How can you see into my eyes like open doors
leading you down into my core
where i’ve become so numb without a soul my spirit sleeping somewhere cold
until you find it there and lead it back home wake me up inside
wake me up inside
call my name and save me from the dark
bid my blood to run
before i come undone
save me from the nothing i’ve become

(Bring to life. Evanescence)

I
Nunca fue más feliz que en esos cinco días.
Se liberó del corsé rojo, que la ataba,
y las cintas fueron a parar a la lengua de agua, Øresund,
que discurría lentamente delante del hotel…
Tiró la peluca a un buzón rojo, tipo inglés,
que la acogió cerrando lentamente la boca,
en una sonrisa cómplice, como si amasara la piel de un gatito asustado…
Descargó los tres libros que se había llevado para leer en el Optimisten, Nyhavn 38, delante de un sándwich de salmón bien nutrido de especias…
El mar, La piedra de la paciencia, El Museo de la Inocencia… Una especie de bookcrossing consigo misma…
Si dentro de cinco días, Faisal, el camarero turco se los había guardado,
estaría destinada a leerlos…

Paseó con las manos metidas en los bolsillos por Nyhavn…
Zapatos mojados
Llovizna en la cara
Terrazas con viejos quinqués,
Parejas enredadas furtivamente en el fondo del Pakhuskælderen, acurrucadas bajo mantas verdes con marcas de cerveza
Casas de colores suaves.
Blanco hielo
Amarillo nápoles
Rojo grosella
Azul acuoso
En cada ventana, alguien se arrebujaba en un sillón,
tocaba el piano,
encendía velones, toda una candelería…
Una ciudad iluminada por sus habitantes
Fuera, desterrado el ominoso alumbrado público…
Sólo reinaba la misteriosa luz que desprendían los edificios en sí mismos.

Al fondo del canal de Nyhavn, Charlotenborg, el Hotel de Inglaterra, la Ópera.
Nadie en las calles, solas para ella y sus tacones, que volaban.
Mareo de tanta vuelta en medio de la enorme plaza:
Almacenes de marroquinería
Tiendas de delicatessen
Almacenes de joyas delicadamente labradas, como nidos de oro
Pequeños cottages en medio de las calles empedradas, marcos de flores de Latour,
Miel con avellanas y nueces
Chocolate blanco espumoso
Pendientes de ámbar
Cachemire en cada una de las mujeres, que corrían, rubias y con leggings grises hacia ninguna parte de la noche
Boticas del XVII con hierbas para toda dolencia
Depósitos de ángeles vidriados
Antiguas lonjas, reconvertidas en estudios de arquitectura,
Factorías de colgantes para las ventanas y la buena suerte
Librerías cerradas con postales de la sirenita y su cara de niña triste
(otra Mona Lisa que descifrar y que huye de los turistas)
Expendedurías de frutas escarchadas, café turco, tés de canela, alrededor de los cuales cabían dos posibilidades
(leer los Cuentos de Invierno de Dinesen o enamorarse)
Verjas enredadas en hiedras o hiedras enredadas en paredones donde guardar bicicletas
Pequeños patios con bancos de madera para sentarse y conversar sobre el silencio
y su poder curativo, que ponía rectos los cuellos y reponía las ganas de comer…

El mutis danés más absoluto llegó en la plaza de la Reina. Margarita estaba ausente de palacio, bandera bajada.
Sólo los pasos del cambio de guardia y una luz inquietante en la próxima iglesia de san Federico.
Allí le dieron las cuatro, pensando en las piedras que la rodeaban, en los calcetines de ovejitas que calzaba, en los aterciopelados gorros de los soldados, en el balcón donde brillaban las esmeraldas reales…
Ni un solo pensamiento sobre el futuro
El pasado nadaba a estas alturas por Christiania y bien poco le importaba que fuera divisado por algún barco.
Oía su propia respiración, sus neuronas parlotear, su diafragma subir y bajar, adoctrinado y tierno

A las cinco se refugió en el paseo de Christian Brygge y al alba regresó al hotel
bajo un cielo encapotado.

II
El olor a cruasán recién hecho la despertó y la llevó en volandas hasta Strøget, una calle peatonal donde bebió dos expresos en el Café Nytorv.
Las ejecutivas corrían hacia el trabajo con un ramo de flores en las manos,
Los hombres con piezas de fruta fresca.
O al revés.
¿Para qué necesitaba comprar flores si no tenía a quién ofrecérselas?
Tal vez no fuera ella, pero se dejó cientos de coronas en
lirios del valle
ranúnculos
hojas de laurel
rosas de Bulgaria
Y, por supuesto, margaritas, enormes, devoradoras de su rostro mientras caminaba…

Atravesó los Jardines Reales y llegó al cementerio donde yace Kierkegaard. En su pequeña tumba dejó las flores y la postal de un gato arrugado donde escribió:
I dont know Danish, my dear spiritual man. But I dont want more sufferings in our lives, Do we agree, Søren?

-Usted también le visita, por lo que veo…
A sus espaldas, un viejo judío le hablaba saboreando las palabras.
-No entiendo bien el danés, perdone.
-Dont mind. He is always sad because of Regine.
-I understand…
Hay tristezas que son eternidades…

La tarde la pasó en el parquet Rosenborg, cerca de Holger, el vikingo que salvaría a Dinamarca de las invasiones enemigas, pero que no pudo con el poder nazi.
Su vergüenza lo escondió en el subsuelo del castillo de Rosenborg.

III
La tercera mañana había olvidado su aprensión a los temporales
y compuso un bodegón para la mar:
bañador
fruta despiezada
un Smørrebrød con mantequilla fresca
un libro de poesía danesa.

El Báltico estaba embravecido y sólo pudo llegar nadando hasta uno de los pequeños faros.
Se entretuvo leyendo en voz alta aquellos versos que no comprendía
y aprendió la forma de las nubes, que corrían hacia Malmö.
Los molinos de viento peinaban el aire como a la cabeza de una mujer,
los niños recogían piedras de la suerte,
las parejas juntaban sus pies
y ella se puso su primera compra danesa: un suave jersey de Oleana.

Las olas comían arena y luchaban por llevarse sus pies, un divertimento que no había repetido desde niña.
Al llegar, sembró toda la habitación del hotel de conchas, caracolas y arena y se tumbó,
empapada del olor de otro mar, del frío de otras gentes.
Olvidó toda reticencia y se bañó durante horas en aquella toilette donde la crema hidratante olía a lo que debía: a hotel, a horas pasadas con discreción y casi disimulo.

IV y V
Pasó los dos últimos días en Gentofte, una laguna, apartada de la ciudad,
que un amante dramaturgo le había conminado a visitar:
Copenhague no es nada sin Gentofte.
Y, efectivamente, no lo era.

Lago quieto,
cisnes blancos y grises,
patos cetrinos
casas espléndidas con rosales, hortensias y begonias,
niños de ojos azules que le sonreían con desconcierto,
maleza y caminos casi vírgenes
hectáreas de prado donde dormir.

Allí se arrugó y, en posición fetal, saboreó la hierba que iba cortando y el polen de los jazmines.
Su cabecita subía y bajaba de la montaña rusa del Tivoli,
adonde había estallado su furia la noche anterior.
Alaridos de despecho,
de asesinato de la rutina,
de flechazo con el frío y la chimenea, la manta y el edredón,
de exorcismo de presiones y esmerada educación.
Vomitó la mItad de su alma
y dejó en paz la parte que necesitaba para afirmarse el yo.
Sonrió despacio y dio volteretas sobre los matorrales.
Cuando se cansó, se desnudó conpletamente y sintió la tibieza del rocío en su piel. Se echó en las muñecas Hypnose, de Lancome
y sus gotas recorrieron la curva de su espalda. Como Marilyn.

Sacudió la cabellera en dirección a los cisnes, que la esperaban.

Entonces, se levantó como en una ensoñación
y saludó a una viejecita que llevaba pan de pita y azucenas salvajes
(quizá para comerlas).

Ella lamió un hortensia azul y se cubrió los pechos con la mata de pelo castaño.
La calma era total y el perfume se había insertado en cada molécula del aire.
Despacio caminó hacia la laguna y la recibió un cisne blanco, que la acompañó hasta que el agua la envolvió en su totalidad, cerrándole los ojos en un último suspiro de tranquilidad.

PD.- Durante días, Faisal esperó la vuelta de la extranjera, que había olvidado aquellos libros. Le gustó la narrativa de Banville en El mar y, desde entonces, cada vez que navegaba por Øresund, rezaba. Nunca supo por qué.

Fotografía: Laguna de Gentofte. Carmen Garrido Ortiz.

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