Se llama Thérèse.
Vive entre una tienda de faralaes y otra de diseño italiano, apoyada sobre la publicidad del Teatro Español.
Es hermosa y profundamente azul. Azul opaco, azul de puerto con chapapote, azul de ría con marea baja.
Pide constamente café y habla el francés de Normandía.
Ella también fue invadida un día de junio, día D, día de la demolición.

Nadie sabe lo que pasó.
Marie Thérèse soñó que la invadían pulpos con inmensos tentáculos. Toda una noche, tratando de vencerlos. No pudo, dejó una carta de despedida y se fue a Niza. Nadie sabe cómo. Allí intentó seguir la lucha. Octupus frente a una niña rubia, adicta a la cafeína.

Thérèse acabó en Madrid y oye a Gainsbourg en un mp3 que le regaló la castañera de Bilbao.
Confunde los tubos de neón con los monstruos de la mar y se recoge suavemente en el banco de los enamorados de Malasaña.
Ne me fais pas de dommage, de poulpe de douze bras. No me hagas daño, pulpo de doce brazos.

Se llama Thérèse y su madre sigue buscándola por Mount Saint Michel cuando sube la marea.
Mientras, liba café latte para estar siempre despierta, ojo avizor la tête perdue.

Fotografía: Portrait of Margaretha Luther. Lucas Cranach El Viejo, 1527.

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