Para mi padre: árabe y agricultor; senequista y humanista; siempre cristiano viejo.
Sabemos todos que el secreto de la atracción o del desvío entre las cosas creadas está en la afinidad o repulsión que hay entre ellas, porque cada cosa busca siempre a su semejante, lo afín sólo en su afín sosiega, y esta comunidad de especie ejerce una acción que los sentidos perciben y una influencia que salta a la vista.
(IBN HAZAM. El collar de la paloma)
Cuando crees que todas las almas que te debían aprehender en este mundo ya han sido conocidas, aparece Marrakech. Antes fueron la Alhambra, Al-Aqsa, la de Sousse, la de el Sultán Hasán de El Cairo, el Sha (Isphasán) o la Mezquita Azul de Istambul. Y, por supuesto, la que “dio ornato a Occidente”, la Mezquita de Córdoba, perdida la mirada entre el bosque de columnas, algunas tan viejas como el mundo. Me contaba mi padre de niña aquello de que”la gente las confunde: la cúpula de venera es la que corresponde al mihrab; la de nervios a la maxura. Y esas palabras eran la felicidad. Vocablos bereberes entre iglesia católica, adivinándose los restos de una antiquísima basílica de San Vicente entre los capiteles de Alhakén II, elegantísimos, perfectos. El agua, la luz y el vergel, tríada de un pueblo exquisito, de mujeres ocultas tras el chador, los caftanes o la suavidad del hiyab. Leyendas sobre la ferocidad de las dinastías sirias, que asesinaban a los mártires cristianos con el Guadalquivir de testigo. Los cuentos de Sherezade junto a la cama, leídos cada noche y precintados sus protagonistas entre los viejos muros del harén de la favorita.

Y cuando uno cree que ya tiene fijados los enamoramientos, los afiches con las querencias de las ciudades favoritas, aparece Marrakech y su mal de la belleza.

Marrakech es canela y almagra…Qué le voy a hacer yo, por tanto…Si no sentirme árabe ante semejantes colores de campiña y olivos…

Marrakech: caos y silencio, la dualidad perfecta. No se puede vivir en la extasía permanente de Jemaâ el-Fna -polvo, desierto, arco iris, rostros, rostros, chilabas, babuchas, narguiles, tabaco de vainilla- sin desear la quietud del patio árabe (¿o andaluz?). No se puede gozar de las lecturas de Elías Canetti acompañadas de la infaltable pastisserie maroccain sin necesitar -imperiosamente- estar en la explanada de la Kutubiya oyendo el rezo enérgico y dulcísimo del muecín sobre la llanura de Gueliz. La única concesión que hace Marrakech a la fealdad es el polvo, que inunda pulmones y sacude las venas, ahuyentándoles toda occidentalidad.

Mis ojos tardaron dos días en acostumbrarse a la duplicidad marroquí. Al calor extremo al mediodía bajo los techos de estera de los zocos de los gremios; a la frialdad de nieve que acaricia en las altas torres vigía del Palacio de El Badii; a la riqueza del oro engarzado en los dedos de vendedoras y dueñas de riad frente a la austeridad casi senequista de las mujeres del Quartier Berrima.

Marrakech tiene los ojos negros y el pelo teñido de henna, khöl sobre los párpados y las curvas del cuerpo tatuadas de versos antiguos. Lo endrino de los cabellos, oculto para seducir con más ganas, reposadas las vidas de la esposa y la novia, mientras el hombre vende cualquier cosa que existe con el poder de hablar todos los dialectos del mundo.

A cada segundo del día, Marrakech cambia y las horas se van desplegando con preciosismo sobre la plaza más viva, Jemaá el-Fna. Un té de menta con una pastilla en el Café Alhambra, en el Acqua, en el Árabe, en el Francés… a cambio de una pizarra donde se enseña al extranjero lo que es la vida: una forma de comerciar. Bajo los calefactores invernales, con la única luz de una vela de zajil y la compañía del Moleskine, la plaza se va transformando, hilando su cuento, poblado éste de morabitos, vendedores de naranjas, faroles forjados, algún flash, viejas tatuadoras, rosquillas de miel asaeteadas por mil abejas, ojos de piedad que alza algún mutilado o una viuda, soldados de varias guerras, manos de Fátima, contadores de leyendas, juglares y, sobre todo, olor a especias y ruido de Vespas y calesas verdes. Todo lo que existe en el mundo vive en este caos, suspendido sobre una ciudad que se regatea a sí misma la belleza, a fin de que los extranjeros no volvamos, mientras escupe sobre la tierra gastada e infértil.

Cuando se vuelve al riad a la atardecida, por las callejuelas silenciosas, casi conventuales, de las que se conoce el principio pero no el fin, el oído anhela surtidores y almohadones blancos, agua fresca sobre la nuca y roce de pies sobre el mármol. La cabeza descansa sobre los cojines y se busca el sueño. Sin embargo, los pies no tardan en despertarse, buscando en medio de la madrugada el camino de vuelta a Jemaá-el-Fna, el exceso de la ciudad canela.

Fotografía: Rasec. Copyright de Ojodigital.com

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