Cuando abriste los ojos, sólo acertaste a decir, casi muda: Han pasado los lobos por aquí.
Madre -dije yo- ya no hay lobos.

Las columnas dóricas del patio, descansaban la una sobre la otra, partidas, arrasadas por el fuego de Pompeya.
Los viejos sillones de anea no esperaban el cansancio de nadie, su pintura blanca esparcida por el mármol, haciéndolo aún más claro.

Alguien había roto las mantillas de Chantilly, aquéllas que tú lucías airosa cuando el aire no estaba pervertido por el hálito de gentes extrañas, que nunca supieron diferenciar el abanico del pay-pay. Gentes de trópicos lejanos, de andares entre paréntesis, que devoraban hasta las uñas de nuestros cadáveres.
Los mantones de Manila había sido utilizados para partir el pan y las longanizas y el cuchillo había violado por detrás las gitanillas, las caléndulas, los rosales.
La loza de cerámica de La Rambla había sido utilizada al modo ruso: una comida, un plato tirado hacia atrás, en señal de buena suerte.

Fuiste juntando sus pedacitos:
-Los trozos de un plato no puede morirse a solas… Y balbuceaste fechas antiguas mientras los pegabas, toda la madrugada.

Con navajas habían borrado la decoración de las jarras de agua, los arabescos de las jofainas, las tiaras de las bodas; con cuchillos habían roto los volantes de los trajes de flamenca, la taracea de la sala de las visitas, las fotos de los casamientos. Hasta aquella Mariquita Pérez, que descansó siempre asombrada, había perdido las pestañas, arrancadas una por una.

Colchas de vainica, una Singer antigua, mi cama de niña, hasta los borlillos de las cortinas habían sido untados de crema Pond´s, de ésa que usan las viejas, las desportilladas, las amancebadas. Alguien había golpeado hasta herir de muerte cada uno de los escalones que llevaban al granero, ochenta y uno, como tu vida. Caballos en tropel había bebido de las fuentes, que nos miraban, ahítas de tus manos, hidratadas y agradecidas por el maná.

Con furia había partido el tronco del granado, la tomatera y la diamela. Pero, mientras más qrande era la destrucción, más se elevaba al aire el olor a Eau de Rochas, tu perfume, disperso por todo el zaguán y la plegaria añeja del incienso.
Los gatos, que derrochaban celo en nuestro tejado no habían dejado huella y los vecinos fisgaban por sus mirillas, todavía con el miedo metido en el cuerpo.

En medio del patio, extrañamente, había un armario pequeño, de los que usaban las abuelas para guardar los frutos secos y los orejones.
Tú lo abriste con cuidado y diste dos pasos hacia atrás.
En el fondo, aterrado, estaba Dios.
Le dimos la mano para sacarlo y se negó.
-Aunque sea el pavor, es la primera vez que siento algo humano.

Entonces, la madre y yo nos callamos y juntos miramos aquella devastación toda la noche, para no olvidarla.

Imagen: Todos los derechos reservados para la artista Tatiana Sapateiro (staticflickriver)

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