Viven en los márgenes del tiempo, entre los Cines Paz y los Roxy.
Allí, él toca el acordeón, lo santifica, lo masajea con laurel para que sepa a teatro, a orquesta, a aplauso.
Suena al paso de las mañanas, en las horas quedas de la tarde, arrulla a los vecinos que duermen las siesta en la mecedora.

Ella se pinta los ojos a lo Brigitte Bardot, moño estirado de color indefinido y labios muy rojos, para besarlo toda la noche, una vez que Volver signifique una cama, más que un tango. Pensión en Lavapiés donde el alquiler se cobra en Garota de Ipanema en lugar de euros.
Ella no habla, con la tímida gorrita entre las manos. Gracias, y se le pierde el acento andaluz entre los dientes, amarillos del único vicio.

La hija los observa durante el día, hora tras hora. Alguien sugirió llevarla a un centro psiquiátrico. La dueña de la pensión lo escaldó con agua hirviendo y ellos llenaron de mantillo rojo el camino por el que huyó el asistente social, para que no volviera a asistirlos.
Así que Marina se sienta cada día en el banco de la calle Fuencarral con su cola de caballo y sus pasadores blancos de niña de quince. Pasea su nariz por los escaparates aledaños y se conoce los catálogos de Berska de memoria. Se imagina en vaqueros y camisetas con la imagen de Barbie, con Converse rojas, grandes aros en las orejas y decenas de pulseras tintineando en sus brazos.
Contempla su chándal azul, las Adidas de otra época y sonríe feliz, de ese modo suave que ha heredado de la madre.
Los miércoles se compra el In touch y los textos se convierten en cuentos que luego su madre le lee por las noches. Ella conoce a la Jolie y a la Winehouse y le encantan los zapatos de tacón. Entonces, acaricia unos que encontró en la basura, rojo charol, con pulserita. Por su cumpleaños, les puso tapas nuevas y los guardó -como un oso de peluche- cerca de la almohada.
Marina sueña mucho y habla mientras duerme. Dice su madre que eso le pasa porque fue concebida entre dos cines y tiene alma de actriz. Y la niña vuelve al In Touch y le pregunta a su madre por la vida de Natalie Portman, que es su actriz favorita. Le sorprende que sea un estrella y que ayude a los demás y haya estudiado en una universidad muy famosa. La foto de Natalia vestida de rosa en los Oscar está claveteada encima de la cama, junto a una de Joaquim Phoenix, de emperador romano. Marina esconde su amor por el actor de ojos verdes y ella se imagina sobre su cabeza la corona de laureles, que tan bien huelen. Porque Joaquim Phoenix tiene que oler a laurel y tener la piel suave como la de su madre y tostada como la del padre y debe saberse de memoria Corrientes 348.

Muchas veces, la Policía, algunos mendigos, unas cuantas prostitutas han querido cambiarlos de acera. Él se ha aferrado tan fuerte al acordeón y ellas le han rodeado en un abrazo tan grande que nadie los ha conseguido mover.
No saben el porqué del empecinamiento de la familia del músico en vivir en ese trozo de calle.

Y es que ninguno puede entender que lo que significa vivir entre dos cines.
Los tres se saben de memoria las películas de cada año, los actores, hasta algunas frases de los guiones.
Marina se ha reído mucho este invierno con Bienvenidos al Norte, aunque no la entendiera del todo y su madre sufrió mucho con Valkiria y La duda. También disfrutaron con El visitante y Slumg Millionaire, Al final del camino y La sal de este mar, sobre una gente que, como ellos, nunca habían visto el océano.
Se sientan siempre en la fila 5 porque Marina tiene que renovar sus gafas y el dinero del acordeón no da para más. Manuela, la vendedora de tickets, una señora triste y solitaria, les abre la puerta de atrás cada día a las 16.20, en el primer pase. Las dos se cogen de la mano y se ríen a carcajadas cuando piden que apaguen los móviles; ellas que no conocen a nadie para llamar. Tampoco lo necesitan.

A las ocho, él deja de tocar y ellas recogen todo en una bolsa del Rodilla, donde Marina compra los sándwiches envasados. Son caros, pero al acordeonista le gusta mucho el de salami y a la madre el de queso con nueces. La niña se come despacito el de ensaladilla, mientras en el metro regresan a la pensión, parada Tirso de Molina.

Luego, a las diez de la noche, encienden lo que ellos llaman “su tele”… La madre y Marina le cuentan al acordeonista la película que han visto y el hombre, exhausto, sueña, aunque a veces ellas líen los argumentos y a él le duela la cabeza. Su actriz favorita es una francesa, Isabelle Huppert, muy elegante y muy dulce. Dice que se parece a su mujer y ésta se sonroja, mientras Marina acaricia la foto de Natalia.

Desde enero, los tres esperan el estreno de la última de Amenábar, ése que hizo llorar tanto a Marina con Mar adentro. Han leído en la revista que el argumento tiene lugar en una ciudad muy lejana y muy hermosa y en ella hay una dama que parece una emperatriz. Marina le pregunta una y otra vez a la taquillera si va a actuar Joaquim Phoenix en la película y Manuela le dice que no lo sabe, que lo preguntará.

Cada noche, la niña se duerme rodeada de laureles por si el protagonista quisiera salir de la pantalla y decirle algo, por si un día llega a la pensión y le dice que le va a enseñar Hollywood.
Y, entonces, a Marina le da un escalofrío y le entra mucho miedo porque está enamorada del actor pero moja la almohada pensando que alguien la llevaría lejos de Fuencarral, entre el Cine Paz y El Roxy. Y su madre oye como canta bajito Mi Buenos Aires querido, para consolarse de esas dudas, para que los cines sigan existiendo al son de los tangos de su padre.

Fotografía: Yvette Gilbert, Tolulouse-Lautec. Copyright de herederos de Henri de Toulouse-Lautrec.
Copyright de Vidas de cine, dentro del borrador Capitel de avispero, perteneciente a Carmen Garrido Ortiz.

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