Oía a los gusanos escarbar en su cuerpo. O acaso en el mío.
Ese ruidito como de cabello de ángel en diente de vieja.
Nada nuevo. Como cada noche. Un ruido de siete caras, dado amorfo, puerta de una cómoda de anticuario.

Mis pies rozaban el final de la colcha y, arrugados, se estremecían. Crujía el esmalte de la suñas y se partía en mosaicos. Cada tesela acompañaba a los temblores del miedo, a la tensión, a una respiración que no era la mía.

Me toqué el vientre con suavidad y me tranquilizó su vaivén, un chill out de crema hidratante y vello rubio en los descensos hacia los costados. Restos del verano, qué lejano estaba agosto y los hombros llenos de pecas en Mundaka.

Volé del mar a sus gusanos. A su cuerpo. Una especie de balón Nivea inmenso, recubierto de las costras duras de la sangre que quedó fisgando el aire. Coagulación a ritmo lento que deja los mullones como cuadros de Miró: manchas rojas, fondo negro, imperfecta la línea del serrucho sobre la piel.

Apenas le quedarían fuerzas. Era lo que me repetía una y otra vez, cada noche, cada escalera que subía. No puede más porque yo no puedo más. Y si yo dejo de existir, ¿qué significado tiene su vida? Las cartas sobre la mesa: la muerte a cambio de un mar de gusanos y una risilla pérfida.

La columna vertebral se quebraba en dos, yo ataba las piernas con los brazos y descansaba los riñones en la almohada de lana. Morir en el campo, en medio de un mar de olivos gigantes, atada a uno de ellos. Que yo siempre detesté a los pájaros de aceituna, los silbos de los alcaravanes, los restos de huellas en las callejas de la tierra. Todo el mundo que nace en tierra labrada sabe de estas cosas. Yo no. Yo sólo sé del escalofrío de sudor debajo de los jerséis; del café de pocillo, de repente, helado; de las tibias que los guardeses encontraron, la una en paralelo a la otra, en el arroyo Jondo.

Acaso he escuchado unos golpes de hacha en medio de la siesta. El ulular nocturno, los murciélagos que son vencejos o los vencejos que son murciélagos. No es tiempo de estas aves. Pero aquí nada hiberna. Todo sigue vivo, latiendo inmensamente, un eco de altavoz por el olivar.

Sentí la sangre en los labios. Me estaba mordiendo el de abajo, sin darme cuenta. Las muelas temblando y las uñas claveteando los muslos.

Su cuerpo se arrastraba lánguidamente como un lamento tristísimo. Pero ella seguía con su risa, cada vez más honda, como si el corazón le tocara palmas.
Me aterrorizaba que explotara en carcajada porque, entonces, habría firmado mi sentencia de muerte. No podría vivir el resto de mis días con aquel sonido en la memoria. La mujer sin brazos ni piernas habría llegado hasta mi cuarto y se habría despojado de toda vestimenta, mostrándome los ríos sanguinolentos que corrían por sus pechos, el sexo desasistido, los colmillos reluciendo, los ojos enormes avizorando mis quejas. Nadie hablaría porque no habría piedad. El monstruo me miraría y se movería entre espasmos hacia la silla de ruedas. Se oiría como cada noche un llanto de recién nacido y entonces la mujer iniciaría su ronda de ayes, traspasados, llamando al níño también mutilado.

Oía a los gusanos, frenéticos, llamando a la puerta del último escalón y oí a mis pies saltar sobre la madera, arrastrar las colchas, prender el quinqué, tirar todos los libros sobre la guerra contra la pared, romper las viejas fotografías, el póster de Korda, los documentos sobre la aviación en los años treinta, cortar los fotogramas de cada uno de mis tres documentales, la joven realizadora transmutada en pura psicosis.

Nadie en el olivar, excepto la helada. Frente frío en toda la Península, decía la tele y yo me alegré de la nieve y sus blancuras. Ahora mi aliento sabía a glaciar y mi cuerpo se encogía a cada mordisco de los gusanos sobre la carne recién hecha de la necrosis.

Recé las Avemarías contra el demonio, las que me enseñó la abuela.

La mujer sin brazos ni piernas llegó a la puerta. Silencio de gusanos, su pelo larguísimo echado hacia atrás, como un alisado japonés. Era su única belleza. Ese brillo en el cabello y las largas pestañas que había heredado el hijo.
Había llegado a mi puerta como cada noche, la había golpeado con su torso, enrabietado, como un toro contra el burladero, con la angustia de quien ha perdido todo. ¡Qué daño le harían esos batacazos, ese llegar de la ola de pánico contra la madera! Y, sin embargo, seguía, una y otra vez, las risas juntas de la mujer-madre y sus gusanos.

Tras la última embestida, el silencio. Y yo aguardaría a la eternidad metida en aquel cuarto, esperando a una muerta, recogiendo sus huesos tras la pasada del tractor. Otro hueso, señorita. Y, sobre la mesa de edición, los radios, un cúbito, algún menisco. Huesos grandes, de mujer adulta y sana. Huesos pequeños, que fueron cartílagos, de niño de pecho. Así cada día.

Me volví hacia la ventana y saqué del cajón la navajita de monte que alguien me regaló junto a un llavero. Un seguro para morir bien, me dijo. No recuerdo su nombre, pero es un buen amigo aquél que te ayuda a irse bien, con retruécano de yugular. Afuera reinaba la calma y yo miré el verde de mi camposanto…

La mujer sin pies ni brazos volvió a bajar por su escalera. Le dolía hasta el alma de aquellos miembros perdidos, las astillas de los huesos perdidos formando arabescos sobre las paredes. Vio salir el hilillo de sangre por debajo de la puerta y recompuso el torso mal hecho. Nana niño mío, duérmete mi sol, que el pueblo judío ya se redimió. Nana niño mío, duérmete a mi son., la vieja canción murmurada entre dientes.

Al llegar al olivar volvió la vista atrás, sintió la tierra fértil sobre su pelvis y susurró, satisfecha: Una más.

Fotografía: Portrait with scorpion (Open Eyes). Marina Abramovic. París, 1930

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