Todo era más difícil cuando la pasión se vivía en soledad,
los títulos se enmarcaban continuamente y la meta era llegar hasta ellos.
No había inscripciones en jam sessions, sino en largos cursos sobre el “Estado del Mundo, 2006, 2007, 2008”, estado que ya leía en los periódicos, que consumía en los dominicales, que veía en los noticieros, que me contaban en el mercado, que narraban en las terrazas del verano, que se metía por mi ventana y no me dejaba dormir.
Porque yo no puedo hacer nada contra “El Estado del mundo”. Sólo hojearlo y ojearlo.

Enmarqué el “Estado del mundo” en mi pasión,
los anexioné
los uní
los flexioné
los acoplé
los remendé
los acicalé,

dentro de una habitación con cuadros de mujeres árabes en rojo y un ordenador en rosa; velas encendidas y canto gregoriano de fondo. Ahí cabe el pequeño mundo y tecleo sobre el grande: el que me sigue confundiendo porque sigo siendo una ingenua y pido a los dioses no ser nunca cínica.

Detrás me empujaban a escribir nombres: Daniel, Antonio, Carmen, Pa, Ana, Álvaro, Z, Calma, Sandrita, Oly, José, Yül, otra Carmen, Isabel, Pepe, Alfonso, Ana, Catalina.
Esos fueron los esenciales hasta que llegué a Clave.

Y allí, aparecieron Giusseppe, Ana, Jana, Gio, Chema, Teresa, Dolores, Ernesto, Susana, Vicente, Nina, Óscar… Los que más conozco.
Gentes que creen que la poesía es lo más sagrado del mundo; que comprenden un bloqueo; que saben que la felicidad estalla cuando la idea viene y se desarrolla y surge y resurge y se canaliza y se expone y uno sonríe sin que nadie le vea.
Con ellos es un placer hablar y dialogar y redialogar y contar porque saben escuchar. Hablamos de sentimientos en un lugar blanco llamado El Manantial y allí nos quedaríamos comandados por la sabiduría de siglos que atesora la cabeza de Giu mientras de fondo Carmen vuela, grácil cuerpo, a ritmo de tango.
Qué bueno es encontrar tu lugar en el mundo, aunque sea en el semiexilio y se eche de menos la familia, la luz, la campiña, la cal, la calle Judíos o la plaza de Tiberíades. Pero el lugar se encuentra donde pululan los afectos.

El recital de Sal y Limón Para poetas naranjas, sábado 17 revolucionario por la tarde (que yo llamaría Azúcar y Canela), fue mágico y yo sólo utilizo esa palabra muy pocas veces. Nuestra antología nos unió aún más si cabe y comprendimos que Pólemos es poesía en uno, pasión vocacional, “güena gente” de la que “da compaña”.
Fueron horas preciosas, delicadas y el principio de otros muchos recitales porque lo irrepetible, cuando hay ganas, es posible.
Gracias por ser “pilares”.

Un abrazo fortísimo a todos!

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