y todo es talar la vida
con la que quemamos todo,

la ofrenda
al holocausto de la memoria

sé que nada de esto es,
¿pero cómo serlo sin todo esto?

(34.Lazarillo ciego. Poesía completa. Hugo Mujica)

Dios, dicen, descansó, aquel domingo.
Horas de la nada. El Barbas se fue a un cine madrileño y eligió Avatar.
Se quedó dormido, profundamente, acolchadamente, a la media hora.

Antes de aquel día, yo era una Eva de la de secar los platos con cuidado.
Y escribir, obligadamente, metáforas sobre baloncesto en un periódico de provincias.
Y escribir, obligatoriamente, metáforas sobre el origen del té en el mismo periódico,
cuando lo que me gustaba era bañarme en hierbas de sabor a África, roobois, verde, rojo sangre, negro con ananás, miel y hojas de mora. Burbujas de vitaminas A,C y E. Antioxidante por el desagüe.
Yo no sería Kapuscinski.
Aquella Eva, con vaqueros, 22 años y pelo largo, era una impostura total.

Dios seguía en su butaca. Ronroneaba.

A la misma hora, Eva veía La celda 211 en el cine de enfrente.
La sangre y la cara de Malamadre se le venían en sueños.
Y la tumba del suicida, afilada sobre la pared.
La vida carcelaria convirtió a Eva en Lilith. La vida y un maltratador, que amaba a Girondo.

Dios abrió los ojos. Vio que todo estaba bien y cabeceó de nuevo.

Para enterrar al despojo, amante de Oliverio, Lilith escribió…
En las paredes de las iglesias
En las callejas de las juderías
En las primera páginas de los libros prestados
En los puentecitos de Venecia
En la pulpa de naranjas
En el escaparate de Dutti de la calle Tetuán
En la cola de un vestido de novia
En todos los teletipos que pasaron por sus manos
En la fotografía de boda de sus padres
En la nata de los roscones
En los tacones de las sandalias
Debajo del balcón de Oliverio el Maltratador, donde ya vivía su sustituta.
Así, hasta que la nieve cayó, por casualidad, aquel domingo de Pascua.

Dios despertó.
Pidió ticket para otra sesión.
Entró en La celda 211.
Le espantaban los ojos de los presos, aullidos y papeles cayendo en la galería.
Le espantaban los ojos de los policías, patadas en el hígado, navaja en cada nuez.
¿Esto es lo que yo he hecho?

Mientras Dios oraba a sí mismo aquel lunes, desconsolado,
Lilith se preparó el primer café. Puro arábigo.

De vez en cuando, ahora que escribe en un ordenador
mientras le hacen la acupuntura con hojas enrolladas de té blanco,
la antigua devoradora de manzanas desempolva a su maltratador ya fallecido…
Para nutrirse de él.
Aunque ahora
escribe,
escribe,
y escribe
por amor a sí misma…
Y porque sobre su ventana no dejan de caer
las lágrimas de Aquél,
que ya no descansó…

Fotografía: Gabrielle D´Estrèes con su hermana (¿?). Escuela de Fontainebleau

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