Hay entre los cinéfilos un club de poetas muertos. Aquéllos que revivían a los antiguos. Los hubo maravillosos, otros mediocres, otros vivían en una buhardilla de París. El caso es tener una pasión. Decir las cosas que sentimos, que nos hacen sentir, que revivimos, de las que escapamos, las que nos rebuscan y nos desafían…Todo con pasión.
Da igual venir del Cantábrico; de la Venezuela caraqueña; del Chile de después de que sigue doliendo como un 11 de; de Rosario; de Madrid; de la Lima fiera; de allende Castilla alta; de la silenciosa Córdoba siempre dormida. Todos somos Pólemos, un grupo poético que vive por los versos y que los habitó un 17 de octubre en la madrileñísima Cava Alta, presentando en recital su antología Para poetas naranjas.

Habló en voz materna una Susana I, que narró, como narra ella, pura melaza, sobre una niña con rizos, la suya, la de nadie más, la que salió de su vientre sosegado, la que trae la paz. Hizo germinar sobre Susana raíces y eso ya dice mucho de una niña que arranca corazas, además.
Hubo declaraciones de amor a una mujer llamada Esperanza de parte de un hombre llamado Ernesto, que la volvió a seducir, que reafirmó el compromiso, que la depositó entre sus brazos, allí delante del gentío y la amó con calma.

Dos mujeres de nombres tremendos, Dolores y Sara, se amarraron para hablar sin voces, para suavizar lo evidente, para gritar que estábamos allí porque también las manifestaciones heredan y serán leídas y admiradas cuando la madre de esos poemas viva en la bañera de Jonás y la segunda madre, Sara, se transforme en viento para amar-despreciar la mole inmensa de una catedral.

En este Pólemos, hay dos hombres de seria mirada que guardan mil madejas de pensamientos…Uno ama a los gatos; el otro nació en el lugar más absurdo del mundo y sabe que ese poema es mi favorito y que sus delicias y sus melancolías llegan hasta los bigotes de mi minino que es, como el de Vicente, ocioso y dormilón. Giovanni, que comparte la idea de que el arraigo sólo es lo festivo que llevamos dentro llenó la sala con su timbre de voz impaciente y duro, sembrando con taracea cada palabra porque lo dice desde Perú, lo narra, aunque esté en Madrid, y se mueva como el gato que acosa al bardo Vicente.

Teresa le cantó a la piel, al cuerpo del amado, a la melancolía del abrazo deseado y lo conminó a que se moviera, a que se mudara de cualquier estación hasta su cuerpo rubio y lindo, qué mejor lugar para vivir que la mirada alegre de una poeta con el alma en continua exposición. Un alma que abrazó una y otra vez a Nina, chilena, Salinas, otra voz del destierro, dispuesta a no ceder, a no callar, a reivindicarse, a recordar el olor de las magnolias, que es su flor, como la mía es el azahar. Ella, que a ritmo de campanada, va poniendo en marcha el reloj de su vida, desde su adolescencia hasta llegar in crescendo a las campanadas de Madrid, donde la protegeremos de otros trinos funestos, donde se haya entre un enorme ovillo de poetas, donde amarrarse cada vez que quiera.

Chema habló como es él: adusto, golpeteando el alma con palabras duras, despertando los ojos de los asistentes, fijándolos con celo, lanceándolos desde la verdad de unas imágenes que son ahora, ya, el colmo, un colmo, la muerte a pisadas grandes sobre la sala, la saliva atragantándose y el hombre castellano doliéndose y doliéndonos. Y salían lágrimas y salían ganas de correr y de gritar lo que veíamos y de echar por alto aquello de la solidaridad, tan manido y gritar: Yo no soy solidario, soy justo y dar la mano a quien sea, a cualquier ceño fruncido, a cualquier mano demasiado arrugada para su edad.

También anda por el club, Casanova en forma de poema de Óscar Rozalén, versos donde el veneciano lograba el odio de una mujer a cambio del sudor placentero de otras muchas, cosa que se agradece porque ya no quedan tantos marineros para puertos y sí muchas damas esperando a un caballero. Un señor que se mueve hacia atrás para encontrarse con lo que quiere –vivir para reencontrarse- mientras la niña Jana me arrancó las lágrimas con su amor tariFado, de cuerpos y almas entrelazadas, de nudos que recorren trenes, de posos de café conservados y golpes esperados y legitimados por un amor tremendo.

Y finalmente, nosotras. Mónica y Carmen. Ella estableciendo testamentos en forma – cómo no- de versos y de besos, tan poca diferencia entre ellos. Ella estableciendo decálogos a mares para cuando la inspiración se niega y los recuerdos no vuelven. Tal vez, Mónica resumió lo que muchos pensábamos: Poesía es nuestra vida.
También la mía, que lleva poco tiempo en libertad, pero que, ahora, oye campanillas y dice esto es cierto y yo soy poeta en voz muy alta. Y lo soy porque me sale, porque me brota de las enaguas, porque me alimenta tener el verso en persona al otro lado del salón, moreno y argentino, porque ahora vivo en tantos sitios, que me pierdo y me arrullo, feliz, poetizado el cuerpo en cualquier esquina, sobre todo si es la de Luchana con Cardenal Cisneros, El Manantial todo blanco de Giusseppe incluido.

Faltaron algunos: Eider, Clarisa (allende los mares, argentina que recuerda secuestros privados o públicos cubiertos por el tiempo en los armarios, donde metemos lo que no queremos ver). Estuvo Ana del Vigo, aunque no declamara, que no le hace falta. porque Ana, toda rosa ella, es Pólemos y dice cosas como que mientras existan tus ojos, seguiré pensando que el mundo es un poema y yo pienso que la niña Ana desciende de Bécquer o Bécquer de ella y habla de amor con la palabra nos, que dice mucho de la generosidad de la niña Ana.

Todo esto fue armado, creado, enmarañado, cuidado, deseado por Giusseppe Domínguez, padre de Pólemos, maestro de todos nosotros. Giusseppe, que nos salva, que nos arranca de lo cotidiano y nos vuelca en la poesía y nos conmina a beberla. Giusseppe sin el que este todo sería nada, sin el que muchos no aguantaríamos tanta pasión sin desbocarnos. Gracias.

Con textos de Pólemos, de su libro Poesía rosa roja roja verde para lectores naranjas, editado por Giusseppe Domínguez: Ana del Vigo; Chema Vega; Clarisa Vitantonio; Dolores Vallejo; Ernesto Pentón; Sara Valverde; Susana Recover de Frutos; Vicente Navarro-Abad; Teresa Sanz; Giovanni Collazos; Jana de Luque; Mónica Aunión; Nina Salinas; Eider Iturbe; Óscar Rozalén y Carmen Garrido Ortiz.

Fotografía: Odalisca (para mí, la poesía) de Mariano Fortuny.

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