Al viajero del frío.

Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo hoy todavía plantaría un árbol.
(Martin Luther King)

Antes de esto, las agujas de coser se habían claveteado en cada poro del cuerpo. Así que el bosque de arcos de herradura de la Aljama era yo y yo era la víctima lejana de las campanas cristianas, que tocan a cada cuarto de hora. Qué ganas de matar al Tiempo con piedra al cuello, aunque luego lo hicieran mártir.

Antes de esto, los hilos se enredaban en el revoltijo de las pesadillas que campaban por el King Size de mi cama. Yo soñaba con el azul tuareg, con robar arena del Kalahari, beber café turco bautizando en negro el Paraná, con cantar por soleares blancas en una boutique de Pigalle. A las tres de la mañana, ritualmente, mandaba telegramas al muro de mis Lamentaciones, que me espetaba:
“Ya tengo bastante con los aullidos de las almas en pena, está tu espíritu mal remendado, pero aguantará la tormenta”.

Pandora, mujer de Prometeo, movida por la curiosidad, abrió la caja que contenía todas las virtudes y los defectos de los hombres. Las virtudes quedaron en el Olimpo. Pandora cerró la caja a tiempo y dentro sólo quedó la esperanza.

Esto, el ahora, es el silencio, la calma total. No hay en la cabeza sonajeros de plata ni escafandras que miren al pasado.
Habitamos cuatro en mi cama, siempre un gato de apellido griego; los fines de semana el olor a almendras del aceite de Le Occitane.
A veces, somos cinco o seis: cuando John Banville se presenta con su infinito vocabulario irlandés; cuando Ionesco pide colchón blando y se acuesta a la izquierda.
Luego, hay cientos de folios pintarrajeados de ideas por el dormitorio,
tres postales de Lorca, tríptico bizantino de las Alpujarras;
monedas y sellos,
cuatro anillos marroquíes;
té de canela y salvia,
la ramita de romero,
un reloj del Mercado de las Pulgas y
un mapa de Venecia, por si nos ahoga el asfalto y, de pronto, hay que marcharse.
(Figuraos transportar a Banville y sus manías; el cadáver de Ionesco hecho momia; los maullidos del gato; el acertijo de Bernarda Alba; la quincalla; y el tictac del reloj.
Por eso, nos conocen en las aduanas).

Tú trajiste todo eso. Y el susurro. Y la carcajada en el cine negro, el Transsiberiano y varios cedés de música china.
A la par, bailamos los tangos que yo canto y tú irradias, las seguiriyas de mis tacones, los ayes por soleás.
Y así, toreamos la vida desde el azul de mi túnica tuareg, al fondo las fotos de San Telmo, Buenos Aires. Cada día me afirmo: “Yo los pisé”. Y veo que todo es posible.

Me sacaste cada aguja de la cabeza y con ellas hicimos un tapiz, bien vendido en Jemaá El Fná. Complicada esta tela llena de arabescos, mademoiselle, me dijo el vendedor.
Seguro que la compra un mujer remendada, le contesté. El hombre, árabe viejo, me sonrió.

Y yo sigo descansando en el silencio de la cabina del capitán, los pies dispuestos sobre un viejo capitel, las manos en el regazo, acariciando al gato de apellido griego. Tú, mientras, pintas el barco de copla y llamadas del muecín, esa planta que crece cinco veces al día.

Fotografía: Mesa para dos. Atenas.Copyright Daniel Dimeco.

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