A mediados de agosto. Dos mujeres, dos mecedoras.

No piden un duelo al sol sobre filosofía o mística.
Simplemente una contemplación admirada de la luz de las buganvillas, una discusión profunda: que si son rojo claro, que si fucsia grave.
Tal vez, vayan más allá: la una dando saltos de reina, la otra avanzando como Bucéfalo.

-Nunca nos pondremos de acuerdo en si la dama de noche huele a jazmín o la malvavisca a gladiolo.

-Tú me enseñas aquella foto de cuando éramos pequeñas, nuestros nombres escritos en pizarras del 36 y suspiraremos, queriendo decir “el Tiempo pasó y nos dejó atrás, petrificadas por la belleza”.

-Así andamos tú y yo, dolidas de lo bello, inflamadas de maldiciones porque el arquitecto olvidó que queríamos ser tragaluces donde miles de gentes, a lo largo de cientos de generaciones, apoyaran sus manos.
Podríamos vibrar en los ojos de los hombres como pechos de la Venus de Milo u oro de un Fra Angélico. Y me replicas que no hay que irse tan lejos…Yo que nunca viajé.

-¿Tanto camino para encontrar la serenidad? Mira despacio las alpacas petrificadas ¿no son perfectas?Yo las prefiero duras y cerradas, redondeadas como las del norte; tú, tan del sur, las quieres cuadradas para acomodar la cabeza en estas noches en que sólo ladran los perros y se cometen crímenes de calor en los cortijos. Sin más razón (cosas de hombres)… Dicen los mozos en su defensa: Era el calor, eran las sábanas que la envolvieron en mi sudor.

-Me río de esas leyendas, tan repetidas –ya nos somos ni la nada. Sé que ahora me contarás historias de ojos. Los de Mateo, los de Alfonso, los de Juan. Estaremos de acuerdo en la envoltura dulce de las pestañas y reñiremos sobre el iris verde o el azul. Sobre el azul verdoso de tu hermana y el verde más francés de la mía, la que vendió su belleza por treinta bueyes.
Cogeríamos su retrato y le marcaríamos las líneas de la cara; tanta naturaleza como huracán pasando por ese cuerpo.

-¿Ves? ¿Para ser sello de maleta ambulante? Fíjate en las mujeres de estos almiares, tan lozanas, doblando espaldas que nacieron para camas de pluma y pariendo hijos en mitad de una era… Lo más blanco de una joven deben ser la piel, los dientes y las manos; yo me las contemplo lentamente y prefiero la largura como medida: la del cuerpo, el cabello y el cuello. Sonríes y me tocas en silencio los labios; sí, rojos aún a fuerza de callarlos; también las mejillas y la laca de uñas. Pero había tanta gallardía en la quemazón de los brazos de aquellas campesinas…

-Qué suerte ser siempre belleza, siempre cúpula de Santa María di Fiore, o Puente Vecchio o beso de amantes delante del de los Suspiros. O ser la nada volandera de una taza de café espumoso en Nisantasi o el reflejo la perla de Vermeer en un canal de Amsterdam. Y qué me dices de engrosar las cuerdas de las guitarras o ser naranjo bajando San Basilio o aguja en una gélida iglesia en Gamla Stan…

-Entonces, te cojo del brazo y te regaño, cabeza loca: tanto volar, tanto irse dejando migas de pan. Ama lo que ves, ahora, ya:
¿O acaso no hay belleza en la serenidad que precede a la batalla?
¿En el primer beso antes de la unión?
¿En la última verdad antes de la locura?
¿En preguntarse si los lirios son nardos que abominan de su olor?
¿O acaso la divinidad no se para en un patio que ronronea agua y una fuente que deja crecer hiedra?

(Las dos mujeres dejan de balancearse. Silencian y bajan la cabeza. Qué blancos cuellos)

La soledad, la tercera en discordia. De techo, el calor hondo de agosto; de suelo, los faroles de hierro con sus luces muriendo; de fondo el revoloteo de abanicos. Y aquí, dos viejas que murieron sin belleza y que, ahora, discuten su eternidad en torno al blanco roto de los claveles o al color hielo de los detestables crisantemos.

Fotografía: Patio andaluz.Pilar Fernández. Óleo sobre lienzo. Propiedad de Guillermo López García.

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