A la vuelta de una esquina, en el laberinto del Metro.
No me acuerdo en qué estación.
Probablemente en una de ésas con fantasma incluido,
que te persigue mientras recorres muda los pasillos y crees que las paredes y sus anuncios van a combarse sobre ti.

Había anuncios de Multiópticas;
uno de El Delgado Buil (dos miradas furtivas y deseosas acerca de la suavidad de un vestido de seda sobre mi piel);
el estreno de REC 2 (aumento de la sensación de claustrofobia);
la Semana Fantástica de El Corte Inglés…
Recordé que tenía que comprar champú: el suave y liso de Pantene.

Estaba pensando en lo aterciopelado del acondicionador cuando apareció él.
Moldeó perfectamente la curva a paso desganado y sólo me rozó la manga de la gabardina, dejando un olor a cedro y maderas en el aire.
Nos miramos.
Mis ojos, asombrados.
Los suyos recorridos por una miríada de rayas, como las piernecitas de las chicas de natación sincronizada: Genma Mengual sobre fondo verde.
Dos miradas, dos espectros.

En dos segundos.

En la mente de Ana:
Llevo toda la carga de tu existencia dentro de mí. Y digo toda porque con sesenta y cinco años es muy difícil desprenderse de la persona, del otro yo.
¿Soy yo más que tú o tú te has hundido tanto que necesitas de mí para existir?
Cuánta vida echada en los hombros, pesada como una toalla después de salir de la piscina. Y, en medio del rizo americano, un principio apasionado en tu apartamento, el sentimiento de ser tu musa, un ayuntamiento en un lugar perdido y los hijos.
Cuánto pesan los hijos: veinticuatro horas de crianza bajo tu atenta mirada indescifrable. ¿Aprobaste alguna vez como los eduqué?
Te molesta que deje los cigarrillos medio encendidos, ¿verdad?
Te importuna la charla de los chicos mientras comemos, el olor del Ambi Pur y que lleve, a mi edad, vaqueros con agujeros.
Eres tan original, fuiste tan original desde el principio… ¿Qué viste en mí? Tendría que haberte adivinado. Nadie se declara llevándote un fin de semana a la Alhambra y pidiéndote matrimonio bajo un parterre. Qué buena anécdota para luego exhibirse…
Como te derrochas cuando se te escapa tu lección de enologí
a o tus conocimientos sobre los vestidos drapeados…
Dime, Pablo: ¿crees que me importan los vestidos drapeados o llevar el reloj de tu madre o tu última exposición sobre la Amazonía?
Estoy cansada y nadie me recuesta sobre almohadones, Pablo, nadie…

En la mente de Pablo.- Ana, ¿porque eres tú, no Ana? Tanta arruga en los pómulos me impide ver lo que quiero. Observo tu mirada de hito en hito y me pregunto qué rondará tus neuronas. El Fairy, la jubilación o la falta de fuerza de las hortensias, tan debilitadas como nuestro matrimonio.
Y eso que somos tú y yo, Ana. La funcionaria y el fotógrafo, no casaba mucho, pero nos juntamos en aquel Metro…Desde entonces, tantos octubres. ¿Para qué huir ahora, ya acostumbrado a tus pasos, tu curva en la cama, tus sollozos porque sí, los libros encuadernados en papel periódico?
Me preguntas qué necesidad tengo de irme lejos para hacer fotos. Huyo de mí mismo, mientras sorteo aviones, aduanas, otros idiomas, otras mujeres y hasta camellos.
La tremenda pobreza que he visto en Níger me parece una tontería al lado de esta carcoma de cuarenta años. Qué tremendamente egoístas podemos ser los hombres. Y qué tibieza la tuya. Nada parece molestarte, nada parece desunirte del maldito salón y los expedientes de ese ministerio.
Y yo, mientras, agacho la cabeza en Internet y busco un nuevo viaje, cada vez más lejano.

Durante un segundo:

En la mente de Ana.-Qué bueno. Poder contar a esos ojos cada pensamiento durante largos inviernos, avergonzarnos de tanta charla, su mano unida a la mía en el parto, las miradas cómplices, arrebujado en mi estómago, casi horadándolo porque es el lugar más seguro de la Tierra. Tantos viajes y tantas risas , las discusiones, la vida en color rouge. Y si se resiste, pintarla nosotros.

En la mente de Pablo.- Acariciar esos cabellos y peinarlos y ayudarla a superar el vacío cuando los hijos se van. Aprender alpinismo con ella, ver todas las temporadas de Lost, visitar a la abuela en el Ampurdán. Comprar los primeros patucos, pelear por el mejor colegio, rezongar por el mobbing en su trabajo y arrebujarme en su estómago, el lugar más seguro de la Tierra.

Pero ninguno se volvió ante la existencia alternativa, la del fondo de las apetencias.
Se agarraron a lo primero que les dijo la cabeza,
lo primero inculcado.
Siguieron el camino mirando los anuncios de Dolce&Gabbana donde,
misteriosamente,
todos se comprende y llevan existencias felices, quizá menos ignorante que las de los habitantes del Metro.

Fotografía: Los amantes, de Magritte. Este relato se basó en el cuadro de Los amantes, que Juan Antonio Bj trajo a su portal hoy en la mañana y que completó la inspiración de una frase de Darín de la película El secreto de sus ojos (Juan José Campanella)

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