Mi piel, que es vidrio, se ha teñido de verde alga, verde cieno, verde tormenta.
De pronto, en una elipsis perfecta, he acabado recorriendo el Atlántico.
Me gusta este color nuevo, más que el de las sombras grises, que iban y venían sobre la epidermis cuando el pescador acariciaba con la luz de la única vela, que yo portaba,
un libro antiguo, El viejo y el mar, encontrado en Le Marin.
Sombras de una habitación donde las oscuridades del puerto alimentaban las paredes: costrosas, turbias, sin más cuadros que luchas de naos contra galernas de otros siglos, noche tras noche asaetadas por las mismas olas, purgatorio de los mares.

Me gusta estar embarazada de una incógnita de soledad, de un océano de huellas dactilares.
No sabía escribir mi marinero y llenó el papel biblia con sus dedos mojados en tinta… Quizá para encontrarse con falanges más pequeñas, que le brindaran caricias…
Quizá para entroncarse con manos grandes, de padre fuerte y moreno, que le diera raíces…
Quizá para crear espejos con el tiento de un hermano suave y docto, con el que dormir hablando de nudos marineros, de róbalos y sargos, doradas y jureles.

La mar va deformando mi cuerpo, adaptándolo a las olas, al vaivén de las corrientes.
Y yo voy conociendo el mundo y sus fosas, revoloteando sobre mi eje, mientras las huellas del pescador se aferran temerosas al cruzar el mar de los Sargazos o el estrecho de Magallanes…
Sentimos huellas y vidrio el no tener destino, esta carcajada de Neptuno que no nos aboca a playa alguna, la Ítaca perdida…
Puertos del Adriático, casi volando entre las columnas de la República de Venecia,
Nápoles y sus pañuelos negros al aire de las ventanas,
Atenea Parthenos, allá a lo lejos del Pireo,
la inmensa África al atravesar Suez,
aire de monzón cayendo sobre Calcuta…

A veces, una mano me empuja hacia las fosas abisales, donde la luz escasea y los peces se vuelven monstruos de tanta pena por no alcanzar la claridad…
Entonces, las huellas de mi pescador me llevan hacia la superficie, rápido, rápido
y allí me mecen y duermo tapada por el plancton noches enteras para olvidar la pesadilla.

Quieren mis huellas encontrar otras, delicadas o inmensas, de soldado o mujer infeliz; de sabio o de farero…
Y así verse liberadas de esta cárcel en verde y ser adivinadas, buscadas, apretadas contra pechos.
Quieren abrazar túnicas y peplos y rozar la uña de la virgen, la espalda del guerrero, el filo de la espada.
No piensan más que en descubrir qué es el terciopelo, la blonda, el cristal, la madeja, la nuca, la epidermis de recién nacido, el pelo blanco de matriarca, los cantos del pan, la mies segada en gavillas…
Huellas vertidas a la tierra cuando siempre fueron elemento de sal…
Así quieren estar: guarecidas de tifones, inclemencias y aguaceros; de calmas sutiles, que alteran diluvios…
Amarradas al calor de un ser humano que las reconozca y se una a ellas y las imprima en su ser y las disperse, recorriendo pura tierra…

Yo, en cambio, quiero olvidar las arenas y las rayas; las sirenas y tridentes;
esponjas, corales, almejas y anémonas.
Pero tampoco deseo contacto humano, viajes en caravanas guardando monedas; presidencia de mesas, albergando champagne; ser tesoro único para un prisionero; riego de bautismo para el recién nacido; albergue de incienso para las camas de los amantes.
Yo sólo anhelo volver a iluminar un cuartucho de pescador, allá en la Martinica, donde siempre es verano,
refugiándonos de la calima en las sombras chinescas, recreándole la portada de El Viejo y el mar para que la siga acariciando.

Déjenme en paz esposas, padres, hermanos,
liberadme de las pieles del mar, de esa construcción irreconocible, que soy ahora;
de los sollozos de las mujeres;
de las alegrías del aquellos que quizá me encontraran…
Y devolvedme a sus manos, arrasadas por la esperanza y el Tiempo, la sal y la soledad,
algo que, sólo yo, una botella verde océano, puede quitarle.

Fotografía: El Báltico embravecido.. Copyright. Carmen Garrido Ortiz, 2009.
Poema nacido de la etiqueta “Botella con mensaje” del Taller de Poesía de Clave 53.

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