Los hombres del tiempo calculando las cabañuelas y ellos como siempre, las hienas, avizorando el escondite del esperpento. Oteando el horizonte, dónde están escondidas las crónicas y sus miserias.
A los teletipos de las agencias sólo les llega el altius, citius, fortius, allá los grandes hombres celebrando sus sudores, sus victorias sobre la miseria de los caminos jamaicanos, mostrando la musculatura por encima de las heridas y las cicatrices de los pasados años. Dioses ennoblecidos, culto a la juventud, a los cuerpos bellísimos; la vejez, otrora sabiduría, hoy postergación y silencio. Qué triste es el silencio después de las miles de palmas al compás, coreando un nombre.

Al Este, en el Caúcaso, el imperio vuelve a hacerse visible, el imperio admitido, el que se sigue manteniendo a pesar de los Telones de Acero caídos, de las buenasnuevas a la demos (?) cracia allende los países satélites. El que sigue gobernando el antiguo hombre del KGB que sustituye los tristes hornillos de gas de aquellas Budapest-Bucarest-Sofía-Praga-Varsovia por Gazprom, tótem y padrecito de todas las Rusias. Muere Nicolás (ahora llamado a ser mártir), cae Putin, sube Medvédev, marioneta.
Si el 2006 fue la guerra oriental -qué dolor esos racimos de bombas sobre la Cornise de Beirut-, instauremos en agosto la guerra de Osetia, cifras bailando (los muertos pobres siempre bailan; los ricos son concretos), la misma anciana con el pañuelo azul en la carreta. La misma que huía en los Sudetes, en la Francia de Vichy, en la Sudáfrica de los boers, en el Congo de Kabila. Qué comunes son las arrugas de estos mis viejos de la TDT, de la Reuters, todos alienados en la misma condicion de huérfanos improvisados, de modernos residentes en el infierno, de violados cómplices de la miseria. La miseria humana se esconde tras los ojos de la anciana, mientras alguien le promete un millón de dólares a un chico de Baltimore, Maryland, U.S.A. por nadar, por nadar vestido de pez espada. Mortajas para los osetios, bañadores para los bien dotados.

Al ritmo de la llama olímpica, las hienas buscan más sudores que los de un Madrid melancólico que languidece otro agosto en sus terrazas. Y, de pronto, sacan los colmillos, pulsan el play de la cámara y soban los teletipos piano piano, como canta la belga Ryan, que no sabe que la canción del verano se llama Ella por la Fizgerald, la que nos susurraba Summertime. A las 18.00 horas del 20-8, empezó el conteo. Sólo humo, humo de la T-2, cenizas, un ala queriendo partir, números malditos los elegidos en Internet, 14:45, hora de mal agüero cuando el cielo se oscureció y la columna competía en altura con las Kío. Otra vez Madrid. De lejos, las sirenas rasgando el aire, el dolor como un presentimiento, de nuevo los hospitales, Ifema. Con eso bastaba. No había necesidad de saber nada más. Sus nombres, su procedencia, acaso.

Y, sin embargo, ay dolor, saltaron al campo y lo arrasaron, búsqueda inquieta y voraz de la sangre, la violación de las éticas, los códigos. Los muertos, esparcidos en la primera plana, a eso lo llaman información. Sus cuerpos se moldeaban bajo el calor de agosto, volando en titulares, especificaciones, detalles, historias personales, retratos íntimos de cada uno, culpas, tribulaciones, qué más daba el porqué, importa el nivel de la herida, de la cicatriz incurable de los familiares, atribulados, traspasadas las madres por un dolor mil veces expuesto.

No he comprado los periódicos estos días, no he visto a esos niños muertos que, me dicen, aparecen en los programas del corazón, en los cuatro o cinco o seis directos que meten la grabadora en los ataúdes, más madera, caoba renegrido en las iglesias de medio país.

Periodismo de prime time, reconstrucción de la noticia (dicen), el New Journalism de Tom Wolfe, el método Gonzo; de protagonista, el reportero. Bustos parlantes, con su decentísimo brazalete y el estúpido lacito que engloba principios, sueños y solidaridades, palabra que debería borrarse, de tanto uso, de tanto muerto agraviado. Maquillados y profesionales entran en las vísceras de los fallecidos, en sus penurias, sus alegrías, sus DNI, sus mundos estrictamente privados que empiezan en la piel, frontera de esas hienas con las que comparto profesión.

Cuando los viajeros descasen, los cuerpos rotos de miedo hallen la calma, los canarios dulces vuelvan a divisar el Teide blanco, las hienas volarán a por otras putrefacciones, otras ancianas azules. Correrán -prestos- a comerse -quizá- su propia carroña, su vómito, su imparable descenso a otros infiernos que no son los del vuelo JK5022.

Descansen (y los dejen descansar) en paz.
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