La voz se oía cada vez con menos fuerza y Emma agradeció el progresivo silencio que avanzaba por el pasillo, camino de sus pies. La penumbra le rodeaba y el gato chino seguía saludando con el brazo en alto, algo fascista, algo burlesco.
La voz se calló y Emma se tendió en el sofá, se tapó con la manta nórdica y se dejó llevar por una especie de música interior. Una nana, algo espaciado, algo tontorrón que la adormecía. Cuando cerraba los ojos se veía a sí misma en aquel parque, de pequeña, moviendo la arena con las manos una y otra vez. Sonrió pícaramente y en su imaginación dibujó el nombre de Emma sobre la arena. Lo borró una y otra vez, una y otra vez. Escribía Ema, enma, Mae, Amme, todas las variedades y las borraba, una y otra vez. Alguien le preguntaba cómo se llamaba y ella decía orgullosa: Emma, como mi mamá. Ese pensamiento le provocaba ahora sudores fríos. Tantas emes para rellenar una infancia. A sus amigas del colegio les fascinaba su nombre y ella repetía una y otra vez: Mi mamá también se llama Emma. Es un nombre italiano que sólo se usa en Roma. Se daba cuenta de la descomunal mentira, pero los ojos de sorpresa de sus amigas podían más que la verdad. Y la verdad era que ella no sabía nada acerca de aquel nombre y que su apellido materno era bastante español y bastante común.
Emma hubiera preferido tener algún nombre exótico, algo parecido a Christa, el de su compañera de pupitre, aquella niña a la que permitían llevar el pelo largo y que se daba el lujo de intercalar una h en medio del apelativo. Y luego aquel apellido alemán. Christa. Emma, sobre el cuaderno de clase, escribía aquel nombre sonoro una y otra vez, como si fuera suyo. Christa. Christa Weissman. Al parecer no era lo mismo escribir Weissman, que Weissmann, pero, con todo, era un nombre precioso, regio.

Emma se pasó los dedos por el cabello y lo acarició. Tenía un tacto magnífico, suave. Ahora ella tenía el pelo largo y un flequillo abundante, a la moda. Pronunció en voz baja aquel nombre antiguo: Christa Weissman…Y luego el suyo…Emma Cortés. Breve, directo, poderoso. Me llamo Emma Cortés, así solía presentarse cuando recibía a un grupo nuevo de chicos. Y su cerebro seguía: Emma Cortés Romero. Pero no. Era suficiente el Emma Cortés y la sonrisa amplia para encandilarlos. Después, como en una ceremonia bien ensayada ante el espejo, subía el brazo derecho y se colocaba bien el flequillo, dejando ver el piercing del ombligo. Alguien que tiene una mariposa en el ombligo debe ser buena gente. Ella observaba a los chicos, asombrados por la lisura de su vientre bronceado, por la brevedad de la cintura y la actitud provocadora de los pantalones pitillo con aquellos bolsillos adornados con el signo de lo femenino.
Era lo único que tenía que agradecerle a su madre. Aquel cuerpo firme no venía de un gimnasio, sino de cargar con el cuerpo inerme de la mater, una y otra vez. Movimiento en contra de la aparición de escaras. Ningún gimnasio contemplaba aquel ejercicio entre la programación de los coach.

La voz se había apagado por completo pero Emma se incorporó para escuchar más atentamente. Tan sólo el ruido vago del frigorífico alteraba aquella paz y su cerebro se permitió el lujo de pensar que estaba sola en el mundo. Alguna punzada en el pecho le recordaba que no, que tenía una responsabilidad dormida en el cuarto al fondo del pasillo, pero ella jugó a asesinarla. Necesitaba la paz total. Un simple juego mental, algo inocente. Se veía a sí misma caminar por el pasillo, descalza, con la batita de Hello Kitty abierta, al viento. Casi se podía ver sonreír en medio del sueño. En la oscuridad, miraba su reloj de pulsera, con sus pequeñas esferas que señalaban la hora de Japón, la de Moscú, la de Nueva York, la de Hawaii. Nunca entendió esa pequeña digresión. ¿A quién le importaba la hora de Hawaii? El reloj señalaba las 3.00 p.m. en la capital de España. La Emma imaginaria empujó la puerta y susurró: Mamá, soy Emma. Soy Emma la que puede andar. Emmita, tu niña bonita. ¿No te pareció siempre absurdo esa rima? Se sentó en la cama. Papá me obligó a aprender los versos de Lope de Vega, alguno de Shakespeare, los de Calderón, todos los de Lorca. ¿Y tú? ¿No te parecía ridículo hablarme en una rima estúpida? Tampoco te esforzaste nunca, no diste para más. Pintado por Natura el rostro tienes, de mujer, dueño y dueña de mi amor; y de mujer el corazón sensible, más no mudable como el femenino… Esos versos me los pintó papá en una cartulina el día que cumplí quince años. Pero tú nunca entendiste aquel pequeño guiño, aquel juego…

Tienes fría la espalda, mamá. ¿Te doy aceite? Sí, claro. ¿Sabes? Detesto llenarme las manos de Johnnson´s o como se diga. Detesto el anuncio ése en el que dice que hidrata diez veces más. ¿Más que qué? Ya sé yo que hidrata, todo el día aplicando aceite como una mucama, como una masajista barata. No sé cómo no resbalo cuando bajo la escalera. No sé cómo a mis chicos no les da asco mis manos tan suaves, como las de una serpiente. Pero yo no mudo la piel, maldita sea.

Huelo a vieja, mamá. Lo cual es una tontería porque ni tú ni yo somos viejas. Tú te acurrucaste un día y decidiste serlo, sin consultar a nadie. Y te diste a placer al Betadine, a las gasas, al puré de verduras, a las benzodiacepinas, a los dos litros de agua diarios, a las morfinas… Lo peor es que yo soy joven y sé que no moriré vieja; lo sé. En cambio tú llegarás a los noventa sin mí porque yo claudicaré en el camino o me iré lejos, a alguna isla, como en los libros de Houllebecq. Sabrás tú quién es Houllebecq…
A veces miro el escaparate de la agencia de viajes de abajo. Tantos destinos… Y ahora, a partir de septiembre, tan baratos. Un billete y desapareces de mi vida. Pero ya te encargarías tú de cebarte sobre la conciencia y de aparecer en los sueños en cualquier parte del mundo. Siempre perseguida por tu cuerpo amorfo y tus medicinas. Sentada en algún lugar de Estambul y tú al lado, como si hubieras nacido en Beyoglu y me acompañaras en la visita.
Tal vez, sin embargo, no sea difícil hacerte desaparecer, en silencio, claro que sí. Siempre el silencio de este piso tan grande y tu voz rompiendo la paz, rompiendo mi nombre, alargando sus vocales. No sé lo que es la eternidad, pero creo que habita entre el salón y tu cuarto. La eternidad acompañada de taquicardia, creyendo que te mueres… Y luego sólo es un mal aviso, algo que se te atraganta, los dolores de la espalda. No sé cómo Milena puede sonreír mientras anda por aquí, pendiente de tu voz, de tus silencios, diseñando sus cuadros tan naïf , tan felices… Mi hermana feliz… Tu voz me alcanza hasta el metro, mi refugio…Y llega hasta la parada de Bilbao, allí ya va muriendo y el Enmaaa sólo parece la voz de un fantasma.
Cuánto me gustaría que fueras eso, un espíritu, un ectoplasma… Porque querría decir que has muerto, mami, que luchas por acomodarte entre esta vida y la otra. Seguro que me perseguirías por las noches, pero el día sería para mí y para mi nombre, a solas los dos. Podría salir a beber vino, a pasear por Recoletos con mi perro nuevo, haría el amor con algún extranjero de la plaza de Santa Ana, tendría tiempo para mis chicos y no les gritaría a destiempo como lo hago ahora. Y por las noches… Bailaría en Ecco las madrugadas del sábado y me iría al Café Central a desguazar las resacas… A lo mejor, incluso, conocería a alguien y, con el tiempo, tendríamos un hijo… Pero nunca le diría que hace tiempo podía haber parido uno… Que ahora tendría cuatro años… Un niño en este piso… Sería condenarlo a tus pestes, a tus voces… Mi niño de abril, habría nacido en Pascua… ¿Sabes? Cuando se ha tenido un bebé en el útero queda huella… aunque el niño haya desaparecido. Qué eufemismo… desaparecido… Los ginecólogos lo saben y se callan cuando voy a hacerme las revisiones. Nunca sabré qué fue de mi niño. ¿Qué hacen con los bebés de los abortos? ¿Los queman? ¿Estoy respirando las cenizas de mi niño? Dios… Te veo y me recuerdas a él. Tú eres porque él no fue, mataste a tu nieto, como en esas tragedias griegas. Tal vez, de haber nacido, lo hubieses matado con tus voces y odiaría, como yo odio, el nombre de su madre, de tanto oírlo, de tanto repetirlo en las noches… Y odiaría el eco, a diferencia de los otros niños porque el eco de tu voz lo perseguiría, como me persigue a mí…

Y todo sería tan fácil como ponerte la mano en la boca, pasarme con la morfina… El forense sólo diría que tu cuerpo no aguantó, que era frágil y quebradizo, que la artrosis te había menguado las defensas, que era un desenlace esperado… Y yo contemplaría feliz tu tumba, Emma Romero Ríos, viuda de Cortés (1942-2007) y esas siglas romanas, R.I.P., que descanse en paz… Y deje descansar. Qué alegría de crisantemos sobre tu tumba, nada de flores artificiales. Milena las renovaría cada mes, ella haría eso por mí… Y te limpiaría la losa todos los noviembres con su sonrisa constante en la boca… Y pasarías a ser un número más en San Isidro, allí revuelta con los espectros de miles de desconocidos, tus huesos en la orgía de la marabunta, no sé si los osarios reducen el término “descanse en paz”… Verte, acaso, en un columbario, tan romano, porque ¿dónde voy a depositar unas cenizas que vengan de tu cuerpo? Tú odias el mar, y lo romántico de la muerte, y las bahías y esos sitios donde la gente deja a sus muertos. Tal vez, debiera enterrarte aquí, emparedarte en esta habitación para que no te movieras de su sitio favorito… Para poder contemplar lo que es una familia normal… Verías a los nuevos inquilinos del piso hacer el amor en esta misma cama y te morirías de envidia. A lo mejor te fastidiaría tanto que seguirías pronunciando mi nombre por las noches y ellos odiarían el nombre de Emma. Otros que lo odian… Pero no. Qué estupidez. Hasta el fin haré tu santa voluntad y te enterraré con los honores de los viejos y tendrás tus misas y tu esquela en el ABC… Milena y yo quemaríamos luego todo: las sábanas, los medicamentos, el alcohol de romero, la bicicleta para los ejercicios, el maldito termómetro, los supositorios, los pijamas, esas bragas de algodón, tus cremas hidratantes… Una gran hoguera, nada de echarlo a la basura y que te reproduzcas en algún sitio. Yo volvería a encontrar la paz en las pequeñas cosas… Que los favorecidos por los astros, de honores y de títulos se ufanen; yo, que la suerte priva de esos triunfos, hallo mi dicha en lo que más venero… También eran versos de papá o de Shakespeare… Aunque eso pertenece al mundo de los vivos y tú estás ya muerta. Tú y tu voz.Emma se incorporó y dejó caer unas cuántas lágrimas al suelo. Unos sollozos de angustia, profundos, catárticos llenaron el eco del salón. El gato negro de Rodolphe Salis se agrandaba y se achicaba al ritmo de su respiración, medio emborronado en la vieja camiseta que su amante Federico le regaló la última vez que vivió en París.
Emma se pasó la mano por el pecho y cogió un Camel. Miró la cajetilla y se rió ante la incongruencia. En letras grandes: Fumar provoca cáncer mortal de pulmón. Y arriba, en letra pequeñas, Camel, with its Premium blend, provides genuine smoking pleasure. Siempre hay que elegir en esta vida, pensó sonriendo. Ya tengo un cáncer que se llama igual que yo… Probaremos el genuino placer…

La costumbre la levantó del sofá y la llevó por el pasillo hasta la habitación del fondo. Entraba frío por la ventana. Las noches ya no son iguales. Detesto este estado intermedio, nunca acaba de llegar el invierno. Cerró los postigos y miró el despertador de la mesilla. No solía hacerlo. Le angustiaban las horas nocturnas, el poco tiempo que le quedaba hasta las siete, hasta la ducha de la mañana. Menos mal que hoy es viernes. El reloj le concretó el pensamiento: 27.09.07 en parpadeo continuo. 3.32 p.m.

Emma se recogió el cabello en una coleta alta y se cerró la bata. Dio dos caladas al cigarrillo y sumó las cifras que conformaban la fecha del día. 25, como el día de mi cumpleaños.
Cuando apagó el cigarrillo, Emma notó algo raro. La boca de su madre exhalaba pequeños suspiros, cada vez con menos fuerza. Como las almejas al abrirse, pensó. Emma acercó su cara a la nariz de la madre. Ésta dio un ronquido que echó hacia atrás la cabeza de la hija. Fue un sonido fuerte, abrupto, descarnado. De pronto, abrió los ojos, desmesuradamente. Emma se asustó y se levantó de un salto, gritando.

Después, el silencio y las córneas espantadas de Emma madre. La hija se tapó la boca con la mano.
¡¡Dios Mío, la he matado!!

Algún pájaro trinó por el oeste y una brisa tonta abrió los postigos de la única ventana. Enma, con un escalofrío recorriéndole el cuerpo, se asomó a la noche, encendió un cigarrillo -un Ducados, esta vez- y sonrió muy despacio.

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