Serenade, serenade me

they say I’m dry but I’m just sick

Serenade me

they say I’m cold but I’m just sick

Serenade me

Dover. Devil came to me

Llegué a la encrucijada sin presentirlo.
El día sexto transcurrió bajo las horas que marcaba el aftersun de Nivea, a la sombra de una palmera enana, el sol tostando los hombros. Deseo de huellas de hombres sobre la nuca. Nada nuevo.

El séptimo día del séptimo mes.
Suavemente llegó el comienzo del infierno, sin ser presagiado excepto por el olor insufrible de las alheñas.
Ese día tenía cita con un dentista del Medio Oeste, anestésico de coñac para la muela encarnada.
Fue lo único reseñable en la agenda, resaltado en azul cielo fluorescente.
Durante la mañana había sonado varias veces Travelling Light´ en la radio y My favourite things,de Coltrane.
Trágico saxofón. Ganas de llorar.
La música negra siempre sonaba a cadáver otoñal, cuando los muertos son más llorados.

Fue julio como podía ser diciembre, meses de luminarias.
El despertar de la siesta me descubrió los primeros sudores del verano, algunas manchas en las braguitas, la radio susurrando un índice bursátil, casi seductor a la media tarde.
Me desperecé y entonces lo noté, enredado en el cabello.
¿Había dormido conmigo esos diecisiete años?
El aguijón asesinó mi adolescencia a las 17.30.
Nadie lo supo, el New York Times hablaba de un escándalo sexual; el mundo entero se regocijaba en los flujos ajenos mientras el escorpión clavaba su triunfo en mi cerebro.

Desde entonces, nada es igual.
El veneno empezó a consumirme y se aloja en las venas a media pensión.
Me libera por las mañanas, mientras nado a croll otro verano.
Paso las tardes buscando antídotos.
Y así once julios.
Desde entonces vivo en el octavo día, aquél en que Dios rió satisfecho.

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