Este cuadro era ella y ella era la Madre.

Rezuma veranos, mármoles blancos, Once upon a time, algunas derivadas, noche silentes, arroz caldoso y un biberón de brazos de mi padre (con pera, plátano, galleta).

Mecedoras con dibujos de Tintín, Haddock y Milú, caminito der Congo belga, señores. Pollo asado con patatas finitas, bien regado de gaseosa de naranja. De vez en cuando, el abuelo se arrancaba por Antonio Molina, hace mucho ya.

Llegaba de la peluquería, de echarse el flí y estaba guapa a lo María Antonieta. Mientras, yo leía la vida de la Emperatriz Isabel de Austria allá arriba, en mi camarilla, sudandito mientras oía charlar a las vecinas. Tuve varios años de querer llamar Valeria a mi hija.

El sonido del ventilador, las sábanas de hilo. Los últimos años, los ronquidos de Miguelito, la voz de gallina clueca de Paquita. La estridente de Trini, Jacinta vagueando por las aceras, tan limpias desde las ocho de la mañana. Paquita la costurera, qué poquito cosía. Anita, la de la farmacia. Alfonsa, la siempresoltera.

¿Qué comemos mañana? Qué más daba, todo jugoso, dulce en su punto, mimado. Melones riquísimos, melocotones rezumando savia. El parte de la Primera por detrás, soltando carreteras. Luego, la novela, que quitaba las siestas algunos años.

A las ocho, a coger cabezuelas al jazmín, qué ricura el olor de la dama de noche, a la madrugada, veladita por las salamanquesas. Frescor del agua que se escapaba del grifo del corral. Allí me conté cien veces las pecas.

Me arreglaba por las tardes, aquellas tardes larguísimas oyendo los casettes de María, Baila, Baila, Bailarina. Algo de trigonometría. Las noches evocando historias con apodos. Alguien llamado el Coca-colo. Y el abuelo músico, violinista.

Mi padre pintando en el patio, con azulejos de Menzaque de fondo. La primera menstruación, también en ese patio. La última despedida a la Babita Catalina, en ese patio. Lo sueños de amores, en ese patio. La vida por delante en el verano de mis dieciocho, deseando ser besada, deseando curar a niños de algún lugar de Dakar. Cuántas operaciones no habré hecho yo mirando esas estrellas. Qué guapa es mi niña.

Las manos peinaban el cabello con un peine finísimo y desportillado de cuando mi padre hizo la mili. Manos frescas, dulcísimas, que abanicaban mi cuello. Yo prometo hacerlo en el futuro con una nieta. Entraba el abuelo Poncho con la limosnita para el macuco mío, siempre administrado por otros. Aquellas bolsas enormes de chucherías y los ruidos de la Feria de Agosto que llegaban a mi cama, mejor que estar en ella. Vestidas de blanco para cuando la Virgen pasara. Qué cinturita, piernas tan largas, eterna la toilette en el cuarto de baño azul. Nunca veía al amado Pedro. Y ahora no importa, amando como soñé una vez amar.

Yo tenía diecisiete años y una Madre. Verano del 95, cuánta felicidad. Qué hermosa eras-eres. Qué sonrisa la tuya. Cuándo volveremos a vernos bajo el cielo andaluz y la calma vuelva para siempre a mi vida.
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