara Havers y Deborah Saint James, particular y estrambótico harén del atildado Tom Lynley; en teoría, el verdadero protagonista de los libros de George.

Me lancé hace ahora un año al mundo de la francoestadounidense Fred Vargas no por la personalidad de su Adamsberg, sino por el descubrimiento de su amante Camille y su teniente Violette Rettancourt, una mujer de rompe y rasga, dulce y visceral, capaz de amadrinar a un gatito llamado Bola y de convertir su energía en pura fuerza mental. Aparte, debería hacer una reseña sobre los Tres Evangelistas, creados por la Vargas. Pero eso es harina de otro costal.

Empecé a bucear en las páginas de la trilogía Millennium I (Los hombres que no amaban a las mujeres), obra del fallecido escritor y periodista sueco Stieg Larsson, por la aparición de una mujer totalmente imprevisible, un personaje fresco y auténtico, una fuerza de la Naturaleza, llamada Lisbeth Salander. 24 años, síndrome de Asperger, hacker, amante de los tatuajes para no olvidar y de los piercings para recordar, inadaptada social, bisexual, gótica, introvertida, salvaje. En definitiva, una delicia. Salander entró en mi vida a mediados de junio -justo en la época del Midsommar sueco y ahí se ha quedado, haciéndome más escéptica, menos ética, fascinándome, vapuleándome y, por supuesto, convirtiéndome en una adepta a sus monosílabos. Mikael Kalle Blomkvist, redactor de la revista Millennium, es su compañero de investigación y, en teoría el personaje principal de la saga que Larsson terminó poco antes de morir, en ese año en que parece que todo lo bueno se fue: 2004.

Mikael Blomkvist tiene unos rasgos similares a los del querido Wallander de las novelas del genial Henning Mankell: divorciado, padre de una hija, atribulado workaholic, dueño de una moral a prueba de bombas, desordenado, impredecible. La diferencia entre los personajes de ambos autores radica en que, mientras Kurt Wallander tiene serias dificultades para encontrar pareja, la promiscuidad del atractivo Blomkvist era conocido por medio Estocolmo. Eso y su particular mènage-a-trois con su editora jefe, la hermosa Erika Ricky Berger, y el marido de ésta.

Millennium es el Carro de Heno de El Bosco: miles de hilos de la actualidad se entrecruzan, teniendo por epicentro la desparición de una chica hace veinticinco años. Alrededor de la búsqueda de Harriet Vanger, Larsson va elaborando un fresco de la actual sociedad sueca. Un fresco dotado de una pátina triste y melancólica donde las proverbiales seguridades y exquisita educación suecas son desteñidas mediante un conglomerado de crímenes, perversiones sexuales, paraísos fiscales, secretos de familia, oscuros pasados y empresarios mafiosos representados por el malvado financiero Hans-Erik Wennerström. Y, rodeando todo esto, la belleza sin mácula de Suecia, sus estaciones, su nieve, sus pequeños pueblos costeros de Norrland, la amabilidad de las gentes, la tranquilidad de Estocolmo, la exquisita gastronomía. Ovillado en 665 páginas, el asesinato ritual y bíblico -acaso lo más tópico- es sólo la excusa para ofrecer al lector los grandes titulares de la actualidad sin salir de la habitación. La globalización, Internet, el narcotráfico, la pedofilia, los abusos sexuales, los paraísos fiscales. Todo ello cabe en el cerebro prodigioso de la anoréxica (sólo de aspecto) Lisbeth, cuyos principios se alejan bastante de lo establecido para acercarse sugestivamente al periodista Blomkvist y embestirlo, desarmarlo y, por supuesto, atraparlo. Los dolores y penitencias de la familia Vanger, sobre la que deberán investigar, son sólo una excusa para que se desarrolle en la isla de Hedeby una de las historias policíacas que más perdurarán en la mente de los que amamos el género negro.
Para llegar a Millennium hay que ponerse una mascarilla de gas. El olor pútrido a cadáver y las esposas del sexo duro abundan en sus páginas. Todo ello a nuestro alcance por 30 euros en Easyjet o por un paseo entre las páginas que un día pergeñó Stieg Larsson.

Los hombres que no amaban a las mujeres. Stieg Larsson

Editorial Destino.

Barcelona, junio de 2008.

665 páginas

Fotografía.Copyright www.visitsweden.com/ Página oficial de Turismo de Suecia
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