Este texto fue publicado en Revista de Feria. Fernán Núñez (Córdoba), agosto de 2009.

La historia, que van a leer, ocurrió. Quien lo quiera creer, que silencie y guarde. El que no, sacuda sus sandalias y abandone mi verde tierra polvorienta.


Con el vito, vito, vito
con el vito, vito va.
No me mires a la cara,
que me pones colorada.

Una cordobesa fue
a Sevilla a ver los toros.
Y por la mitá el camino,
se la llevaron los moros.
(El Vito. Canción y baile popular cordobés, renacido por Maruja Cazalla)

El baile de los sentidos: Marrakech
Fue en la plaza de Jemaa El Fna, Marrakech, Kutubiya al fondo, un diciembre exquisito, ya de noche. El cielo guardaba los últimos ecos de la llamada a la oración del muecín, mientras el aire se llenaba del frío del Atlas, ese caravasar donde descansaban los antiguos viajeros, los que cruzaban el Sáhara desde Sijilmassa.

El vértigo de la primera visión de Jemaa El Fna sacudió mis sentidos: olores de romero hilado por las hebras de azafrán; regadío de naranjas dulces de los huertos de Guéliz; timbres de voces de otros siglos que fabulaban moralejas; rojo desierto; azules tuareg; amarillos nápoles en los chadores de las mujeres; artistas de la henna. Los hombres de gestos adustos y negras chilabas ofrecían al extranjero todo cuanto éste pudiera imaginar. Amalgama de faroles, babuchas, perfumes de sándalo y romero para conjugar el destino de las casaderas; cientos de puestos donde comer cus cus, ardiente harira, pastela regada con cristales de azúcar, miel barroca que duerme sobre la pâtisserie marocaine.

Entré en el zoco, la alcaicería, tal vez para alejarme del excesivo paisaje de la plaza, rococó en su torbellino de gentes y enseres. Laberínticas callejas guardaban los puestos por gremios, las tiendas de joyas delicadas, los tarros que atesoraban especias, las manos encalladas de los morabitos que pedían limosna. Sentía que mis pies hollaban siglos. Antiguas alhóndigas guardaban ahora terrazas donde el café abría los sentidos para beberse aquel mundo que mutaba para volver, una y otra vez, a encandilar al viajero.

Miré hacia una blanca celosía y allí se detuvieron las polaroids veloces que recorrían la mente. El ataurique de la puerta guardaba una librería de siglos y a un anciano tan viejo que había comprado el Tiempo. Sus ojos, empequeñecidos de tanto leer, me miraron y los dedos de su mano de pergamino tocaron las puntas de los míos. Despacio, como si rezara, el librero me preguntó: Mademoiselle, ¿desde dónde viene?

Al norte, más allá del mar: Al Andalus
Monsieur, yo vengo de una gavia de árboles que trenzan arcos de herradura; de un lugar donde las tormentas de verano, granizo sobre mecedoras, son anunciadas por lechuzas y abubillas; donde el silencio se habla en los atardeceres de un Pozuelo; y los hombres que cortan encinas son desterrados a islas desiertas para que nunca más vean el verde de los trigos y mueran por la locura de tanto azul.

Mis primeros recuerdos son los barbechos de San Antonio, tardes enteras agarrada de la mano paterna, aprendiendo nombres de ancestros, retratos en sepia en las paredes de la casa materna, adonde volvíamos con ramos de amapolas y alcauciles. En aquellos atardeceres, cerca de una vieja estación de tren, mi abuelo Pepe me enseñó que las mujeres somos seres sagrados porque, si no, las amapolas inundarían de sangre los campos en mayo por lindes y por herencias. Eran mis abuelos hombres altos, tostados por el sol de mil cosechas, sobrios, senequistas, amantes de las manos de sus mujeres. Hombres de ojos verdes y pocas palabras, que hundían sus manos en la tierra a modo de oración.

Por las madrugadas, en las tertulias que recordaban otros tiempos, yo me sentaba a los pies de aquellos hombres y los estudiaba: nucas doblegadas las de mis labriegos, estirpe de gente honesta, sus hazas de tierra abonadas con plegarias a un cielo donde llueve calor, agosto tras agosto, burlándose de las pupilas suplicantes.

Al lado de ellos, recostadas en antiguos tronos de mimbre, las mujeres de mi casta narraban a los nietos las historias de sus luchas, el modo sutil de suavizar las gachas, los consejos de las matriarcas, la dulzura de las bisabuelas: Catalina, Pura, María.
Aquellas mujeres llevaban en la frente las cúpulas gallonadas de las maxuras, complicada geometría en cabeza de madre; los ojos enormes y vigilantes, color selva, color ónice. El pelo, en moño bajo para luchar contra el viento, las manos en carne viva de tanto amasar la tierra.
A veces, los años se les agrupaban sobre el atlas y ellas soportaban el mundo, el girasol y el barbecho, los quejidos de los hombres, el horizonte único del mar de olivos y los exilios de los hijos, que volaban lejos de la verdad única de la Campiña.

Yo nací el día de santa Inés, la mujer de pelo negro que curaba con las manos. Desde la cuna, soñé nombres antiguos, únicos de aquellas tierras: Guzmendo y La Sierrecita; Torre Albadén y La Viña; Abentogil y la espadaña almagra, campanita de santa Escolástica, junto al retablo de la vela de Lepanto. Las primeras palabras que pronuncié: “Quiero verde”… Y ya supieron mis padres que yo también sería de su estirpe. En la infancia, como herencia de siglos, la abuela Ana me desmenuzaba el trigo en la mano mientras yo jugaba entre los tarajes de La Carchena, enlutándome con las pavesas de julio. Yo contaba en el colegio cordobés que, para mí, los monstruos habitaban en El Pardito. De mayor, la mansión donde vivir con el príncipe se llamaba Duernas. Con fuerza, siempre defendí que, en la cuesta de El Espino, el toro de Osborne comía paella. Y lo sigo creyendo…

Las meriendas de los sábados de la infancia eran de pan y queso en aceite, agua clara del Pozuelo; los pequeños secretos se guardaban en las cajas de membrillo de Puente Genil. Mis primeros escritos, que ya presentían vocaciones, tuvieron lugar en una escalera, debajo de una maternidad de Picasso, que siempre creí auténtica.
Con siete años, Alfonso, el abuelo dulce, me contó que el Gólgota se parecía a la iglesia de El Calvario. Desde entonces, el Nazareno vuela en mi mente desde Getsemaní a la Dehesa del Duque donde alivia las llagas con flores de allozos. El Lago de Galilea es ahora el mar de girasoles de los cortijos cercanos.

Donde yo nací, las casas conservan el frescor de las tapias de siglos, mientras el aire rojo del verano consume las rejas purpurinas de las ventanas, que protegen las vidas, los amores, los silencios de cada patio; senequista forma de vivir y de sentir. Se ama lo antiguo, a los niños se les alimenta con miel, aceite en pan de cantos y dulces que duermen acurrucados y se llaman piononos. Las especias árabes sazonan, en las cocinas, las recetas cristianas y adornan los dulces con nombre de cuento de Sherezade: bienmesabe, rosquillas de miel, doblaítas, tarta luisa, el pastelón de cidra y merengue…

Una vez bautizada en esa tierra, ya no se puede huir de allí. Tengo los pies hundidos en las albinas y las manos acariciando los cerros de canela y grama, regalo de Deméter. Aunque extienda el torso por el mundo, y recorra otras tierras para enseñar mi lengua, para crear versos de color rojo, cuando cierro los ojos, donde quiera que esté, sueño alcaudones y cigüeñas volando bajo, entre La Reina y Cuarto Río, lugares donde viven las palomas zuritas y los grajos, que otean la Fortuna de los campesinos y les anuncian los hitos de sus vidas, especialmente cuando Core, la griega, entierra las semillas…

Esos sueños vienen conmigo, monsieur. Yo vengo de allí, mi señor, de la Campiña de Corduba, de Al Andalus la vieja…

Cada noche cuando busco mi origen y mi destino y el alma me transporta, suavemente, hasta el olivo azul donde descanso, cerquita de un polvoriento camino a Cabra, plagado de terra sigillata y restos de fuentes árabes. El espíritu persigue ese lugar donde vivieron abuelos filósofos, gentes que domaban el azar, mujeres como cariátides, que soportaban la existencia sobre el pelo trenzado…

Desde allí llego… hasta estas callejuelas, que no son más que las gemelas de aquellas otras que cercan la Mezquita Aljama, donde las flores confunden a los hombres mayo tras mayo y las damas se encierran también bajo madera de cedro, atisbando sus ojos el paso del caminante…

Al Andalus… dijo despacio el anciano librero, acariciando una mano de Fátima. Shalam Malekum, hermana, susurró, sonriendo suavemente. Y en silencio, me volvió a extender su mano, mientras con la otra abría El collar de la paloma. Oremos con el poeta por tu estirpe, me dijeron sus ojos, y así nos encontró la primera llamada a la oración del almuédano de la Kutubiya.

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Fotografía: Orange & blue. CATI_O329_0329.TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS A CATALINA ESTRADA, AUTORA.1329. Bought in Denmark.

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