Me esperaron en un semáforo y caí rendida a sus pies.
Ellos convirtieron mi cuerpo en una nave donde la cabeza-proa fue parasitada en forma de tarántula de trayectoria errónea. Así quedó el organismo: torpe, zafio, descarnado, escocido de tanto rascar las picaduras de la inmensa araña.
(Santa María de las Flores, Florencia, en rojo vivo debajo de la mata de cabello negro).

Si alguna vez me gustaron los cuadros de Kandisnky o de los ojos cubistas de Las Señoritas de Avignon, acabé por detestarlos porque me convertí en una de ellas: terriblemente complicada, indistinguible de los rincones donde me guarecía de las lanzas de doble hoja. Cuando los cruzados luchan por tu cabeza, preparas una gran olla para que hiervan una vez muertos y su halo de toscos conversos se lo lleve la brisa de la noche.
(Detesto a esa gente templaria y ávida de sociedades secretas donde, ufanos, enseñan sus Mont Blanc. Mucho más deseable el hummus de mis árabes, sus caravasares a la sombra, donde cualquier forastero puede entrar).

Una vez inoculada y caminando con ocho piernas, los señores templarios te recuestan en sofás de sky, debajo de artesonados que ya vieron tres mil ojos humanos y algunos perros de pedigree y te conminan:

Señorita, abra la puerta de la mente y deje de apretarse las aurículas…
¿Por qué soy una araña cuando yo sólo quería llegar al videoclub a alquilar la Boda de Rachel?
Ah, porque es usted desprevenida y volátil y la mente se le va en los pasos de cebra. Eso es culpa de su bisabuelo violinista, el abuelo cantaor, la tatarabuela de la cabeza cortada, ese padre siempre mirando al cielo de las catedrales góticas: puro transepto es su madre.

Entonces, el buen samaritano me ata al sofá con aquellas sogas de seda que usaban los nobles barrocos para colgarse, perfuma el ambiente con Opium (olor a collar de perlas que maltrata a una generación tras otra) y me da una palmadita en los hombros, ese gesto de macho que da la bienvenida al infierno.

Sueñe, evoque…

Y yo me pierdo entre serotonina y fosfatasa; pijamitas para recién nacidos; el sorteo de la Lotería de San Juan; un termómetro (que expulsó, irritado, a su mercurio); el trébole y los anuncios de helados sin azúcar. La tarántula, cómoda en su cunita de primer bebé, ronronea y se rocía con Agua Thermal Vichy. Mientras, con las dos patitas que le quedan libres, pisotea mis escasos amores cerebrales: las novelas de Banville; las citas con el amor en La Oliva; los collares de turquesas del armario; el recipiente de barro para el cus cus; el bolso reciclable donde aúlla un gato y las bailarinas color rosa del último recital. Pisoteado, mi cerebro es un Klee, y en él sólo se oyen conversaciones de palmeras. Aparece “la noche de la iguana”. Pero en tarántula.

Satisfecho, el podrido templario me encierra en una cajita hecha a medida: Cueros de los Hermanos Pérez Abrantes. Cádiz.
Yo protesto porque hace calor y él me tira un polo de limón, ácido, sulfúrico, banal, estúpido. Allí me deja, entre las otras muestras de su despacho.

Yo grito pero la tarántula me atrapa la campanilla con una de sus patas.
En el lugar más caluroso de la Tierra, descubro un bolígrafo en el pantalón y se me caen dos falanges de tanto escribir en las paredes de mi ataúd: Socorro. Banzai, Banzai

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