Dormir como ríos de púrpura y armiño
(Mallarmé)

Anhela tener la calma.
La ha sentido, durante unos breves segundos, buscando la tumba danesa de otro atormentado, Kierkegaard.
Lápida entre los setos de un cementerio donde los vecinos hacen footing,
perversión que la devuelve a la marea alta: olas encrespadas.

Anhela la calma rosada de los cuadros de Canaletto. El mismo dorado de los marcos parece descansar, plácido, en lo que es: oropel, nada más. Aunque debajo, se pudra la madera, la superficie restaurada la mira, color tibio.
Del rosado al púrpura de las reales túnicas de los poderosos o al color afrutado de la capa de Superman. Le viene grande el trapito a Clark Kent.
La quietud entre los brazos de un hombre. Pero Christopher Reeve murió por culpa de un caballo. Ergo, andarse con cuidado. Denegado.

Transmuta el verbo: quiere tener la calma.
La imagina blanca, neblinosa a las 5.a.m. del Puente de Londres o de Finisterre. La niebla, nazca donde nazca, pinta siempre azul, azulada de tanta paz como lleva dentro.
La pérdida del “yo soy” dentro de una humareda. Donde nadie la vea, qué facil adquirir un nuevo disfraz.
Al mediodía, sin embargo, sus uñas vestirían el suelo: habría arañado la superficie de la epidermis para volver a ser la misma. Antes pura que plácida.

Quiero tener la calma.
Calma color armiño que tiran al arroyo las gentes felices,
deudoras del “verde George Washington”;
esas gentes que pueden acariciar la solemnidad del animal muerto que rodea su cuello.
Suave bicho cuya piel va, vuelve, prado artificial y crudo. Pero delicioso.
Quiero la calma granate y blanca.
Pero para ello
tendría que bucear
en las tripas,
arrancarles los demonios
y exterminarlos en garrote vil.
Tal vez no quiera eso.
En 8 litros de sangre, cabemos mis fantasmas y yo.

Sin calma, tengo miedo.
Con miedo, no tengo calma.
Acertijo en granate sangre A+.
Nadie me dijo que convivir con opuestos fuera tan difícil.

Fotografía: Hilo de luna. By David Graux(c)

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