Para Vania, in memoriam

Así, arrancados de la tierra,
ascendimos igual a los astros.
Ni ahora, ni después, ni entonces,
sentimos vergüenza ni desesperación
26 de noviembre de 1945.
(I de Cinque. Anna Ajmátova)

No puede ser casualidad este frío que atrapa los cristales y los precipita a la acera, pretendiendo ser restos de Guernica nevados.
Dicen que
Paname,
Paname puede ser Siberia.
Yo te sospecho aterido a -9 grados, rodeado de brezos, los que el jardinero del cementerio olvidó adecentar.
Así es mejor,
un cuadro casi ruinoso,
sólo la luna llena otorga cierta alegría al Père-Lachaise, cuando entra, silenciosa, por la Rue de la Roquette.

Esta ventisca que retuerce los cuellos, me recuerda a ti. A ti, muchachito que nunca conocí.
No quisiera entrevistas con
il Da Vinci
il Buonarrotti
il Medicis
il Caravaggio
il Palladio
il Brunelleschi.

Hoy, 9 de enero, te requiero, apretujados entre mantas de mohair en el Café de la Paix o en uno de Ópera.
El aguanieve me vuelve parisina. Tu sangre, ay de ese Rh derramado, te vuelve gato.

Hospédate en mi materia gris,
quiero recordarte, bambino, que comparto con tu filosofía vital: hay más cosas aparte del amor.
Nuestros cuerpos piden guerra y rebeldía.
Si no las tenemos, hay que unirse al Universo, abandonar la infertilidad de las cañerías que desaguan y enloquecer a otros… A los amores. Enloquecer a los amores.

No te crucificaste por nadie, te inmolaste por olvidar lo burgués…
¿Y si hubieras dado el salto, mon cher?
¿Y si hubieses partido hacia Marsella un enero para llegar a la vida soñada en vez de precipitarte al mármol imbécil de la eternidad?
¿Y si hubieras seguido recordando la belleza del Palazzo Ducale borrando que un día fue prisión?
Principe di canali, te me acercas con tu levita negra de Saint Laurent y un clavel rojo tras la oreja.
Sonríes, deliciosamente rubio y malicioso
voluptuoso, a pesar de tu cuerpo delgado y tu carita pálida.

No es casualidad que me envíes ríos helados a modo de abrazos,
que desees la insonoridad de la melancolía antes que el ruido de los patios de vecinos.
Te abrigo con visón,
soldadito de plomo,
bardo de Napoleón
Aquí tenés mecheros para que arrases todo a tu paso y vociferen, a pulmón lleno:
¡Por aquí pasó el veneciano!
Orden policial contra tus aires moscovitas
y tu cuerpo escondido en el laberinto de Carcasonne.

Y, sin embargo,
olas del Adriático inmóviles son el techo de tu perenne horizontalidad.
Te acompaño a Lutetia,
y recubro esa tumba con un edredón nórdico, dulce, con avefrías…
Para que se acurruquen sobre ti.
Aquí te dejo, como siempre, la pertinente postal de un gato para que escribas con tu letra farragosa otro año más,
tremendo, tremendo rebelle, rebelle.

Fotografía: Atardecer en Venecia. Claude Monet

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