Al Dr Boni. In memoriam

Excusadme, mientras beso al cielo.
(Jimi Hendrix)

Era noviembre. Era Madrid.
Ella se colgaba con pinzas de las azoteas para que cayera encima el aguanieve que nunca existió, en la ciudad de la garúa, que algunos llaman lluvia.

Ella se acordaba de Manuel, el loco sabio cordobés, que hacía llover agua en la ciudad donde sólo llovía la calor.
Pero Manuel había vuelto al psiquiátrico y los sucesos destrozaban la cara de la vendedora de chucherías, la que le vendía los altramuces para los patos. La habían rajado desde la barbilla de 101 años hasta los pies entumecidos del trabajo de la ancianidad, eso que llaman artrosis. Sus 206 huesos brincando libres sobre el césped, algunos acogidos bajo la estatua de Romero de Torres. El galgo del pintor se encogió de puro miedo.
Las fresitas, los aros picantes, los gusanitos, el palodú, las pipas saladísimas, los panchitos, las ruedas de regaliz rojo… fueron las pruebas inapelables de la fiscalía.
Dicen que, desde entonces, los policías no pueden quitarse el olor a algodón de azúcar.
El doctor que olía a jabón Lagarto y que escribía fábulas en vez de historiales clínicos también se había ido, arracimadas todas las vértebras sobre la nuca, naciendo la pesadumbre de tanto ver dolores ajenos, imposibles de curar. Él que hubiera querido ser ojeador de los campos para seguir el ciclo de las flores, siemprevivas.
El doctor que olía a paño de hilo, se durmió en una mecedora; allí en su cueva de la sierra. En el entierro se oyeron carcajadas en el ataúd, por fin libre, al ritmo de Veloso.

Así que era noviembre. Y seguía siendo Madrid.
Ella se acariciaba las costillas flotantes, la única parte de su anatomía que soñaba.
Salía al balcón a otear la sierra. ¿Pero qué sierra es ésa sin olivos ni lobos?
Llenó el estudio de polaroids de azaleas y hortensias; cocujadas y abubillas, un universo campestre en medio de Chamberí.
Metió en un farolillo el nombre de sus antepasados y los dejó en la puerta del Palacio de Oriente; ellos se merecían, por fin, la comodidad de las camas reales.
Escribió cinco cartas por cada dedo y las mandó al sur, aparcando abrazos mientras durara el exilio.
Aventó las cenizas del último Gitane que se fumó en su vida y ofreció en el altar los restos malcortados del Todo Mafalda. Desde entonces, sólo ella debería ser la filósofa de su propia vida.

Se sentó en la mecedora de mimbre, cogió la bola del mundo mientras la acariciaba y la música de Aretha Franklin rasgó la madrugada de noviembre.

Y así, con la falda nueva de encaje negro bien ajustada, se sentó a esperar.

Fotografía: La cuerda sensible. Magritte.

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