Por la inyección de Daniel
Por la inspiración de Hasier
Por la visión de Vermeer
Por la commoción de Delacroix

Largarse rima con salvarse.
Si te estás muriendo, lárgate.
Si estás sufriendo, muévete.
No existe más ley que la del movimiento.

Si tú supieras lo difícil que es arrojarme a tus brazos, si tú lo supieras…
Frotarías con Dove todo tu cuerpo y lavarías el mío con aceite de linóleo
para que se engancharan,
se entremezclaran,
se anexionaran.

Camino sobre tacones de felpa para que no grites Liberté
y así yo me desnude en medio de cualquier calle y me hagas tuya…
Como un Descendimiento,
como la cornada de un toro
como la marioneta sin aplauso… Caída, caricatura, feliz.
Me llevarías hasta tu casa y allí pasaría mi vida… Hummm, qué delicia…
Comiendo pan de rosca por las mañanas y fruta con canela,
helados de coco y mango del Bombay Palace de Lavapiés.
Esas noches en las que veríamos una y otra vez “El tercer hombre”, “Sorgo Rojo” y “El amante”;
leyendo a cualquiera –por muy malo que fuera- que no sonara ni a Rimbaud ni a Pizarnik ni al almanaque del año en que pude morir.
Beber raki turco sin sentir compasión por la boca del estómago…
Las batas chinas no existirían y tú y yo andaríamos perfectamente dibujadas,
cuerpos al aire en blanco,
en terroso,
sin pudor,
mirando por las ventanas,
fumando en pipa ante los ojos color grotesco de los que tienen en el armario perchitas ridículas para colgar corbatas.
Yo aprendería árabe y olvidaría qué es un ordenador,
practicando sobre tu espalda todas las vocales, tus pecas como puntos, una pianola casi virgen, en exclusiva, para mí.
Derramarías chocolate caliente sobre un sexo ya de por sí ardiente pero desprevenido
y lo convertirías en una fondue de marca: cacao 99% de dulzor…
Si los días transigieran con nosotras,
cerraríamos las ventanas con cortinas gruesas,
encenderíamos decenas de velas de Nature, las de canela en rama
y expandiría por mi cuerpo perfumes franceses

Transparent de Houbigant,
Le Chic de Molyneaux,
Cristobale de Balenciaga

rompiendo los versos de Juan Ramón y disecando su cabeza de Imperator.
La vida sería una orgía con nombre de Underwood, tecleando siempre,
dejando de lado a Darío,
vete a tu Nicaragüita
y déjanos la existencia
entregándonos a los versos del vencejo común, amante del buen dormir.

Pero qué difícil es, te digo,
olvidarme del fango y del tatami, que se me engancha a la espalda como el carey…
Vivir verso libro libre.
Sólo tengo botas katiuskas para andar sobre mi lodo,
qué placer ése de revolcar las costillas sobre el cieno
y dejarme penetrar por ramas caídas,
inservibles,
viudas de los árboles tristísimos del Duero.

Mis gorros de ducha rezongan de la lluvia permanente de la enumeración de mis males: el ojo miope;
las piernas que no recuerdan botines;
la extraña demarcación de mis venas (todas londinenses y grises) que encuadran el conjunto vacío;
las muñecas atadas a los respaldares de camas de baja estofa;
las bolsas de plástico, que coronan mis pechos, ajenos a sus propias terminaciones nerviosas.

Cómo ves, querida, la libertad no guía al pueblo,
es la multitud la que envilece a las aristócratas de piel suave y las convierte en mujeres de Lot.
Yo sé que existes…
Esa mirada tuya, acuosa y permanente, de La niña de la perla, que me vigila y me llora. Y me escupe, con delicadeza de Delft:
Eres la más triste que conozco.

Y es cierto, Libertad, que aceptaría un trato de esclavos por ser tuya,
pero nací con barrotes en la frente y el yugo de Vulcano los cinceló,
así que sigue untándome con las cremas mantecosas de Sephora,
con L´Air du Temps de Nina Ricci,
con el cacao del Donuts robado a la dieta
para borrar el código de barras de la Concergerie de mi ceño.
Inténtalo porque yo no puedo,
no me dejan escaparme,
ser amante de la libertad de lo cotidiano,
deseosa del cuscurro de pan;
groupie de las tiendas de lámparas blancas;
chica excesiva de los broches en los abrigos;
amiga de las películas nórdicas de la sesión de las siete.
¿Quiénes me violan en este lecho de corrosiones?
¿Quiénes me impiden entregarme a la Libertad?
No lo sé…
Lo único que entiendo es tu perla de sirvienta llorada
y la cerrazón de mis pechos dentro de una túnica
porque nunca seré la musa de Delacroix… (Continuará)

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